El elegido, un milagro prefabricado

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sábado, 12 de abril de 2014



PRIMERAS PAGINAS SOMBRAS BAJO EL HIELO

 




Mas sombras, de Mentira














 



                        UNA CALLE DE OTRO TIEMPO I



Alicia se detuvo al final de un estrecho callejón adoquinado siglos atrás, la luz que anunciaba el mediodía, cegadora sobre la plaza que acababa de atravesar, parecía esquiva a penetrar en aquella calleja, como si el astro rey fuera cómplice de un secreto, el musgo crecía mimetizado en los bajos empedrados que sostenían las fachadas, capas y capas de parásitos reptando en la umbría que parecían vivir allí desde el comienzo de la eternidad, el viento arrastraba el eco de un pesado silencio esparciéndolo entre las grietas que miles de lluvias habían formado entre las piedras, Alicia avanzaba con pasos lentos, temerosos, como si el suelo fuera de cristal o mejor dicho como anticipando el ataque de un ser abominable que surgiera de las entrañas de la tierra, con idéntico temor repasaba los números que a duras penas se sostenían sobre los pórticos, la penúltima construcción de la banda izquierda parecía haber perdido la batalla con sus vecinas en cuanto a la originalidad de sus labrados, una fachada sencilla, especialmente vieja y austera, entre los desconchones provocados por el paso de siglos apenas destacaba el número 32 que venía buscando, este saltó a los ojos enmarcado en el abrazo de dos desgastados querubines, pegado a la pared encima de un raido dintel arqueado, la maciza madera color tabaco de la puerta, escoltada por un par de columnas, un sucedáneo de capitel dórico, presentaban excesivas rugosidades y un sinfín de hoyuelos que carcomían los cilindros de piedra, estos se asomaban a la calle mostrando escasamente la mitad de su envergadura, como si la pared hubiera fagocitado la otra parte buscando la perpendicularidad de la fachada, un añadido que había terminado restando potencia al arco, que alicaído y lacerado ya no sujetaba la entrada, apenas se sostenía a sí mismo, aquella fachada en su conjunto era una fiel radiografía del alma de Alicia.
Llamó al mudo timbre, un pedazo de plástico flotando como una isla entre el mar de piedras desiguales de la pared, paladeando el saborcillo de la sorpresa entremezclado con el temor de la desconfianza que se manifestaba con un cosquilleo en sus intestinos, fue entonces cuando dejó de repiquetear en sus oídos el eco de la conversación mantenida con su madre un rato antes, nada de anagramas ni anuncios indicaban la presencia de un banco, ni siquiera algo similar al rústico letrero que un perenne sastre tenía colgado de dos oxidadas cadenas en la pared de enfrente, donde se podía imaginar que las ultimas telas que cruzaron aquella puerta llegaron de la provincia española de Flandes, sesenta segundos de palpitante espera, cuando ya estaba casi convencida de aceptar la propuesta interior de marcharse, la vetusta puerta de madera emitió un clic eléctrico y una invisible mano acarició la manilla desde el interior y tiró de la hoja despintada que Alicia tenía enquistada en los ojos como un olor, la puerta se fue alejando despacio, como flotando, cuanto terminó de abrirse apareció la sonriente mirada de un anciano, ralo de pelo y  tez blanquecina donde el sol apenas si se habría posado en el último lustro, el cuello de la camisa relucía con destellos almidonados sobresaliendo de un modesto traje gris, como aquellos que utilizaban los sacerdotes en los primeros años de abandonar la sotana, la sonrisa no obstante irradiaba una bondad natural que sin duda no provenía de sus ropas.
-Buenos días, ¿en qué puedo servirle?, -dijo el hombre acariciando las palabras.
Alicia, petrificada ante la figura que dulcemente hablaba, solo acertó a mostrar la carta que llevaba en la mano desde que entró en el callejón, acto que pareció activar la sangre helada de aquel cuerpo hasta mostrar un leve tono rosáceo sobre las mejillas.
-Pase por favor, sea bienvenida, -dijo con un ademan de la mano que simulaba una reverencia, -me llamo Ferrer, Sebastián Ferrer.
