El elegido, un milagro prefabricado

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martes, 8 de julio de 2014

DE LAS HURDES A LA LUNA


Esta historia nació en la necesidad de enseñar a mis hijos, una infancia prendida en mis recuerdos, de los que la vida actual los ha hecho ajenos, no obstante a medida que la historia de Mario crecía sobre el papel comprendí que bebía de la memoria de mi padre, cuando aún era un ser completo y lúcido, y  disfrutaba regalando las añoranzas de su niñez y como toda su generación una fugaz juventud, trataba con el pudor impuesto en el ostracismo de respetos antinaturales, felizmente superados, tres generaciones unidas por un apellido, por eso quiero dedicar a papa, sin tilde, por que los miembros de mi casta no tenemos papá, tenemos papa, con la esperanza, que en esos pocos minutos de lucidez que le permiten la demencia senil recupere algo que percibo atrapado en sus pequeños ojos verdes, y vuelva a ser el padre orgulloso, amigo de contar y conocer historias sobre su arcaica niñez serradillana, de donde es sin duda, el más orgulloso de sus hijos, tanto caló en mi su pasión que la heroína de esta aventura, lleva en su honor, el nombre del sentimiento que más ha venerado  toda su vida, la imagen Del Santísimo Cristo de la Victoria de Serradilla.                                                                                   


                                                                                              Va por ti PAPA


                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                          In memorian


















 

De las Hurdes



a la luna

 



                                 PRIME




            A Mario le gustaba la música, no tanto estudiar, prefería jugar, por las tardes obligado acudía a casa de la señorita Mercedes, la “caracaballo”,  sentado frente al viejo piano repetía secuencias de notas hasta dejar de sentir las yemas de sus diminutos dedos, ¡esto no es música!, se quejaba con aspavientos y gestos torcidos sin atreverse a despegar los labios, con cierta osadía lanzaba despectivas miradas sobre la adusta y lechosa cara de la profesora que escasamente se rebajaba a mirarlo de soslayo, Mario estaba convencido de que apenas conocía su nombre, ni acertaría de qué color eran sus ojos o los años que tenía, en el fondo, aquellas clases eran un castigo, una tortura inhumana, hubiera dicho si alguien le hubiera preguntado, cosa poco probable, a sus oídos apenas si llegaban regañinas o consejos y en la mayoría de ocasiones ordenes.
En cambio envidiaba los sonidos del desgraciado instrumento, estos volaban libres atravesando la mosquitera de la enrejada ventana que encarcelaban a Mario en el interior del refinado y caduco salón, aporreaba con fuerza las teclas intentando ahogar los gritos de los afortunados niños que disfrutaban de la libertad de la calle, invariablemente esto sucedía hasta el momento en el que la señorita Mercedes advertía que Mario perdía la concentración, entonces, como si de repente regresara de otro mundo, alargaba sus huesudos pómulos, e imprimiendo a su nariz un ritmo de locomotora, atravesaba el salón insuflando aire a borbotones, acompañaba cada aleteo nasal con golpes de tacón que se clavaban en las sienes del crío, sacaba fuera toda la nariz y a grito pelado de su nasal e irritante voz ordenaba que jugasen sin hacer ruido, como si eso fuera posible de lograr durante más de dos minutos seguidos, niños, juegos, aire libre y silencio, es tan quimérico como pretender matar un elefante con una escopeta de corchos, de esas que te prestan en las casetas los titiriteros que como parte del calor se presentan en el verano para las fiestas del pueblo, todo el mundo sabe que están dobladas y sin fuerza, pero el que más y el que menos se deja allí algunos reales para apuntar a las bolitas de azúcar.

            Algunos días Mario llega pronto a clase de piano y le toca esperar, la repipi de Victoria aun no ha terminado, esa niña presumida y repelente que siempre mira por encima del hombro y se viste a diario como si fuera a recibir al obispo por la mañana y a la hora del almuerzo ya se ha cambiado como si tuviera que asistir a la boda de un marqués en el palacio real, esa tonta que tiene un hermano fanfarrón y engreído, la chulería debe de ser genética en algunas familias, el muy tonto presume por el simple hecho de tener una escopeta, esta si dispara con fuerza, Él es tan inútil que no es capaz de acertar ni al tronco de un árbol centenario, pero gracias a su tío, el notario, el hermano de su padre que vive en el pueblo de al lado, si, ese del bigote engominado y andares de pato escocido, que se la regaló el día que comulgó, de importación alemana, como repite a menudo con prepotencia y un énfasis que dan ganas de vomitar, lo repite a los pocos niños que se unen a él, si es con la escopeta, que si no de que, es tan arrogante que a su lado Victoria, la repipi, es la humildad encarnada, eso sin con trenzas y lazos de colores alrededor de una mirada de serpiente de sonrosadas mejillas.

