Esta historia
nació en la necesidad de enseñar a mis hijos, una infancia prendida en mis
recuerdos, de los que la vida actual los ha hecho ajenos, no obstante a medida
que la historia de Mario crecía sobre el papel comprendí que bebía de la memoria
de mi padre, cuando aún era un ser completo y lúcido, y disfrutaba regalando las añoranzas de su
niñez y como toda su generación una fugaz juventud, trataba con el pudor
impuesto en el ostracismo de respetos antinaturales, felizmente superados, tres
generaciones unidas por un apellido, por eso quiero dedicar a papa, sin tilde,
por que los miembros de mi casta no tenemos papá, tenemos papa, con la esperanza,
que en esos pocos minutos de lucidez que le permiten la demencia senil recupere
algo que percibo atrapado en sus pequeños ojos verdes, y vuelva a ser el padre
orgulloso, amigo de contar y conocer historias sobre su arcaica niñez serradillana,
de donde es sin duda, el más orgulloso de sus hijos, tanto caló en mi su pasión
que la heroína de esta aventura, lleva en su honor, el nombre del sentimiento que
más ha venerado toda su vida, la imagen
Del Santísimo Cristo de la Victoria de Serradilla.
Va
por ti PAPA
In
memorian
De las Hurdes
a la luna
PRIME
A Mario le gustaba la música, no
tanto estudiar, prefería jugar, por las tardes obligado acudía a casa de la
señorita Mercedes, la “caracaballo”, sentado frente al viejo piano repetía secuencias
de notas hasta dejar de sentir las yemas de sus diminutos dedos, ¡esto no es
música!, se quejaba con aspavientos y gestos torcidos sin atreverse a despegar
los labios, con cierta osadía lanzaba despectivas miradas sobre la adusta y
lechosa cara de la profesora que escasamente se rebajaba a mirarlo de soslayo,
Mario estaba convencido de que apenas conocía su nombre, ni acertaría de qué
color eran sus ojos o los años que tenía, en el fondo, aquellas clases eran un
castigo, una tortura inhumana, hubiera dicho si alguien le hubiera preguntado, cosa
poco probable, a sus oídos apenas si llegaban regañinas o consejos y en la
mayoría de ocasiones ordenes.
En cambio envidiaba los sonidos del desgraciado instrumento, estos volaban
libres atravesando la mosquitera de la enrejada ventana que encarcelaban a
Mario en el interior del refinado y caduco salón, aporreaba con fuerza las
teclas intentando ahogar los gritos de los afortunados niños que disfrutaban de
la libertad de la calle, invariablemente esto sucedía hasta el momento en el que
la señorita Mercedes advertía que Mario perdía la concentración, entonces, como
si de repente regresara de otro mundo, alargaba sus huesudos pómulos, e imprimiendo
a su nariz un ritmo de locomotora, atravesaba el salón insuflando aire a borbotones,
acompañaba cada aleteo nasal con golpes de tacón que se clavaban en las sienes
del crío, sacaba fuera toda la nariz y a grito pelado de su nasal e irritante
voz ordenaba que jugasen sin hacer ruido, como si eso fuera posible de lograr
durante más de dos minutos seguidos, niños, juegos, aire libre y silencio, es
tan quimérico como pretender matar un elefante con una escopeta de corchos, de
esas que te prestan en las casetas los titiriteros que como parte del calor se
presentan en el verano para las fiestas del pueblo, todo el mundo sabe que
están dobladas y sin fuerza, pero el que más y el que menos se deja allí
algunos reales para apuntar a las bolitas de azúcar.
Algunos días Mario llega pronto a
clase de piano y le toca esperar, la repipi de Victoria aun no ha terminado,
esa niña presumida y repelente que siempre mira por encima del hombro y se
viste a diario como si fuera a recibir al obispo por la mañana y a la hora del
almuerzo ya se ha cambiado como si tuviera que asistir a la boda de un marqués
en el palacio real, esa tonta que tiene un hermano fanfarrón y engreído, la
chulería debe de ser genética en algunas familias, el muy tonto presume por el simple
hecho de tener una escopeta, esta si dispara con fuerza, Él es tan inútil que
no es capaz de acertar ni al tronco de un árbol centenario, pero gracias a su
tío, el notario, el hermano de su padre que vive en el pueblo de al lado, si,
ese del bigote engominado y andares de pato escocido, que se la regaló el día
que comulgó, de importación alemana, como repite a menudo con prepotencia y un
énfasis que dan ganas de vomitar, lo repite a los pocos niños que se unen a él,
si es con la escopeta, que si no de que, es tan arrogante que a su lado Victoria,
la repipi, es la humildad encarnada, eso sin con trenzas y lazos de colores
alrededor de una mirada de serpiente de sonrosadas mejillas.
