El elegido, un milagro prefabricado

http://mcoboslechon.blogspot.com.es/

sábado, 12 de abril de 2014

    OJO DE MADERA


               Marta salió de casa de la señora Miralles, cansada y furiosa, harta de las invisibles faltas con sabor a memez que la dueña encontraba en la cocina, le dolían las manos de fregar, la espalda de frotar con el estropajo y el alma de aguantar impertinencias, el vestido se le pegaba y notaba la barriga húmeda, hinchada de tanto tragar sapos, su pelo olía a comida rancia y aceite usado, pero a pesar del enfado se sentía satisfecha, más que por haber terminado con el castigo impuesto tras romper el retrovisor de la señora Miralles mientras jugaba a la pelota con su amigo Mario, el muy cobarde escapó dejándola sola ante el peligro, la satisfacción le venía por haber aguantado con estoicismo, cualquier cosa antes que tener que volver.
               Sobre la sombra de la tierra que dibuja la línea del cielo el sol se escondía entre nubes rojizas que presagiaban un nuevo día de fuerte calor, temiendo la llegada de la noche aceleró el paso, para llegar a casa con luz se veía obligada a cruzar el bosque de San Luis, un lugar que a ningún niño  gustaba, las copas de sus altos arboles se mezclaban unas con otras impidiendo la entrada de luz, lo que daba al bosque un aspecto lúgubre y siniestro, las leyqqndas infantiles lo habían convertido en un parque de fantasmas, ante el cruce del camino, enredando un ovillo interminable de un mechón con su índice dudó entre las dos opciones posibles, seguir el camino corto que partía en dos el bosque o continuar por el más largo que lo rodeaba, si elegía el primero, a sus diez años sería la primera vez en cruzarlo sin la compañía de un adulto, el cansancio y las ganas de desprenderse del hedor decidió por ella.
               Con el primer paso notó como un aire gélido acariciaba sus sucias mejillas, cualquier ruido la sobresaltaba, con la piel erizada avanzaba buscando valor en el origen imaginario de aquellos ruidos, un pájaro o conejo que juguetón o igual de asustado producía el ruido como defensa, el viento del inminente anochecer se colaba entre las ramas silbando lánguidamente , todo sonaba a tristes presagios, no había caminado ni quince minutos y pensó en volver sobre sus pasos, de todos modos ya resultaba imposible evitar el dejarse envolver por la noche, que aunque sonaba a miedo no podía ser peor que aquello, sería un miedo más conocido, de pronto se percató de donde tenía sus pies, sin poder decir cuando había abandonado la seguridad del camino, ahora caminaba sin rumbo fijo sobre una alfombra de hojas y ramas secas que se rompían con cada paso, como si el viento hubiera esparcido la hojarasca hasta comerse el camino, el sonido de sus pasos, amplificado por el temor al pesado vacio mudo que la rodeaba, restallaba en sus oídos como petardos, cada dos pasos miraba a su alrededor, mas temiendo una repentina aparición que intentando recuperar la seguridad del camino, la oscuridad parecía ganar terreno a cada metro, sentía sobre sus hombros el peso de mil ojos, su respiración agitada ralentizaba el avance, de repente sintió como si una mano helada la cogiera por el tobillo, sin darse cuenta cómo dio con sus huesos en el suelo, paralizada, con el corazón a punto de salir por la garganta, una garganta que no podía más que expulsar aire a borbotones, su mente quería gritar, pero no podía, sus ojos querían llorar, pero no se atrevían ni a pestañear, como si creyera que solo por intentar una de esas cosas acabaría asfixiada. Ya no era una sensación, era una certeza,  no estaba sola.
               Cuando logró reunir el suficiente valor para despegar la vista del suelo, giró la cabeza y alzando la barbilla busco auxilio entre la escasa luz del crepúsculo que se colaba a codazos por la parte alta de las ramas, unos árboles en los que apenas había reparado, sus troncos amenazantes avanzaban rodeándola, más que como si quisieran aplastarla con su peso notaba que se llevaban el aire, miró a la derecha, el movimiento de los nudosos troncos se detuvo, era pequeña pero no tonta, allí pasaba algo raro, giró la cabeza hacia la izquierda, ahogó un grito, como un resorte se levantó para de inmediato caer de culo, arrastrándose entre lagrimas mordidas, como un cangrejo asustado por un depredador, notando como las uñas arañaban la tierra fría y dura, apartó la cara de la visión, como si aquello borrara la realidad  que su mente no quería creer, muy