Solo cruzar el umbral, Alicia experimentó la sensación de abandonar el mundo conocido, como si penetrara en otra dimensión, el suelo de enormes losas componiendo un damero blanco y gris, brillante e inmaculado, parecía cloroformizar su mirada, de repente Sebastián había crecido veinte centímetros, las paredes y los blancos techos resultaban cegadoras bajo la mortecina luz que aun vivía en sus ojos, esta, que a duras penas entraba de la calle parecía querer advertirla de que la dejaba a su suerte, una hilera de amarillentas estatuas de piedra, representando guerreros de la edad media, emergían de las paredes con aspecto amenazante, como si de un momento a otro fueran a saltar para disputar una sangrienta partida de ajedrez, Alicia no salía de un asombro para sobresaltarse con otro, buscando con los ojos muy abiertos un poco de confianza, hasta ahora solo la encontraba aferrándose con ambas manos a los tirantes del bolso de tela forrado de lana que colgaba de su hombro derecho, el hombre cerró la puerta, la luz de la calle se extinguió para hacer aparecer una impresionante araña de miles de cristales brillantes, colgada del alto techo como un centinela, tan reluciente, que resultaba intimidante, al fondo se adivinaba un largo y estrecho pasillo cuyo final aparecía sumido en la penumbra donde no llegaban los destellos de la lámpara, a la derecha el recibidor se abría para dar paso a otra sala, en ese momento reparó en el desnivel de un escalón que había entre la calle y el suelo, y que no recordaba haber traspasado, pero que en definitiva era el culpable del sorprendente crecimiento del hombre que la había recibido.
-Por favor, acompáñeme si es tan amable-, ofreció el aspirante a cura repitiendo el ademan con y una voz que hacía que las palabras salieran mimando el aire entre sus finos labios.
Alicia se dejó conducir en silencio, percibiendo un escalofrío entre medroso y divertido, exactamente como te sientes antes de subir a una atracción de feria, la hizo pasar al otro cuarto, este tenía aspecto de sala de espera o antecámara de consulta médica de alto stand, algo en su conjunto fallaba, como si hubiera sido encajada a la fuerza en aquel caserón de otro siglo, un sofá de cuero negro escoltado por dos sillones a juego colocados en un rincón, a sus pies, presidiendo la sala, un enorme tapiz con escenas bíblicas ocupando por completo la pared del fondo, eso y una hermana pequeña de la lámpara de la entrada eran toda la decoración, a la izquierda una mesa ovalada de enormes proporciones, cuya superficie brillaba pulimentada con ceras nobles sobre una estructura de hierro, ocho sillas  a juego esperaban aburridas con sus respaldos rozando delicadamente la base, la parca decoración acentuaba el olor a pino artificial que flotaba en el ambiente, aunque no lograba enmascarar por completo el aire rancio que desprendían las paredes, tras la mesa otra puerta, pequeña y acristalada. Aquello parecía cualquier cosa menos un banco, Alicia tomó asiento en una esquina del sofá mientras Sebastián hacia lo propio sobre el borde de uno de los sillones, con lentitud, estudiada y precisa,  pretendía no ofender con ruidos equívocos el roce del cuero sobre sus pantalones, una ligera melodía ambiental flotaba por los rincones del alto y níveo techo aunque Alicia no logró ubicar los altavoces.
-Dígame señorita, ¿a qué debemos el honor de su visita?
-La verdad es que tengo la impresión de estar en el sitio equivocado, buscaba un banco-, contestó paseando la mirada por la habitación al tiempo que mostraba una picara sonrisa de disculpa.
-¿Por qué ha venido justamente aquí?
Alicia respondió entregando la carta
-He recibido esta extraña felicitación en la que dice que soy cliente de un banco que según parece está ubicado en esta dirección, si antes creía que era un error informático, ahora…. –, calló extendiendo los brazos y mostrando las palmas que sostenían el vacio a su alrededor. 
Sebastián, recogió el sobre con la mano izquierda al tiempo que introducía la otra en el interior de su chaqueta, sacó unas finas gafas que desplegó con un ágil movimiento de muñeca, tras unos segundos de tenso silencio, dobló el folio y lo devolvió con movimientos exquisitos, parecía reflexionar, como si buscara las palabras adecuadas, el tono dulce no varió ni un ápice.
-No, no se ha equivocado, si me lo permite, he de solicitarle algún documento acreditativo, es una mera formalidad-, dijo empleando un tono neutro de justificación y esbozando una alargada sonrisa que acentuaba las tiernas arrugas que surcaban los pálidos pómulos.
Alicia, un tanto confundida, rebuscó en el interior de su viejo bolso forrado, cuyos vivos colores en forma de arco iris desentonaban entre tanta blancura elegante.
-Muy bien-, dijo Sebastián devolviendo el DNI., -me alegra gratamente su visita, ¡por fin nos conocemos señorita Santander!, yo soy el responsable de esta carta, ahora si me disculpa un momento buscaré su expediente, ¿le apetece tomar alguna cosa, un café, un refresco quizás?-, dijo dirigiéndose a la puerta acristalada de detrás de la mesa sin terminar de ofrecer la espalda. La joven negó con la cabeza.
Alicia se quedó sola, dejándose aplastar por una incómoda sensación, preguntándose cómo demonios había llegado hasta allí.















MADRID 16 AÑOS ATRÁS



Juan Luis llevaba dos meses lidiando para recuperar una rutina de la que había intentado escapar durante gran parte de su vida, la solución se le escurría entre los dedos, las miles de interrogantes que planeaban a su alrededor habían arraigado en su espíritu como un nuevo apellido, en ese corto espacio de tiempo tres veces fue abordado por los agentes del C. N. I., quienes seguían acechando su rutina sin la cobertura de las sombras, esquivarlos en soledad no resultaba tan divertido como unos meses antes, si antes lo pensaba, ahora lo temía, poseer un secreto anhelado ofrece ciertas ventajas e infinidad de amenazas, justo por esa sospecha los espías necesitaban plasmar en el papel las preguntas sin respuestas.               
En la primera visita de los agentes sintió sobre sus carnes la furibunda mirada del menudo inspector Padilla, lo abordó alzando la voz desde el primer instante, despojada del astuto tono paternal del pasado, en esta ocasión más bien sonaba como un carcelero engañado, sin preocuparse en ocultar un patente desprecio, sobre el agotado rostro de Juan Luis se perfilaban el recelo y la opresión que de nuevo imprimían sobre su alma el intimidante espía, amplificada por la sensación de desamparo que exhalaban las laberínticas dependencias de “la casa“, fue dejarse caer sobre la incómoda silla y soportar aluviones de vergüenza almacenada, lanzadas a puñados entre explicitas amenazas, los nudillos encima de la mesa, presumiendo de las posibilidades de aquellas nudosas garras, el primer paso no era pues averiguar la verdad, si no vengar las burlas de compañeros y las explicaciones a las que hubo de enfrentarse tras el inesperado desenlace sobre la cima del pequeño monte Balear, con cada palabra las arrugas estrelladas junto a los ojos se hinchaban hasta acoplarse a su achaparrada estatura, exagerando el amenazador aspecto oriental de aquel viejo soldado nacido en la costa gaditana, a pesar de que en su voz las ansias de venganza resultaban palpables, en realidad estaba reconociendo un fracaso, era como ver la cara oculta de la luna, pensó Juan Luis, un repentino ataque de sinceridad, atributo que juraría no tenia permitida la entrada en la sofisticada guarida cavernosa de los servicios secretos.
El periodista era sin duda un molesto borrón en su impoluto expediente, Juan Luis, agazapado tras la coraza del silencio, sintió como una tormenta se abatía sobre él, recibiendo oleadas de desprecio y bravuconadas adornadas de improperios que mostraban añoranzas de otro régimen, aguantó con estoicismo aquellos rayos que salían por la boca del inspector y que como una gruta misteriosa no presagiaban un plácido final, contestando con silencios sospechosos o simples balbuceos monosilábicos, temiendo en todo momento que los puños fueran el plan B que derogara  la cacareada quinta enmienda, afortunadamente todo quedó en suspenso, al salir de las dependencias de la calle Huidobro, respirar el gélido aire invernal le supo a libertad, atrás quedaban las dos horas más largas de su vida, con gran esfuerzo ahogó un vomito nervioso, su orgullo se restableció con los primeros pasos en busca de un taxi, al subir se permitió sentir una ligera sensación de triunfo, nadie había mencionado su encuentro en medio del mar con Francisco.
               La segunda vez que los agentes lo “invitaron” a reunirse, lo abordaron en plena calle,  fueron a parar al fondo de un concurrido restaurante madrileño, en esta ocasión las intimidantes miradas no calaron en su espíritu con tanta fuerza, ese día las preguntas demostraron que Adela también había sido interrogada, el recuerdo, ahora aciago y doloroso de las voluptuosas líneas de la abogada, actuaron como un escudo plantado en su mente, logrando, sin proponérselo, desviar a un segundo plano los intereses de los esbirros de Padilla, preguntas a las que por otro lado no tenía intención contestar, Adela, siempre Adela, la amargura se apoderó nuevamente de Juan Luis, tal y como venía sucediendo en los solitarios amaneceres y tristes ocasos, como la repetición de una ópera bufa, las dudas sobre la ruptura, tan inesperada como inexplicable, martilleaban su corazón con sentimientos encontrados.
En pocos días llegarían las navidades como una engorrosa visita, semanas atrás, con la sangre aún caliente, había telefoneado con insistencia a Adela, no logró más que huidizas respuestas y escusas que las cercanas festividades les concedían para posponer el deseado reencuentro, de nada sirvió la elocuencia de la razón, ambos sabían que continuaban enamorados, pero el terror al compromiso o a sabe Dios qué, los había separado, ¿Quién demonios entiende a las mujeres?, con aquella coletilla se dormía cada noche, la distancia cimentó el orgullo suficiente para que ninguno de los dos bajara la barrera que aparentemente les estaba separando, al final Juan Luis dejó la ciudad y pasó las fiestas en compañía de su hija a la que por primera vez en su vida se dedicó en exclusividad, como si pagara una deuda contraída con el destino, lógico tras una experiencia tan cercana a la muerte como la vivida en la diminuta montaña mallorquina, una promesa de ajusticiado que la providencia le había permitido cumplir y que él no osaba desafiar, con la llegada del nuevo año, resignado, decidió dejar que el tiempo cicatrizara las heridas.
               La primavera comenzaba a dibujarse con alegres trinos sobre los tejados cuando llegó la tercera reunión, esta vez de nuevo en el interior de las dependencias del servicio secreto, concertada por iniciativa propia, Juan Luis se presentó resuelto a estampar el sello de cerrado en su expediente y borrar esas alargadas sombras que coartaban su libertad, la audacia que ofrece el paso del tiempo lo envalentonó en exceso hasta bajar la guardia que otorga el miedo, presa de encerronas dialécticas, en un par de ocasiones hubo de frenar su desatada lengua, pero para los viejos lobos de mar como Padilla, acostumbrados a cambiar el rumbo dependiendo de donde venga la marea, algunos silencios resultan más cristalinos que las palabras atragantadas, todo se hubiera terminado en cinco minutos si Juan Luis hubiera confesado el fortuito encuentro con el científico a bordo del pequeño barco de pesca y la destrucción de las pruebas, la verdad casi siempre es más sencilla, aunque resulte menos verosímil, pero un fuerte sentimiento de lealtad lo obligaba a callar, o quizás una pequeña concesión a su vanidad, ya que aun estando decidido a mantener en secreto la identidad del inventor, y exponer que solo perseguía que lo dejaran en paz, a punto estuvo de escapársele que poseía el libro, el cual imaginaba encerraba valiosos secretos, imaginaba, puesto que aun no se había atrevido a leer, este desde las navidades permanecía a buen recaudo, conocer sus interioridades era una responsabilidad para la que a su juicio actualmente nadie estaba preparado, mucho menos él, cuyo único merito había sido presentar un programa de televisión, que le reportó una inmerecida fama y mucho dinero, por todo ello había pagado un elevadísimo precio, había perdido un amor al que gracias a todo lo anterior había recuperado, sentía un enorme cansancio, era el momento de pasar página y recuperar su vida, pero no lo consiguió. En una mente abierta a lo increíble, la sed de aventuras tiene fácil anidar y si además dispones de pistas que acortan los caminos, ¿Quién es el guapo que se está quieto?


 

                                             EN LA ACTUALIDAD



Alicia sentía un aire renacido esa mañana, un día más confiaba que la vida le regalase una jornada completa de satisfacción, una cuenta que consideraba pendiente de cobro, solo un mes antes había abandonado el desarraigado cobijo familiar, mas como una huida que como el lógico y necesario paso para ampliar sus estudios, lo que esperaba encontrar en la capital era otra cosa, aunque si la hubieran preguntado no sabría que responder, la realidad le dictaba que tan solo intentaba escapar de las garras de un pasado atormentado y difuso, interrogar a sus recuerdos era como revivir una pesadilla pintarrajeada de soledad, un profundo vacio salpicado de brillos intermitentes, enmarañado como el espacio estelar, bajo la batuta de una madre excesivamente reservada y un padrastro que no había ejercido de titular más que en contadas ocasiones, su presencia solo se hacía notar a la hora de los correctivos, una existencia que no había hecho sino comenzar y sin embargo tenía la sensación de que había galopado por el tiempo como un desierto que ganaba terreno a una juventud que se diluía sin poder disfrutar, sin vivir las experiencias que necesitaría añorar durante el resto de su vida, como último esfuerzo por evitar aquella desgarradora evidencia, hizo las maletas y se plantó en la universidad madrileña.
Al dejar caer las bolsas sobre el polvoriento suelo del piso heredado de su progenitor se topó de bruces con la realidad, la soledad, el mustio vacio que flotaba en el ambiente se apoderó de ella con más intensidad que la opresión respiratoria de la que venía escapando, su padre era para ella un legajo de recuerdos que languidecían enmarcados entre las páginas de un álbum, compuesto por recortes de prensa y un puñado de fotografías, solo en una de ellas aparecía una niña, a la que ya no reconocía ni frente al espejo ni al cerrar los ojos que abren la memoria.
 Un elevado porcentaje de textos y pies de foto se centraban en dos acontecimientos interconectados a la vida de su padre, como si un hombre no fuera más que sus actos, la espectacular participación en un singular e histórico programa de televisión y su trágica desaparición, un par de años más tarde, engullido por las profundidades del polo sur, había muerto al pie del cañón, cuando trabajaba al frente de una expedición catalogada en su obituario como misteriosa y que lo único que consiguió fue sumar incógnitas y sembrar multitud de reproches a un epitafio que a todas luces parecía merecedor del olvido.
               Sin embargo, el sueño inocente e idílico forjado a lo largo de los años que pasó sitiada entre las cuatro paredes de su cuarto, poetizó la estampa de un padre aventurero, imagen que la ayudaba a soportar los sinsabores de una vida exenta de sobresaltos, refugiarse en los sueños no es la solución más inteligente, pero merced a su sencillez al menos mitigaba la desesperación de las largas tardes sin amigos con los que flirtear, o rellenando la ausencia de posibles mejores amigas con las que poder cotillear durante toda una vida que se adivinaba triste en el horizonte, cuando bajaba a la altura de la realidad, se veía prisionera de un trabajo en el que las horas pasan despacio y los años vuelan, cargando de arrugas la piel y el corazón de una manta de sueños inconclusos, una niñez sin amigos no puede considerarse como tal, solo un vecino había obtenido ese título que otorga el roce diario, el calendario había transcurrido por sus vidas desde el parvulario hasta los cuchicheos de la adolescencia en el rellano de la escalera, cuando sin ser conscientes de ello, sus cuerpos habían cambiado a los ojos de los padres y la intimidad de la habitación suponía un potencial peligro, las herméticas rarezas de Alicia se aliaron con el sobrepeso y la ausencia de autoestima de Andrés, hasta que los estudios desviaron sus caminos, se despidieron con sinceras promesas de mantener el contacto, una llamada a la semana primero y una mensual después, hasta espaciarse en el tiempo y desembocar en huecas conversaciones de compromiso al inicio o despedida de las vacaciones, dos vidas, que