 Mientras la dilatada hora de clase de Victoria, la repipi, termina, Mario ha de esperar, sentado en el recibidor, sus pies cuelgan sobre un banco de madera que parece robado de una iglesia, pero está más limpio y mejor barnizado, a Mario no le importa la espera, no le gustan las clases de piano, pero le encanta el viejo caserón, el cree que le fascina, la casa más grande del pueblo, las paredes rezuman un aire a historias rancias y oscuras, es la memoria de sus antiguos dueños, unos ricos venidos a menos por la mala fortuna, y por la guerra, Mario no sabe por qué, pero la guerra siempre tiene la culpa de todo lo malo que no se puede explicar. Sobre el deslucido encalado cuelgan recuerdos de épocas pasadas que ya no volverán, unos dicen que mejores, otros prefieren olvidar, el piano que ahora aporrean media docena de aspirantes a organilleros sin mono, llegó al pueblo en esos tiempos con un propósito bien definido, ahora sirve para que la señorita Mercedes malviva dando clases, por caridad de sus vecinos más que buscando aflorar el virtuosismo de hijos de labriegos y artesanos que solo entienden de cosechas y plagas, y miden el tiempo de sus vidas con crecidas de ríos e incendios, el instrumento había llegado tres décadas antes como regalo del hacendado del pueblo, su papá Don Valentín, entró en la vida de la humilde comunidad como una fanfarria, la primigenia intención codiciada por el patrón era mostrar su opulencia, la escusa perfecta, celebrar una mayoría de edad que por entonces, siendo mujer, no te garantizaba otro derecho más que colgarte el cartel de casadera, más que derecho era un deber, eran otros tiempos, no sabemos si más felices o menos complicados, como la juventud, cuando la señorita Mercedes aun estaba de buen ver, a pesar de la enorme patata que siempre tuvo por nariz, una pichoncita decían los mozos del pueblo, y con posibles, decían las madres bajando la mirada con aire pícaro e interesado y un destello de envidia que se les escapaba de los ojos, el tiempo que todo lo estropea, había pasado por encima del piano de igual manera que por el alma de Merceditas, opacando el brillo de sus ojos y surcando de arañazos un espíritu inquieto que el resto llama vejez cuando en realidad es melancolía.
            El resplandeciente instrumento de teclado había sido recibido en el pueblo como un héroe de guerra, cargado en la parte trasera de un carro ayuntado por cuatro mulas jóvenes, envuelto en el misterio de pesadas mantas pardas que lo protegían de los avatares del camino y engrandecieron su leyenda, las emociones adornaron la llegada con decenas de sonrisas y exclamaciones de todos los colores, curiosos agolpados en las aceras en mayor numero y con mayor entusiasmo que el día de la visita del obispo, aplaudiendo con fuerza a su entrada triunfal, logrando engordar el ya de por si enorme ego de Don Valentín, que estirado se desdentaba con una gigantesca sonrisa bajo los arabescos de sus puntiagudos bigotes engominados, nueve hombres se necesitaron para introducirlo en casa, a real por cabeza, y otras tantas mujeres por la mitad del precio para adecentar  la entrada y el salón, ni en los días de muertos se movían tantos muebles para colocar el ataúd de cuerpo presente, en cambio ahora la pichoncita tenía cara de buitre y el piano, aunque parecía sonar bien, había perdido el brillo y la relevancia, diluyéndose de manera paulatina con el correr de los calendarios, un deslucimiento proporcional a la casa, donde ya no había tantos criados como antes, solo la viuda de Fermín, el cochero, La Vicenta, que parecía una mula mas de las que en vida cuidó su marido, pero con mejor corazón, a Mario le encantaban los bocadillos de membrillo que le regalaba la criada mientras esperaba, en su casa la mayoría de las veces eran de aceite y sal o aceite con un puñado de aceitunas, un manjar decía su padre, a lo mejor por eso lo apodaban el jilguero, a Mario le gustaban el membrillo y el chocolate, en su casa el azúcar era solo para el café aguado de la tarde y las magdalenas que su madre preparaba cuando se acercaban la pascua o la navidad.

