OJO DE MADERA
Marta
salió de casa de la señora Miralles, cansada y furiosa, harta de las invisibles
faltas con sabor a memez que la dueña encontraba en la cocina, le dolían las
manos de fregar, la espalda de frotar con el estropajo y el alma de aguantar
impertinencias, el vestido se le pegaba y notaba la barriga húmeda, hinchada de
tanto tragar sapos, su pelo olía a comida rancia y aceite usado, pero a pesar
del enfado se sentía satisfecha, más que por haber terminado con el castigo impuesto
tras romper el retrovisor de la señora Miralles mientras jugaba a la pelota con
su amigo Mario, el muy cobarde escapó dejándola sola ante el peligro, la
satisfacción le venía por haber aguantado con estoicismo, cualquier cosa antes
que tener que volver.
Sobre
la sombra de la tierra que dibuja la línea del cielo el sol se escondía entre
nubes rojizas que presagiaban un nuevo día de fuerte calor, temiendo la llegada
de la noche aceleró el paso, para llegar a casa con luz se veía obligada a
cruzar el bosque de San Luis, un lugar que a ningún niño gustaba, las copas de sus altos arboles se
mezclaban unas con otras impidiendo la entrada de luz, lo que daba al bosque un
aspecto lúgubre y siniestro, las leyqqndas infantiles lo habían convertido en
un parque de fantasmas, ante el cruce del camino, enredando un ovillo
interminable de un mechón con su índice dudó entre las dos opciones posibles,
seguir el camino corto que partía en dos el bosque o continuar por el más largo
que lo rodeaba, si elegía el primero, a sus diez años sería la primera vez en
cruzarlo sin la compañía de un adulto, el cansancio y las ganas de desprenderse
del hedor decidió por ella.
Con
el primer paso notó como un aire gélido acariciaba sus sucias mejillas,
cualquier ruido la sobresaltaba, con la piel erizada avanzaba buscando valor en
el origen imaginario de aquellos ruidos, un pájaro o conejo que juguetón o
igual de asustado producía el ruido como defensa, el viento del inminente anochecer
se colaba entre las ramas silbando lánguidamente , todo sonaba a tristes
presagios, no había caminado ni quince minutos y pensó en volver sobre sus
pasos, de todos modos ya resultaba imposible evitar el dejarse envolver por la
noche, que aunque sonaba a miedo no podía ser peor que aquello, sería un miedo
más conocido, de pronto se percató de donde tenía sus pies, sin poder decir
cuando había abandonado la seguridad del camino, ahora caminaba sin rumbo fijo
sobre una alfombra de hojas y ramas secas que se rompían con cada paso, como si
el viento hubiera esparcido la hojarasca hasta comerse el camino, el sonido de
sus pasos, amplificado por el temor al pesado vacio mudo que la rodeaba,
restallaba en sus oídos como petardos, cada dos pasos miraba a su alrededor,
mas temiendo una repentina aparición que intentando recuperar la seguridad del
camino, la oscuridad parecía ganar terreno a cada metro, sentía sobre sus
hombros el peso de mil ojos, su respiración agitada ralentizaba el avance, de
repente sintió como si una mano helada la cogiera por el tobillo, sin darse
cuenta cómo dio con sus huesos en el suelo, paralizada, con el corazón a punto
de salir por la garganta, una garganta que no podía más que expulsar aire a
borbotones, su mente quería gritar, pero no podía, sus ojos querían llorar,
pero no se atrevían ni a pestañear, como si creyera que solo por intentar una
de esas cosas acabaría asfixiada. Ya no era una sensación, era una certeza, no estaba sola.
Cuando
logró reunir el suficiente valor para despegar la vista del suelo, giró la
cabeza y alzando la barbilla busco auxilio entre la escasa luz del crepúsculo
que se colaba a codazos por la parte alta de las ramas, unos árboles en los que
apenas había reparado, sus troncos amenazantes avanzaban rodeándola, más que como
si quisieran aplastarla con su peso notaba que se llevaban el aire, miró a la
derecha, el movimiento de los nudosos troncos se detuvo, era pequeña pero no
tonta, allí pasaba algo raro, giró la cabeza hacia la izquierda, ahogó un
grito, como un resorte se levantó para de inmediato caer de culo, arrastrándose
entre lagrimas mordidas, como un cangrejo asustado por un depredador, notando
como las uñas arañaban la tierra fría y dura, apartó la cara de la visión, como
si aquello borrara la realidad que su
mente no quería creer, muy a su pesar no funcionaba, sus ojos la veían, un
pequeño tocón, más o menos con la mitad de su altura, pero con aspecto de tener cien años, se
acercaba mirándola fijamente, se sostenía sobre seis raíces a modo de piernas,
el resto de su circunferencia, igualmente rodeado de raíces, como si fueran
brazos y cabellos, se agitaban con avidez, no parecían nada amistosos, nada de
abrazos cariñosos, podías esperar más bien todo lo contrario, en el centro
mismo del tocón un enorme ojo parpadeaba amenazante, de haber tenido boca se la
podía imaginar cargada de dientes afilados, en su único y enorme ojo parecía tener
dibujado que marta se convertiría en su cena, el olor nauseabundo del pánico
penetró por el imparable castañeteo de dientes hasta llegar a su cabeza como un
liquido helado hasta hacerle perder la consciencia.