como un triste rio, se bifurcaba por afluentes destinados a desembocar en océanos opuestos, actualmente compartían ciudad pero evitaban respirar el mismo aire, a pesar de esta y otras ausencias Alicia se levantaba optimista la mayoría de días y rezaba sin destinatario fijo para que nada enturbiase la noche que invariablemente recuperaba vacía, en las primeras semanas de universidad, rechazó tantas invitaciones, que estas desaparecieron tras el titulo de friki con la misma facilidad que se destierra a un leproso, una bella empollona que no compartía con el resto más que unas horas de apuntes, Alicia mataba la soledad de los pasillos escuchando de manera furtiva, atrincherada detrás de un libro descubría otras vidas tan poco interesantes como la suya.
               Esa tarde, el piso tampoco la recibió con un beso, decepcionada como el cielo gris que amenazaba empapar la noche, se dejó caer en el sofá, sobre la mesa, que solo utilizaba para descansar los pies y de este modo descargar parte de la rabia acumulada, saboreando así la libertad ganada con la ausencia del padrastro, permanecían a la espera las exiguas pruebas del amor de su madre, unos cuantos sobres sin abrir junto a una caja de dulces, aparcados allí desde la única y fugaz visita, con sabor a compromiso, que había recibido, Alicia posó la vista sobre las cartas con desgana, como demostrando igual interés por el mensaje que por el mensajero, la caja de mantecados presentaba huellas de otras tardes aburridas, las migajas se esparcían por la mesa y el suelo junto al polvo acumulado, un ligero repaso por los rincones constató que la desidia estaba empezando a superarla, las cartas no le merecían el menor atractivo, no esperaba poemas de amor y estaba cansada de recibir premios de empresas a las que no conocía y cuyos productos no necesitaba, invariablemente acababan en la basura sin abrir.
El recuerdo de su padre revoloteaba sobre las paredes una vez más, la macilenta fotografía que presidia el salón aguijoneaba recuerdos que no conocía, en cambio su alma sí necesitaba azúcar, mandando a freír espárragos la promesa de eliminar las lorzas de muñeca heredadas de la niñez, introdujo la mano en el interior de la caja, sus dedos hurgaron el fondo pero no hallaron más que pegajosos restos que se adherían a las yemas y diminutos granos de azúcar que se colaban entre las uñas, confirmar que los dulces se habían esfumado la irritó de tal manera, que no midió las fuerzas y terminó por tirar el plastificado envoltorio por los suelos, y como manda el amigo Murphy, cayó boca abajo desparramando las migajas y añadiendo basura, una abúlica mirada al suelo regresó con la certeza de que debía aprovechar la tarde para la limpieza, con pesadez se levantó para recoger el estropicio, de un enérgico manotazo, aliviando la frustración que suponía la falta del dulce néctar, limpió la superficie de la mesa y terminó por desparramar los sobres.
 Esparcidos por el suelo, una sucesión de anagramas y membretes parecían carcajearse de su torpeza, entre ellos reparó en el enigmático logo de un banco que persistía en aparecer por su vida dos o tres veces al año, un pequeño misterio que a falta de otras pruebas atribuía a un error informático, ¡al menos alguien no había olvidado su cumpleaños!, eso la recordó que unos días antes había alcanzado los veintiuno, razón por la que reaparecía el dichoso banco del Sagrado Cáliz de Cristo, quizás por eso no lanzó el sobre directamente a la basura, recuperó su asiento y lo abrió con la intención de regalarse una sonrisa.
Estimada señorita Santander, reciba nuestra más cordial felicitación en un día tan especial, esperando que la compañía y el cariño de sus seres queridos lo conviertan en una jornada repleta de felicidad.
Así mismo aprovechamos la ocasión para recordarle, que en aras de mejorar nuestros servicios, y como consecuencia de tan señalada fecha, resultaría de gran utilidad que se personase en nuestra sucursal de Toledo para actualizar datos y hacerle entrega de los documentos que como cliente nuestro necesitará para acceder a su cuenta.
Sin otro particular reciba un saludo.
 Sebastián Ferrer Ferrer
Director