            Mientras escuchaba los sonidos que Victoria, la repipi, producía sobre el piano, Él investigaba los recuerdos colgados en la entrada, su imaginación inventaba historias diferentes cada día, porque al entrar el ambiente del salón se las borrara, allí estaba prohibida la imaginación, junto al piano todo era método y rutina, la música es emoción, si, pero nada cercano al alma puede enseñarte quien no la posee, como queriendo llenarse los pulmones para escapar de aquella jaula dejaba volar su imaginación antes de entrar al matadero, le encantaba el reloj de carillón, más alto que su padre y más brillante que el piano en sus años mozos o que las gotas de rocío atravesadas por los primeros rayos de la mañana más despejada, ya no daba las horas, era solo un adorno mudo, desde que murió el tío Venancio nadie en el pueblo lo supo reparar, el tío Venancio lo arreglaba todo, desde un arado a un sofisticado y moderno reloj de bolsillo de doble cuerda, el alcalde rezaba cada año para que el reloj de la torre no se estropeara, sobre todo conforme se acercaba la nochevieja, a veces Mario abría la puerta de cristal y movía el mayor de los dos péndulos que colgaban solo para escuchar el tic-tac de los engranajes dormidos de su interior, el tong-tong de las horas era una parodia que producía chasqueando la lengua contra su paladar, justo junto al reloj estaba la puerta del salón, detrás de esta intuía a la pajarraca de la profesora con la repipi de Victoria, al otro costado de la puerta nacía un pasillo desde el que se accedía a la cocina donde la Vicenta preparaba esos bocadillos tan estupendos, junto al nacimiento del pasillo, en el mismo epicentro de la entrada arrancaba una escalera que unía la planta noble con el piso superior, el primer escalón estaba escoltado por dos estatuas de un metal costroso y gastado, dos risueños ángeles orantes, con las manitas unidas por las palmas a la altura del pecho, de sus espaldas en lugar de alas nacían los pasamanos de madera labrada que Mario imaginaba debían producir un dolor espantoso a los pobres pero eternamente risueños querubines.
            Hasta la fecha Mario solo había subido en una ocasión, le estaba prohibido, aquel día sin embargo La Vicenta lo obligó a ganar las dos docenas de escalones para felicitar a la señorita Mercedes por su cumpleaños, como cada tarde había llegado para dar clase, pero la señorita Mercedes se encontraba indispuesta, tras la arenga de la criada y con una promesa en forma de bocadillo subió las escaleras, despacio, como siempre, y con miedo, como casi siempre, con idéntico temor de quien se adentra en una jungla plagada de fieras salvajes, o eso imaginaba acostumbrado a leer aventuras de exploradores perdidos en la ignota África o la misteriosa Asía, acodada sobre la cabeza del orante querubín la Vicenta repetía en voz baja, con la mirada sobria de las regañinas y ambas manos entrelazadas sobre el abultado regazo, que subiera sin hacer ruido y bajara deprisa, no había necesidad de fatigarla más de lo necesario, alcanzó el rellano superior con el peso del susurro de la cocinera instalado como una amenaza sobre sus hombros, entró en el enorme dormitorio de la dueña de la casa y quedó desencantado, en nada se parecía a un nido de buitres, impresionado midió el entorno, era más grande que el salón y la cocina de su casa juntos, y albergaba mas muebles y cuadros que en toda su humilde casa de tres plantas, dos de vivienda útil  y una de “tinao”,  las cortinas permanecían corridas y eso que eran las cinco de la tarde y afuera lucía un sol de justicia, la penumbra al menos le permitía ver dónde colocar sus temerosos pasos sin tropezar, asunto este que intentaba evitar como nunca antes, avanzaba casi sin terminar de poner los pies en el suelo, como si atravesara una fina costra de carámbanos.
 Sobre la cama yacía la señorita Mercedes, con los ojos cerrados en duermevela, Mario pensó que visitaba otro mundo, sobre la mesita de noche descansaba una jarra de agua de fino cristal y un precioso vaso a juego, los tonos azules que envolvían a las mariposas reconocieron a Mario como a un viejo amigo logrando apaciguar su ánimo, en numerosas ocasiones estaban sobre la mesa del salón durante las clases, en su casa las jarras eran de barro o porcelana desconchada, junto a la vasija a medio llenar  no había medicinas, ni tampoco velas ni estampas de santos, eso tranquilizó a Mario que al menos ahora sabía que la enfermedad no era grave.
            La señorita Mercedes abrió los ojos al recibir la felicitación entre bisbiseos que había pronunciado Mario, intentó dibujar una sonrisa bajo la nariz, pero las lagrimas llegaron antes, Mario confundido dijo adiós y se marchó, ahora ya sabía que enfermedad tenía su profesora de piano, mal de amores o de soledad, que eran las dos cosas más graves que su abuela había dicho un día que hacían llorar a una mujer, pero a él eso no le interesaba, le gustaba aquella casa, y ahora estaba fuera del alcance de la señorita Mercedes y libre del férreo marcaje de la criada, delante suyo se ofrecía un largo y tenebroso pasillo, una oscuridad que estimulaba su imaginación llenándola de misterios escondidos, como una temible vereda que viniera buscando en medio de la jungla, esta en particular era más grande que el pasillo de la escuela e infinitamente más siniestro, las paredes permanecían silenciosas, como si una fiera estuviera acechando, con esta sensación avanzó, por su mente revoloteaban armarios llenos de tesoros, puertas cerradas por el olvido que escondían fantasmas del pasado, aquel pasillo lo atraía con la misma fuerza que el miedo atenazaba sus piernas, pero ¿a que podía tener miedo?, Mario había visto la muerte de cerca y no da tanto miedo, en cambio algo tan desconocido y por otro lado recurrente en su entorno, como la presencia de fieras y de fantasmas merecían un respeto, si esta idea no hubiera acudido a su mente seguro que se hubiera aventurado en la investigación, pero el pánico a los espíritus, aunque atrayente, resultaba más intimidante que la probable regañina de La Vicenta, a la que imaginaba esperándolo junto a la escalera, no tenía miedo a morir por que el cura siempre repetía que lo realmente bueno viene después, aun así mejor no precipitar lo inevitable, lo que realmente temía era perder los bocadillos de membrillo, por si acaso lo mejor era bajar y dejarlo para otro día, pero no por falta de coraje, eso que quede muy claro, el miedo a la muerte no existía para él, ya lo había visto, y no es tan grave, más miedo dan los puños de algunos niños mayores, como los de Marcos, el hijo del herrero que es capaz de tumbar a tres niños de un golpe, él ya no tenía miedo a la muerte, repetía ufano, la había visto, y no era tan grave, cuando murió su abuelo entró en el cuarto donde estaba el cadáver, tembloroso se aferraba a la mano de su madre, tenía solo cinco años, pero recordaba hasta el aroma del cuarto, olor a muerto repetía su padre aun meses después, al ver al anciano como dormido en su cama, el miedo desapareció, su madre lo cogió en brazos y lo acercó para que le diera un beso, sobre sus labios sintió el frío de la muerte que había borrado la sonrisa de la cara del abuelo Nemesio, desde entonces cada vez que encuentra un pájaro caído en el suelo lo besa antes de certificar su defunción, la muerte es dormir en frío, pero no da nada de nada de miedo, le había dicho a su amigo Tomasín cuando enfermó la abuela de este, se lo había dicho una tarde sentados en las escaleras de la iglesia mientras esperaban a que la hermana del segundo terminará la confesión.
            Siempre tardaba mucho y eso que se confesaba casi todos los días, algunas veces incluso iba a confesar a la casa del cura, de noche y todo, era tan buena que pensaba que llegaría a monja e incluso a santa si se lo proponía de lo guapa que era, no entendía por qué la gente cuchicheaba a sus espaldas, no comprendía como un ángel como Marisa podía cometer tantos pecados para confesarse a diario, a veces pensaba que lo único que hacía era pedir perdón por la gente que hablaba mal de ella, era tan buena, y tan guapa y olía tan bien.

            Pero a Mario no pensaba mucho en esas cosas, le gustaba aquella casa, siempre pensaba en explorarla, a sus doce años, era para él una pirámide en medio del desierto, un castillo de los que aparecían en las novelas atestados de vampiros y hombres lobo, los libros con los que desde que podía recordar trataba de endulzar sus visitas el farmacéutico, pocos meses después de enterrar al abuelo Mario cayó enfermo, el boticario era ya mayor y su hijo hacia de practicante, durante doce largos meses tuvo que venir una vez por semana a inyectarle la medicina con aquella aguja que tanto le asustaba, para Él y su culo la enfermedad duró un siglo, sobre todo porque se vio obligado a pasar más de un año encerrado en casa, mientras los demás niños jugaban fuera a la pelota o a reventar nidos o cabezas a pedradas contra la banda del Ramón, Mario reflexionaba sobre la maldita medicina, todo se curaba por la parte de atrás, o inyecciones o supositorios, si le hubieran dejado elegir habría utilizado ambos métodos como tortura contra la pandilla del  barrio de arriba, la que vivía enfrentada a la suya desde que el mundo es mundo, su jefe Perico, el hijo menor del herrero era un monstruo que solo disfrutaba al ver correr la sangre, Mario opinaba que por sus venas corrían ancestrales y diabólicas estirpes de vampiros, era muy astuto y hábil, como una vil serpiente, no conocía la piedad ni el perdón, además siempre iba acompañado de su hermano Marcos que de listo no tenía nada, pero los músculos le bastaban para esconder la tara genética, y eso que Mario se podría decir que era un privilegiado, hasta la fecha nunca lo habían pegado, era intocable, diferente, Él era Mario el cojo, y tras una larga a la sombra merecía lastima, hasta que un día, sentado junto al alfeizar de su cuarto, observando el movimiento de unas sombras que se cernían alrededor de las paredes de su calle, sentado con todo el aburrimiento del mundo, vio llegar a dos amigos de su banda corriendo como si un demonio los persiguiera, era Marcos con su cara bobalicona y la baba chorreando de placer, sin pensarlo dos veces agarró el tirachinas que siempre llevaba escondido entre el calcetín y la bota, recogió un royo del bolsillo trasero y apuntó, le acertó en medio de la espalda, el ogro de Marcos se frenó en seco, durante unos segundos no acertó a comprender desde donde había llegado el proyectil, cuando lo encontró sobre la ventana sus escasas neuronas vivas ataron cabos, con insolencia mostró el puño cerrado cargado de odio en señal de venganza, desde ese día supuso que la tregua por su enfermedad había expirado, aquel puño en alto era una declaración de guerra en toda regla, y eso en parte incluso le alegró, no obstante cada vez que salía de casa caminaba deteniéndose en las esquinas, temiendo encontrarse la cara redonda y sedienta de venganza de Ramón, de eso hacía un par de años pero el escalofrío no había dejado de sentirlo sobre su nuca.









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                                                           SEGÚN





            Esa tarde en la que todo comenzó hacía frío, el aborregado gris del cielo amenazaba lluvia, Mario corría todo lo deprisa que podía, mas temiendo la aparición de Marcos que las cortinas de agua enfurecidas que se respiraban en las ráfagas racheadas del viento húmedo que silbaba a sus espaldas, llegó a la entrada de la gran casa y entró sin llamar, como era costumbre de cualquiera que llegaba a una casa con buenas intenciones, nada más cruzar el umbral Mario lanzaba un grito a La Vicenta para que esta supiera que ya había llegado, si no lo hacía o llegaba tarde la mujer se preocupaba, Mario no sabía si la preocupación venia por cariño o lastima, o las dos cosas y por eso le regalaba aquellos bocadillos tan buenos, daba igual, la buena de Vicenta pasaba las tardes cosiendo en la cocina, escuchando los seriales radiofónicos tan de moda por entonces, el único vinculo que unía a aquellas gentes humildes con el resto del mundo, que por desconocido se antojaba mucho más grande que el actual, casi infinito, la buena mujer mataba la vida sentada junto al fuego del hogar donde calentaba las ollas para fregar la casa y cocinar las míseras raciones que su viejo cuerpo y el triste estomago de la señorita Mercedes necesitaban, cuando Mario se enfadaba con su madre imaginaba que era adoptado por la buitre y que la Vicenta se convertía en su abuela, en las gélidas jornadas de invierno, sentado bajo el tosco madero que hacía las veces de repisa de la enorme chimenea y que algún que otro chichón le había obsequiado, era donde más se disfrutaban los bocadillos de Membrillo, masticando a dos carrillos mientras escuchaban las desventuras de enamoradas engañadas por galanes que endulzaban sus mentiras con retóricos adjetivos que hoy las harían vomitar pero que entonces derretían los suspirantes corazones de actrices y por ende de chachas, jóvenes casaderas o desencantadas madres de todas las edades, voces que sonaban idénticas durante los intermedios, al ritmo de cascabeles, bocinas y panderetas cantaban pegadizas tonadillas rimadas que pregonaban las maravillas de los patrocinadores, que por entonces se denominaban benefactores, y que independientemente del producto anunciado sonaban a maravilla mágica o técnica avanzadísima e importada, cosa que poco importaban a la cabeza y el pie izquierdo de La Vicenta que no podía remediar seguir el compás, coplas que después la anciana canturreaba a modo de popurrí mientras pasaba el polvo o la escoba, dejando escapar por las ventanas engañosos ecos de alegría en aquella casa cargada de pena.