Mientras la dilatada hora de clase
de Victoria, la repipi, termina, Mario ha de esperar, sentado en el recibidor,
sus pies cuelgan sobre un banco de madera que parece robado de una iglesia,
pero está más limpio y mejor barnizado, a Mario no le importa la espera, no le
gustan las clases de piano, pero le encanta el viejo caserón, el cree que le
fascina, la casa más grande del pueblo, las paredes rezuman un aire a historias
rancias y oscuras, es la memoria de sus antiguos dueños, unos ricos venidos a
menos por la mala fortuna, y por la guerra, Mario no sabe por qué, pero la
guerra siempre tiene la culpa de todo lo malo que no se puede explicar. Sobre
el deslucido encalado cuelgan recuerdos de épocas pasadas que ya no volverán,
unos dicen que mejores, otros prefieren olvidar, el piano que ahora aporrean
media docena de aspirantes a organilleros sin mono, llegó al pueblo en esos tiempos
con un propósito bien definido, ahora sirve para que la señorita Mercedes malviva
dando clases, por caridad de sus vecinos más que buscando aflorar el virtuosismo
de hijos de labriegos y artesanos que solo entienden de cosechas y plagas, y miden
el tiempo de sus vidas con crecidas de ríos e incendios, el instrumento había
llegado tres décadas antes como regalo del hacendado del pueblo, su papá Don
Valentín, entró en la vida de la humilde comunidad como una fanfarria, la
primigenia intención codiciada por el patrón era mostrar su opulencia, la
escusa perfecta, celebrar una mayoría de edad que por entonces, siendo mujer, no
te garantizaba otro derecho más que colgarte el cartel de casadera, más que
derecho era un deber, eran otros tiempos, no sabemos si más felices o menos
complicados, como la juventud, cuando la señorita Mercedes aun estaba de buen
ver, a pesar de la enorme patata que siempre tuvo por nariz, una pichoncita
decían los mozos del pueblo, y con posibles, decían las madres bajando la
mirada con aire pícaro e interesado y un destello de envidia que se les
escapaba de los ojos, el tiempo que todo lo estropea, había pasado por encima
del piano de igual manera que por el alma de Merceditas, opacando el brillo de
sus ojos y surcando de arañazos un espíritu inquieto que el resto llama vejez
cuando en realidad es melancolía.
El resplandeciente instrumento de
teclado había sido recibido en el pueblo como un héroe de guerra, cargado en la
parte trasera de un carro ayuntado por cuatro mulas jóvenes, envuelto en el
misterio de pesadas mantas pardas que lo protegían de los avatares del camino y
engrandecieron su leyenda, las emociones adornaron la llegada con decenas de
sonrisas y exclamaciones de todos los colores, curiosos agolpados en las aceras
en mayor numero y con mayor entusiasmo que el día de la visita del obispo,
aplaudiendo con fuerza a su entrada triunfal, logrando engordar el ya de por si
enorme ego de Don Valentín, que estirado se desdentaba con una gigantesca sonrisa
bajo los arabescos de sus puntiagudos bigotes engominados, nueve hombres se
necesitaron para introducirlo en casa, a real por cabeza, y otras tantas
mujeres por la mitad del precio para adecentar la entrada y el salón, ni en los días de
muertos se movían tantos muebles para colocar el ataúd de cuerpo presente, en
cambio ahora la pichoncita tenía cara de buitre y el piano, aunque parecía
sonar bien, había perdido el brillo y la relevancia, diluyéndose de manera
paulatina con el correr de los calendarios, un deslucimiento proporcional a la
casa, donde ya no había tantos criados como antes, solo la viuda de Fermín, el
cochero, La Vicenta, que parecía una mula mas de las que en vida cuidó su
marido, pero con mejor corazón, a Mario le encantaban los bocadillos de
membrillo que le regalaba la criada mientras esperaba, en su casa la mayoría de
las veces eran de aceite y sal o aceite con un puñado de aceitunas, un manjar
decía su padre, a lo mejor por eso lo apodaban el jilguero, a Mario le gustaban
el membrillo y el chocolate, en su casa el azúcar era solo para el café aguado de
la tarde y las magdalenas que su madre preparaba cuando se acercaban la pascua
o la navidad.
Mientras escuchaba los sonidos que
Victoria, la repipi, producía sobre el piano, Él investigaba los recuerdos
colgados en la entrada, su imaginación inventaba historias diferentes cada día,
porque al entrar el ambiente del salón se las borrara, allí estaba prohibida la
imaginación, junto al piano todo era método y rutina, la música es emoción, si,
pero nada cercano al alma puede enseñarte quien no la posee, como queriendo llenarse
los pulmones para escapar de aquella jaula dejaba volar su imaginación antes de
entrar al matadero, le encantaba el reloj de carillón, más alto que su padre y
más brillante que el piano en sus años mozos o que las gotas de rocío
atravesadas por los primeros rayos de la mañana más despejada, ya no daba las
horas, era solo un adorno mudo, desde que murió el tío Venancio nadie en el
pueblo lo supo reparar, el tío Venancio lo arreglaba todo, desde un arado a un
sofisticado y moderno reloj de bolsillo de doble cuerda, el alcalde rezaba cada
año para que el reloj de la torre no se estropeara, sobre todo conforme se
acercaba la nochevieja, a veces Mario abría la puerta de cristal y movía el
mayor de los dos péndulos que colgaban solo para escuchar el tic-tac de los
engranajes dormidos de su interior, el tong-tong de las horas era una parodia que
producía chasqueando la lengua contra su paladar, justo junto al reloj estaba
la puerta del salón, detrás de esta intuía a la pajarraca de la profesora con la
repipi de Victoria, al otro costado de la puerta nacía un pasillo desde el que
se accedía a la cocina donde la Vicenta preparaba esos bocadillos tan
estupendos, junto al nacimiento del pasillo, en el mismo epicentro de la
entrada arrancaba una escalera que unía la planta noble con el piso superior,
el primer escalón estaba escoltado por dos estatuas de un metal costroso y
gastado, dos risueños ángeles orantes, con las manitas unidas por las palmas a
la altura del pecho, de sus espaldas en lugar de alas nacían los pasamanos de
madera labrada que Mario imaginaba debían producir un dolor espantoso a los
pobres pero eternamente risueños querubines.
Hasta la fecha Mario solo había
subido en una ocasión, le estaba prohibido, aquel día sin embargo La Vicenta lo
obligó a ganar las dos docenas de escalones para felicitar a la señorita
Mercedes por su cumpleaños, como cada tarde había llegado para dar clase, pero
la señorita Mercedes se encontraba indispuesta, tras la arenga de la criada y
con una promesa en forma de bocadillo subió las escaleras, despacio, como
siempre, y con miedo, como casi siempre, con idéntico temor de quien se adentra
en una jungla plagada de fieras salvajes, o eso imaginaba acostumbrado a leer
aventuras de exploradores perdidos en la ignota África o la misteriosa Asía,
acodada sobre la cabeza del orante querubín la Vicenta repetía en voz baja, con
la mirada sobria de las regañinas y ambas manos entrelazadas sobre el abultado
regazo, que subiera sin hacer ruido y bajara deprisa, no había necesidad de fatigarla
más de lo necesario, alcanzó el rellano superior con el peso del susurro de la
cocinera instalado como una amenaza sobre sus hombros, entró en el enorme dormitorio
de la dueña de la casa y quedó desencantado, en nada se parecía a un nido de
buitres, impresionado midió el entorno, era más grande que el salón y la cocina
de su casa juntos, y albergaba mas muebles y cuadros que en toda su humilde casa
de tres plantas, dos de vivienda útil y
una de “tinao”, las cortinas permanecían
corridas y eso que eran las cinco de la tarde y afuera lucía un sol de justicia,
la penumbra al menos le permitía ver dónde colocar sus temerosos pasos sin
tropezar, asunto este que intentaba evitar como nunca antes, avanzaba casi sin terminar
de poner los pies en el suelo, como si atravesara una fina costra de carámbanos.
Sobre la cama yacía la señorita
Mercedes, con los ojos cerrados en duermevela, Mario pensó que visitaba otro
mundo, sobre la mesita de noche descansaba una jarra de agua de fino cristal y
un precioso vaso a juego, los tonos azules que envolvían a las mariposas
reconocieron a Mario como a un viejo amigo logrando apaciguar su ánimo, en
numerosas ocasiones estaban sobre la mesa del salón durante las clases, en su
casa las jarras eran de barro o porcelana desconchada, junto a la vasija a
medio llenar no había medicinas, ni
tampoco velas ni estampas de santos, eso tranquilizó a Mario que al menos ahora
sabía que la enfermedad no era grave.
La señorita Mercedes abrió los ojos
al recibir la felicitación entre bisbiseos que había pronunciado Mario, intentó
dibujar una sonrisa bajo la nariz, pero las lagrimas llegaron antes, