Gracias a Gabo,
a Gabito y por supuesto a Don Gabriel, muchas gracias a los tres, allá en las
alturas, donde no se habla pero aun se escucha le envió mi mensaje, le diría
tantas cosas que ya habrá escuchado que siento que no merece la pena, le diré
eso sí, que justo cuando su pluma terminó de `parir` Cien años de soledad mi
madre me parió a mí, desde aquellos días en los que estaba permitido soñar y vivir
rodeado de mundos mágicos sus líneas maestras han acompañado mis fantasías y
encendido mis anhelos, Mi madre me pidió que le
acompañara a vender la casa, había llegado a Barranquilla esa mañana desde el
pueblo distante donde vivía la familia. Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el
coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su
padre lo llevó a conocer el hielo. Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba
siempre el destino de los amores contrariados, el doctor Juvenal Urbino lo
percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido
de urgencias a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente
desde hacía muchos años.
¿ Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir
en este ir y venir del carajo?---Le preguntó,
Florentino
Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete
meses y once días con sus noches,
----toda
la vida—dijo.
Sin embargo antes de llegar al verso final ya había
comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la
ciudad de los espejos (o los espejismos) serían arrasados por el viento y
desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano
Babilonia acabara de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos
era irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a
cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.
Me
permití apenas el tiempo para pensarlo otra vez antes de echar la carta a las
dos de la madrugada en el buzón del desolado aeropuerto de Montego Bay, ya era
viernes. El jueves de la semana siguiente cuando entré en el hotel de Ginebra,
al cabo de otra jornada inútil de desacuerdos internacionales, encontré la
carta de respuesta.
Asi empiezan y terminan “Vivir para contarla”, “Cien
años de soledad” y “El amor en los tiempos del
cólera”, afortunadamente el maestro no era perfecto, era humano, nada
sobre la tierra desaparece de manera permanente y ninguna estirpe de lectores estará condenada a cien años de ceguera, el
futuro de sus líneas apenas comienza, mientras sobre la tierra aparezcan
Buendías, Arizas, Garcías, Cobos y demás estirpes de soñadores, el presente y
futuro de las letras estará asegurado, no se me ocurre mejor homenaje que leer e
invitar a leer sus obras maestras.
Todos tenemos una segunda
oportunidad, Gracias don Gabriel y perdone el sufijo "mente"
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