            Al llegar dejó fuera la tormenta y remedando a su fiel Chispa se sacudió los restos de la anunciada lluvia con temblorosos contoneos, sobre el acogedor hall percibió un ambiente distinto, mas frio y pesado de lo habitual, los torpes ruidos del piano que engendraba los dedos de Victoria, la repipi, no lo recibieron esa tarde, encontró el salón abierto y silencioso, durante unos eternos segundos aguzó el oído, aquel eco mudo resultaba inquietante, incluso el eco del repiqueteo nervioso de los zapatos de la señorita Mercedes recorriendo las baldosas del salón había desaparecido, solo escuchaba la tempestad que luchaba contra las paredes en el exterior, un tanto confundido se dejó arrastrar por cortos y titubeantes pasos en dirección al pasillo, un mal presentimiento inundaba sus pulmones, recuperando el aliento llegó hasta la cocina, encontró a La Vicenta sentada frente a su señorita que aquella tarde parecía más blanca de lo habitual, mas pálida que la imagen de la Virgen Dolorosa de la iglesia, no obstante mucho más fea, al ver al niño las dos mujeres guardaron silencio, acto seguido como si de migajas de pan se tratara fue descargando de sus ropas una retahíla de disculpas que solo engañaron a las mujeres, La Vicenta pidió a Mario que esperase en la entrada, cinco minutos de susurros incomprensibles más tarde apareció la profesora, cabizbaja y encerrada en su habitual mutismo, sin dedicarle ni una mirada cubrió sus hombros con un grueso chal y salió afuera dejando entrar una ráfaga del huracán exterior, mientras las ramas de las aureolas y las costillas de Adán que adornaban la entrada recuperaban la verticalidad llegó la sirvienta con un trozo de pan y chocolate, le dijo que se lo comiera y se marchara, esa tarde no había clase de piano, la señorita Mercedes tenía asuntos que resolver, le espetó con un aire demasiado frio para sonar sincero, a Mario no le importunó nada perder su clase, sentado sobre el banco tipo iglesia intentaba desgranar que se estaba cociendo, conteniéndose con el chocolate para no terminar comiendo pan solo masticaba con parsimonia escuchando como la lluvia boxeaba con el empedrado de la calle.
            El eco de un virulento trueno llegó de improviso anunciando el comienzo de la parte seria de la tempestad, menos mal que seguía a cobijo, las penumbras llegaban a oleadas con tintes bíblicos, de momento no quedaba otra que esperar, desde la cocina llegaban los acordes entrecortados de la radio que intentaban abrirse paso en el cielo con la furia de la tormenta, pensó en acompañar a la Vicenta, pero no tenía ganas, aquella tarde las rimas entrecortadas no sonaban alegres y menos junto a la preocupada cara de su abuela postiza, en cambio la sonrisa torcida de los ángeles que custodiaban la escalera parecían estar invitándole a vivir una aventura en el piso de arriba, procurando el mayor sigilo decidió atender aquella llamada, era su oportunidad, desde el cuadro del perros de caza que tanto le gustaba le pareció recibir el guiño alentador de uno de los cachorros, comenzó a subir despacio, no por miedo, si no para no ser descubierto, ya arriba recordó el cuarto de la señorita Mercedes, la puerta estaba abierta, el poco interés que le suscito en su anterior visita lo decidió a dejarlo pasar, los rayos que explotaban en el cielo iluminaban con intermitencias desafiantes las paredes del enorme pasillo de oscuras y cerradas puertas, sobre la derecha tres, la parte que daba a la calle, al otro costado cinco cuartos que mostraban sus ventanas al patio, el largo pasillo acababa con un enorme ventanal por donde se colaban los fogonazos y el ruido de la tempestad que hacia traquetear las contraventanas como si encerrase un monstruo infernal, junto a este  nacía otra escalera, mucho más modesta y empinada por donde se accedía al desván, tragando bolas de saliva con sabor a chocolate pegado a los dientes se guardó el miedo en los bolsillos, descubrir el misterio que permanecía encerrado tras las lúgubres puertas llamándolo con cantos de sirena pellizcaba su corazón hasta acelerarlo, aguantando la respiración como quien coge impulso abrió el primer cuarto de su izquierda que suponía pegado al dormitorio de la señorita Mercedes, estaba muy oscuro, aun así el olor a polvo lamió su piel como un perfume añejo y místico, los muebles estaban cubiertos por sabanas pero se adivinaban los contornos de una cama, una cómoda con un gran espejo, un sillón y una mesa, aquel cuarto no le interesaba, el crucifijo de madera colgado sobre la cama lo miraba amenazador, parecía decirle que aquel no era su sitio.