Perpleja, con la mirada clavada en el membrete que parecía perforar sus sienes como una serpiente, repasó sus vivos colores, un brillante amarillo y azul turquesa bordeando la imitación de un escudo heráldico, encerrando en el centro el dichoso cáliz dorado con un sangrante corazón destellante suspendido sobre la boca de la copa, encerrado en una vitola de un fuerte verde, un lema en latín, (versus, fides, securitas) remataba el logo, sus confundidos ojos color miel intentaban traspasar el papel, sondear aquella incógnita, hasta ahora había ido recibiendo felicitaciones estándar que le recordaban las navidades o su cumpleaños, era la primera vez que la titulaban como cliente, se hacía necesario indagar mas exhaustivamente en la red, un vago recuerdo, como un deja-ve, regresó abriéndose paso, decidida se levantó, alegre y picara retó al suelo de manera soslayada, consciente de que de nuevo se aplazaba la limpieza, se limitó a recoger la caja vacía y arrastrar con el pie las migajas que quedaron depositadas bajo el sofá hasta mejor ocasión.
La página web del banco logró aclarar solo una duda, ya había estado allí, una foto del logo a pantalla completa servía de fondo a unos globos con sus servicios y las distintas direcciones, la aludida sede de Toledo ostentaba el pomposo honor de ser la más antigua  de las tres sucursales que la filial romana dispersaba por la península, otra en Zaragoza y la tercera en Lisboa, dedicado exclusivamente a las inversiones bursátiles y al recaudo de bienes materiales en sus “súper protegidas y discretas cajas de seguridad”, información que acabó confirmando que no podía ser otra cosa que un error, la web resultaba tan sobria, que ni siquiera disponía de enlaces para que sus clientes pudieran acceder al interior de sus cuentas, era pues publicidad pura y dura, sin fotos ni teléfonos de contactos, solo sus direcciones postales y los engominados apellidos de sus consejos directivos.
Al igual que otras tantas cosas en su vida, este pequeño misterio quedaría arrinconado hasta mejor ocasión, algo semejante a lo que hacía con las oportunidades que se le presentaban para entablar relación con futuribles mejores amigas o conocer a posibles ex maridos con los que cruzaba 

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