a su pesar no funcionaba, sus ojos la veían, un pequeño tocón, más o menos con la mitad de su altura,  pero con aspecto de tener cien años, se acercaba mirándola fijamente, se sostenía sobre seis raíces a modo de piernas, el resto de su circunferencia, igualmente rodeado de raíces, como si fueran brazos y cabellos, se agitaban con avidez, no parecían nada amistosos, nada de abrazos cariñosos, podías esperar más bien todo lo contrario, en el centro mismo del tocón un enorme ojo parpadeaba amenazante, de haber tenido boca se la podía imaginar cargada de dientes afilados, en su único y enorme ojo parecía tener dibujado que marta se convertiría en su cena, el olor nauseabundo del pánico penetró por el imparable castañeteo de dientes hasta llegar a su cabeza como un liquido helado hasta hacerle perder la consciencia.
               Cuando despertó, la oscuridad, pesada y fría, envolvía hasta el entendimiento, a medida que los ojos se acostumbraban a la escasez de luz pudo comprobar cómo el espacio donde aparentemente había sufrido un desmayo con aparición fantasmal incluida parecía haberse ensanchado, la alfombra de hojas y ramas secas cubrían por completo sus finas piernas aún así no lograban protegerla del frio, con un desperezo pretendió sacudirse el miedo vivido, las pesadillas de los niños resultan tan reales que dejan posos de veracidad en el recuerdo, también en la piel, levantó el torso hasta quedar sentada, la pequeña porción de cielo que ofrecía el claro se descubrió lleno de estrellas, sus débiles centelleos lograron reconfortarla, no muy lejos un búho ululó a una luna que aquella noche no tenía intención de trabajar en aquel bosque, intentó levantarse, no podía, sus piernas no respondían, un escalofrío con sabor a sueño incompleto recorrió su cuerpo, ahora sentía como si sus zapatos fueran de plomo, pensó en sus padres, la llegada de la noche los tendría preocupados, seguro que ya la estarían buscando, pronto la encontrarían, solo tenía que esperar al ruido y las luces de un coche o las linternas moviéndose, porque el camino no podía estar muy lejos, de pronto recordó que este había desaparecido bajo sus pies y nuevo el miedo regresó con fuerza, esperar allí ya no parecía muy buena idea, ella sola se lo había buscado y ella sola saldría de aquella situación, una vez más sus pies continuaban sin atender a su llamada, apoyó las manos sobre un manto de hojas húmedas, notó como si una ráfaga de viento la hubiera empujado, un dolor frío y agudo nació en el centro de su espina dorsal, había costado un gran esfuerzo pero logró sentir que estaba de pie, asustada y mucho más confundida no acertaba a comprender como era posible que sus pies no le respondieran, una idea trágica cruzó su mente, con lentitud, como quien destapa un regalo que no desea, aferró dos manitas temblorosas a los pliegues de su falda y más despacio todavía de lo que su mente ordenaba comenzó a levantarla, horrorizada vio como sus pies habían desaparecido, los tobillos hundidos en la tierra eran uno solo, ni siquiera tenían ya el aspecto de tobillo, no eran más que una mole nudosa e irregular que crecía envolviendo sus piernas de palillo, unas pequeñas raíces nacían de sus piernas y se hundían en la tierra, gritaba de miedo, lloraba de pánico, pero solo se escuchaba en su mente, movía la cintura y los muslos para desenterrarse, las lagrimas, que sentía como si fueran de amarga miel, resbalaban por su cara pegándose, creciendo y endureciéndose hasta cubrir su piel, la voz se fue apagando a medida que era consciente de su fatal suerte, las raíces crecían, ya llegaban a sus rodillas, cesaron las lagrimas, un árbol no puede llorar.
La noche recuperó la calma, un viento suave y monótono volvía a soplar por medio del enmarañado bosque, un paraje deshabitado que a partir de esa noche tenía un nuevo miembro, un pequeño arbolito que en el otoño regaba su umbría de pequeñas hojas plateadas, como lagrimas de miel transparente, aun hoy día, algunos dicen, que si cruzas el bosque en las noches sin luna, escucharas el canto triste de una niña que intenta atraerte con su canción, otros en cambio opinan que su canción intenta alejarte del bosque, si te encuentras en la necesidad de cruzar un bosque, piénsalo antes, los atajos no son siempre los caminos más seguros, el  esfuerzo tiene sus recompensas.



                                       M Cobos lechón y otro al que le pusieron un ocho por esto 2011

No hay comentarios:

Publicar un comentario