            El siguiente cuarto era un calco del anterior, el mismo olor y los mismos muebles tapados de igual manera, el mismo aliciente, ninguno, el tercero era un guardarropas, las estanterías estaban repletas de sabanas y mantas, y algunas maletas que la última vez que viajaron seguramente aun no existían ni los caminos, también se almacenaban las cortinas finas para el verano, el olor viejo del alcanfor lo impregnaba todo, aquello carecía de misterios para el espíritu inquieto de Mario, cruzó el pasillo con la duda de si aventurarse o no hacia el desván, para ver trastos viejos y amontonados siempre hay tiempo, espoleado por un nuevo rayo cruzó el pasillo con la intención de desandar lo avanzado, casi por instinto abrió la puerta del que intuía era el cuarto mas grande, allí no había camas ni tampoco sabanas que cubrieran los muebles, aquel no era un dormitorio abandonado, la presencia de muebles mostraba que allí había vida, dos sofás y un sillón junto al que reposaba una mesita redonda con una lámpara cuyo cable trenzado se perdía entre los pliegues de una pesada cortina a juego con el estampado de los muebles, avanzó ocho pasos, que suponían cuatro para el resto, hasta alcanzar el centro de la estancia, justo debajo de una lámpara de seis brazos unidos por un circulo que imitaba un timón de barco, con una palmatoria en cada apéndice y una bombilla atada por un colgante cable igual de trenzado, al bajar la vista en la pared de su derecha encontró varias estanterías y armarios que cubrían toda la superficie hasta formar una ele atestada de libros de todas formas y tamaños, los más gruesos presentaban sobre el lomo letras doradas y relucientes, el abultado tamaño informaba a Mario que entre sus páginas no se escondían aquellas novelas de aventuras que tanto le gustaban.
            Un potente y sorpresivo rayo iluminó la estancia, proyectando sobre el suelo las sombras de los cuernos de un aterrador ciervo que colgaba de la pared opuesta, no hacía nada de frío, pero a Mario le castañeteaban los dientes, el trofeo de caza permanecía escoltado por varios retratos con ropas y miradas antiguas, Mario, embutido en la piel de detective, presumía para sus adentros que debían ser antepasados de la señorita Mercedes, el cuadro mayor de todos llamó su atención, un distinguido varón erguido junto a una señora no menos elegante sentada sobre un enorme sillón de mimbre, ambos mostraban con énfasis la respetabilidad impuesta en sus rostros, la imagen parecía captada junto a la chimenea del salón inferior donde recibía sus clases, la mirada enigmática del caballero se abrió paso entre los destellos de un nuevo rayo para mirar directamente a los ojos del niño, Mario reconoció el boniato de nariz tan característico de la familia, el honorable antepasado mostraba con orgullo una parte de su levita, una dorada cadena salía de su interior hasta llegar a la mano que acariciaba, más que escondía, un objeto oculto a los ojos del artista, al sacar pecho parecía estar destacando sobremanera un bordado a la altura del corazón, como un escudo, un signo que a Mario le resultaba vagamente familiar,  Ж, en principio pensaba que lo había visto en algún libro o misal de la iglesia, el cadáver disecado del ciervo no le gustaba, parecía mostrar los dientes de forma amenazante, como elevando su cornamenta presuntuoso por encima de la tormenta que repiqueteaba con su furia sobre los cristales, para alejar su miedo y dejarlo olvidado entre las sombras de los cuernos, se giró interesándose por los libros, casi todos eran de leyes y el polvo acumulado encima aseguraba que aburridos, en el centro de la estantería los libros permanecían protegidos del tiempo tras un fino cristal que soportaban dos puertas labradas con artísticos rosetones, a Mario le costaba un mundo leer los títulos bajo una luz tan débil, esperaba el breve segundo en el que un rayo iluminaba el cuarto para aprovechar los débiles resquicios del resplandor que como aliados se ofrecían, uno se confabuló con su osadía y brilló con intensidad sobre el lomo de los que ocupaban el estante inferior, solo fue un segundo pero ante sus ojos aparecieron los destellos de tres signos parecidos al de la levita del cuadro, intrigado rogó al cielo que enviara un nuevo relámpago, pero el cielo estaba sordo, encender la luz estaba completamente descartado, menudo explorador estaba hecho, no llevaba encima ni una linterna, ni tan siquiera una mísera cerilla, -un momento-, pensó, cruzó todo el cuarto y regresó bajo los cuernos del ciervo sin atreverse a desafiarlo con la mirada, sobre la repisa de la chimenea había observado una palmatoria de cobre, era posible que cerca se guardaran los fósforos, efectivamente allí estaba la cajita, con largos pasos atravesó la estancia, encendió una y pudo observar los tres signos, el del medio era idéntico al del cuadro, tenía que mirar aquel libro, era imprescindible, una cuestión de vida o muerte, la cristalera estaba bajo llave, fastidiado recibió un nuevo rayo y el eco lejano de su trueno que anunciaba la marcha de la tormenta, tras el cristal el libro lanzaba sus destellos con tonos de burla, desafiantes, aquel tomo se mofaba de él, por un momento pensó en zanjar aquella cuestión rompiendo el cristal, no le pareció ético, aunque no estaba seguro de saber que significaba, conocía la palabra de los seriales de la radio, lo mejor sería marcharse como su aliada la tormenta y esperar otra oportunidad, ya había tentado demasiado la suerte.