Cuando
despertó, la oscuridad, pesada y fría, envolvía hasta el entendimiento, a medida
que los ojos se acostumbraban a la escasez de luz pudo comprobar cómo el
espacio donde aparentemente había sufrido un desmayo con aparición fantasmal
incluida parecía haberse ensanchado, la alfombra de hojas y ramas secas cubrían
por completo sus finas piernas aún así no lograban protegerla del frio, con un
desperezo pretendió sacudirse el miedo vivido, las pesadillas de los niños
resultan tan reales que dejan posos de veracidad en el recuerdo, también en la
piel, levantó el torso hasta quedar sentada, la pequeña porción de cielo que
ofrecía el claro se descubrió lleno de estrellas, sus débiles centelleos
lograron reconfortarla, no muy lejos un búho ululó a una luna que aquella noche
no tenía intención de trabajar en aquel bosque, intentó levantarse, no podía,
sus piernas no respondían, un escalofrío con sabor a sueño incompleto recorrió
su cuerpo, ahora sentía como si sus zapatos fueran de plomo, pensó en sus
padres, la llegada de la noche los tendría preocupados, seguro que ya la
estarían buscando, pronto la encontrarían, solo tenía que esperar al ruido y
las luces de un coche o las linternas moviéndose, porque el camino no podía
estar muy lejos, de pronto recordó que este había desaparecido bajo sus pies y nuevo
el miedo regresó con fuerza, esperar allí ya no parecía muy buena idea, ella
sola se lo había buscado y ella sola saldría de aquella situación, una vez más sus
pies continuaban sin atender a su llamada, apoyó las manos sobre un manto de
hojas húmedas, notó como si una ráfaga de viento la hubiera empujado, un dolor
frío y agudo nació en el centro de su espina dorsal, había costado un gran
esfuerzo pero logró sentir que estaba de pie, asustada y mucho más confundida
no acertaba a comprender como era posible que sus pies no le respondieran, una
idea trágica cruzó su mente, con lentitud, como quien destapa un regalo que no
desea, aferró dos manitas temblorosas a los pliegues de su falda y más despacio
todavía de lo que su mente ordenaba comenzó a levantarla, horrorizada vio como
sus pies habían desaparecido, los tobillos hundidos en la tierra eran uno solo,
ni siquiera tenían ya el aspecto de tobillo, no eran más que una mole nudosa e
irregular que crecía envolviendo sus piernas de palillo, unas pequeñas raíces
nacían de sus piernas y se hundían en la tierra, gritaba de miedo, lloraba de
pánico, pero solo se escuchaba en su mente, movía la cintura y los muslos para
desenterrarse, las lagrimas, que sentía como si fueran de amarga miel, resbalaban
por su cara pegándose, creciendo y endureciéndose hasta cubrir su piel, la voz
se fue apagando a medida que era consciente de su fatal suerte, las raíces
crecían, ya llegaban a sus rodillas, cesaron las lagrimas, un árbol no puede
llorar.
La noche
recuperó la calma, un viento suave y monótono volvía a soplar por medio del enmarañado
bosque, un paraje deshabitado que a partir de esa noche tenía un nuevo miembro,
un pequeño arbolito que en el otoño regaba su umbría de pequeñas hojas
plateadas, como lagrimas de miel transparente, aun hoy día, algunos dicen, que
si cruzas el bosque en las noches sin luna, escucharas el canto triste de una
niña que intenta atraerte con su canción, otros en cambio opinan que su canción
intenta alejarte del bosque, si te encuentras en la necesidad de cruzar un
bosque, piénsalo antes, los atajos no son siempre los caminos más seguros,
el esfuerzo tiene sus recompensas.
M
Cobos lechón y otro al que le pusieron un ocho por esto 2011
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