El elegido, un milagro prefabricado

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sábado, 19 de abril de 2014

a Don Gabriél García Márquez





Gracias a Gabo, a Gabito y por supuesto a Don Gabriel, muchas gracias a los tres, allá en las alturas, donde no se habla pero aun se escucha le envió mi mensaje, le diría tantas cosas que ya habrá escuchado que siento que no merece la pena, le diré eso sí, que justo cuando su pluma terminó de `parir` Cien años de soledad mi madre me parió a mí, desde aquellos días en los que estaba permitido soñar y vivir rodeado de mundos mágicos sus líneas maestras han acompañado mis fantasías y encendido mis anhelos, Mi madre me pidió que le acompañara a vender la casa, había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia. Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.  Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados, el doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencias a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años.

 ¿ Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?---Le preguntó,
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches,

----toda la vida—dijo.

Sin embargo antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) serían arrasados por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos era irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Me permití apenas el tiempo para pensarlo otra vez antes de echar la carta a las dos de la madrugada en el buzón del desolado aeropuerto de Montego Bay, ya era viernes. El jueves de la semana siguiente cuando entré en el hotel de Ginebra, al cabo de otra jornada inútil de desacuerdos internacionales, encontré la carta de respuesta.

Asi empiezan y terminan “Vivir para contarla”, “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera”, afortunadamente el maestro no era perfecto, era humano, nada sobre la tierra desaparece de manera permanente y ninguna estirpe de lectores estará condenada a cien años de ceguera, el futuro de sus líneas apenas comienza, mientras sobre la tierra aparezcan Buendías, Arizas, Garcías, Cobos y demás estirpes de soñadores, el presente y futuro de las letras estará asegurado, no se me ocurre mejor homenaje que leer e invitar a leer sus obras maestras.


Todos tenemos una segunda oportunidad, Gracias don Gabriel y perdone el sufijo "mente"

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