            Bajó las escaleras rezando para no encontrarse con la Vicenta, el transistor continuaba lanzando mensajes rimados desde la cocina, afuera la lluvia descargaba con menos fuerza, de pie sobre el último escalón pudo ver como la empapada señorita Mercedes regresaba, ella sí que tenía aspecto de fantasma, interrogado por que permanecía allí como un pasmarote, se encogió de hombros y la profesora apostilló a la lluvia como escusa, acto seguido propuso dar clase y aunque no le apetecía nada no encontró suficientes fuerzas en su interior para negarse.


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miércoles, 4 de junio de 2014






                               EL POZO DE HAROD Y ALGO MÁS




               Qué necesita una novela para destacar, pasión, intriga, fluidez, belleza en la prosa, erudición, Eduardo Perellón ha logrado mezclar estos ingredientes para componer un excelente y apetitoso guiso literario, una historia que destila un enorme esfuerzo y mucho amor en su proyecto.
               El comienzo es tan brutal que ya quisieran muchas novelas de terror alcanzar a transmitir tal grado de crueldad, sobre todo si te paras a pensar aquello de que la realidad supera a la ficción y que episodios como este o mucho peores sucedieron en nuestro país, si su intención era demostrar que el ser humano es capaz de todo a fe que lo consigue, no importa las justificaciones o en nombre de quien lo haga, para mi no existen, generalizar resulta injusto cada individuo es esclavo de su pasado, esto no puede extrapolarse a las instituciones, están cambian a lo largo de la historia o la historia les obliga a cambiar, pero para presentar al malo es un comienzo perfecto y no importa que el resto de personajes u ordenes secretas sean pura ficción.
Otra cosa que destacaría son las escenas en las que sus protagonistas se juegan la vida para seguir el entretenido rompecabezas que por meritos propios se convierte en el hilo conductor de la novela, rebosan los  detalles, algo que yo en particular agradezco ya que en mi opinión incrementa la credibilidad y agiliza la trama. La utilización de un elevado número de datos y personajes históricos para componer el fascínate viaje que sus protagonistas siguen a través de España es a la vez de entretenido una llamada de atención a miles de compañeros que anglonizan (o mejor dicho holliwoodizan) sus historias, como si todo lo que se hace fuera de nuestras fronteras fuese mejor, ¡Bravo señor me descubro ante usted!
Por ponerle algún pero, en mi opinión le costara alcanzar la gloria que merece, tras el desmesurado éxito de Dan Brown todas las historias que beben de sus fuentes serán tachadas de falta de originalidad, esta en particular en ciertas fases se parece bastante aunque personalmente me resulta bastante más creíble que la famosísima antes mencionada.
Lo que la hace distinguirse del resto, lo que demuestra que no es una más en su género es sin duda su cuidada prosa, el esfuerzo y amor que recalcaba al principio, lo que estas páginas me transmiten es un montón de trabajo y una apasionada dedicación, no como otros que sacan folletines como churros que solo ellos se atreven a calificar de novela, redactadas a la carrera sin apenas repasar, una buena idea que brota en la cabeza pierde toda su fuerza si nos la cuentan como una anécdota o como si fuéramos niños ignorantes, a los que únicamente se trata de sorprender o pretenciosamente presumir de originalidad, atosigándonos en las redes sociales como una novedad que luego descubres que es todo los contrario, pero bueno todo sirve para aprender, unos saben escribir otros vender.
Quizás twiter no me ayude a vender mas libros, no importa, me ha abierto una puerta a un mundo que sin saberlo quizás llevaba años buscando, una puerta a un salón donde comentar con gente que comparte inquietudes, personas a las que admirar, independientemente de los gustos o las exigencias personales, su tesón e ilusión ya son dignas de admiración, conocer el producto de otros sueños resulta alentador, títulos cargados de líneas que como sangre juvenil corren desbocadas por la red en busca de su propio crecimiento, un hueco que solo puede crecer si les apoyamos, la mejor forma de hacerlo es leerlos, unos te sorprenden, otros, aun siendo éxitos de ventas, te aburren, te hacen sentir como un bicho raro ya que no entiendes como algo que triunfa a ti no te llega, o uno es demasiado exigente o demasiado ignorante, en otros casos la verdad te hacen sentir vergüenza ajena, no es el caso de @EduardoPerellon, @eriosferrer, @escobargolderos y otros que estoy leyendo, estos suponen un aliento en la nuca para continuar ascendiendo, gracias a todos.
Por cierto, el “no jorobes” espero que no llegara infundido por una antagónica decepción provocada por los colores blancos, aunque de ser así lo entiendo. Saludos


viernes, 16 de mayo de 2014


                                         

Detalles del producto

                                 El juicio de Dios

Ningún libro es redondo, sin embargo de tanto en tanto te topas con alguno que logra componer esa circunferencia casi perfecta que une, interés, emoción, erudición y belleza, por supuesto es solo una opinión personal, pero como todas es tan válida como cualquiera, que para eso hizo el demandado los colores.

Opinar sobre la obra de otro es tan fácil como peligroso cuando (humildemente), te consideras un compañero, alabar otro trabajo de manera gratuita sin esperar reciprocidad debería ser igual de sencillo, pero para una persona como yo, poco acostumbrado a las alabanzas y más a la parte fácil de lo que llamamos libertad, la crítica, a veces muy detallista, que le vamos hacer, me gusta sacarle punta incluso a los anuncios, lo que no me agrada me lo cuestiono hasta razonarlo y lo que de verdad me gusta lo acepto y punto, sin necesidad de buscar razones, tal vez sea un intento de justificar mis imperfecciones.

No solo porque la mayoría alabe algo ha de gustarte o viceversa, no es necesario criticar aquello que es ampliamente admirado, o intentar sacar la cabeza remando contra corriente, tristemente algunos no conocen otro modo, un ejemplo: El tiki taka de Guardiola , a mi me aburre, si no fuera por los tres dioses bajitos cambiaría de canal, personalmente pienso que el futbol ha de tener pasión, emoción, dolor y porque no belleza, igual sucede con los libros, esa redondez se la otorgamos los lectores y esta obra de Rios Ferrer es un bello balón de fútbol, de esos de hace décadas, con sus costuras bien cosidas, y al mismo tiempo con la ligereza y practicidad de hoy, sirve igual para regatear en el patio del colegio como para apuntar a la cruceta en una final de Champion, porque la literatura es eso para mí, emoción, una cosa te gusta cuando te toca la fibra y a mi Giselle Conrad y su familia y HT y sus fieles  e inteligentes abogados y los cardenales y sacerdotes que guardan los archivos vaticanos y el resto de la legión de personajes que componen esta obra me han llegado, si reseñar una novela de criticar se trata criticaría mi voracidad, sabiendo, cómo se, lo mucho que cuesta, inspirarse, documentarse, componer la historia, repasar, y volver a repasar, meses y meses de duro trabajo que los insensibles lectores nos bebemos en pocos días, (esto nunca me ha parecido un halago, más bien debería estar en la lista de los pecados capitales), pero algunas novelas es imposible leerlas de otra manera, el suspense que destila te atrapa como el chocolate más dulce o el amor más juvenil y tal y como el autor pretende, se trata de entretener y de evadirse de la realidad, y a fe que esta novela lo consigue.


Quizás algunas personas, yo mismo, hubiéramos deseado una mayor profundidad en las razones ideológicas de la demandante, que si bien esta claro que su demanda es producto de la frustración tras vivir la mayor de las desgracias posibles, es licito enfadarse, incluso con El Todopoderoso, una persona inteligente e instruida no actúa de manera tan pasional o irracional, a mi juicio debería haber algo más sustancioso que la hubiera empujado, o puede que se me haya pasado, del mismo modo que las objeciones del bufete deberían ser más duras, pero esta novela es de Rios Ferrer y de él, y solo de él depende dibujar su circunferencia los lectores la cerraremos leyendo y punto, ENHORABUENA ENRIQUE.

sábado, 10 de mayo de 2014

El juego de vender-.

El otro día miraba un blog reseñado por su dueño en twiter, lo dejaremos en el anonimato para no dar publicidad a unas ideas que no comparto, entre otras cosas de mayor interés este autor opinaba que no eres nadie en el mundo literario si no piratean tus obras, craso error, si quieres llegar a mucha gente tienes la opción de regalar tu trabajo, no de incentivar a aquellos que prefieren buscar los atajos de la piratería, la conciencia de estos sujetos piratas seguro esta tan vacía como sus bolsillos, no interesan a nadie, ni tan siquiera sus opiniones, la lucha contra la piratería digital debería ser nuestra primera bandera.

Acabo de llegar de un paseo por las librerías que tienen a bien exponer mi último libro, lo cierto es que resulta emocionante, cada vez, esta mañana una señora mayor paseaba sus ojos curiosos por las portadas, agazapado en un rincón observaba sus movimientos como un cazador al acecho, el corazón se me aceleró cuando tras dejar la novela de un superventas cogió mi obra y la giró para leer la sipnosis de la contraportada, expectante aguardé su reacción, su rostro cargado de años enmarcaban una mirada lúcida con ciertos destellos de infantil curiosidad, (o eso al menos pretendían ver), a los pocos segundos lo giró y tras un leve duda ojeó el interior, señal que por experiencia es positiva, con idéntica emoción que un quinceañero que espera un primer beso tras el primer baile con la chica que le gusta aguardé a ver cuál era su siguiente paso, como era de esperar lo dejó sobre el montón y continuó su búsqueda, dejándome literalmente con la miel en los labios, un tanto decepcionado proseguí con mi propia búsqueda de títulos nuevos, la señora continuó mirando portadas, al llegar a mi altura me armé de valor y la abordé.

-Me he fijado que aquella novela ha llamado su atención, ¿podría decirme por qué?
-Ni el titulo ni el nombre del autor me suenan. ¿Usted la ha leído?--, me preguntó con tono aterciopelado y sereno.

-Lo cierto es que soy su autor.
-¿de veras?, no m’ho puc creure, (no me lo puedo creer), y ¿de qué trata?

- Es una novela de ficción ambientada en el Vaticano, intento explicar hacía donde debería evolucionar el Cristianismo, que vuelva a sus orígenes.
La anciana tras una reflexiva pausa me miró fijamente y con una sonrisa torcida dice.

-Tan joven y ya se ha dado cuenta de que la Iglesia no está del lado de los pobres.

Sonriendo asentí, más por el halago de llamarme joven, lo otro es para mí tan obvio desde hace tantos años que no lo tomé en cuenta, claro que un rato más tarde comprendí que a su lado yo soy efectivamente joven, la mayoría lo es. La buena mujer, plantada frente a mí, como expectante, parecía invitarme a que continuara hablando.

De pronto las dudas de cómo explicar la trama de mi novela, tantas veces compuesta en mi cabeza o twiteada, se me antojaba pretenciosa, o simplemente tenía miedo, era como ver oscilar la bolla y no saber si recoger o soltar sedal, pero ya que tenía aquella oportunidad no podía desaprovecharla, aquello era más directo que cien tuits, cogiendo aire rebusqué en la memoria algunas de las frases que siempre tengo preparadas pero que nunca pensé utilizar, ni siquiera con amigos o compañeros de trabajo, al final dije que mi novela solo pretende exponer una idea de sentido común, que este mundo no puede avanzar sin líderes, que necesita un cambio radical  y que la mejor lanzadera a mi juicio sería el Vaticano, pero no este,  si no uno nuevo más acorde con el siglo XXI, etc, etc.

La mujer asintiendo parecía que intentaba asimilar mi discurso y al mismo tiempo buscar las palabras exactas con las que responderme, por un momento pensé que tal vez buscaba hacerlo sin ofenderme, hasta ese momento sus mejillas rebosaban candidez. De pronto torció el gesto.

-Los jóvenes creéis saberlo todo, toda mi vida he sido roja, y a mucha honra, pero también creo en Dios y he vivido una guerra, muy mala, los curas los hay buenos y menos buenos, pero se merecen un respeto--- boquiabierto intentaba defenderme pero su torrente de voz era tal que no me daba opción, ---sin la Iglesia mucha gente se hubiera muerto de hambre con esta crisis, el gobierno no ayuda a la gente pobre, llevo veinte años jubilada y tengo que pagar mis medicinas, una hija separada en el paro y sin cobrar, menos mal que Dios no le ha dado hijos, que si no…………..

No sabía dónde meterme ni que había hecho para sufrir semejante ataque, lo más que pude fue, medio balbuceando medio tartamudo pedir perdón y defenderme, diciendo que lo mío no era un ataque frontal a la iglesia ni mucho menos a los miles de bondadosos y abnegados curas, fuera como fuera la mujer relajo su crispación hasta recuperar la candidez del principio, creo que sintiéndose un tanto culpable por el tono que había empleado y que sin duda había llamado la atención tanto de la dependienta como de un par de clientes que aguardaban turno frente al mostrador de la entrada.

Dudo de que la buena mujer lea estas palabras, pero desde aquí quiero pedirle perdón por lo que sea que le ha molestado, si generar polémica resulta clave para vender más libros no es lo que buscaba, mucho menos con una pobre anciana, pero no puedo renegar de mis ideas, ni nadie puede pedirme que haga tal cosa, las sociedades avanzan gracias a las ciencias y la cultura, no por los políticos, estos muy a menudo atascan a las sociedades que dirigen en función de sus intereses, lástima que para conocer la belleza necesitemos vivir los horrendo, de otro modo la clase política se hubiera extinguido.


Lo siento abuela lectora, un beso.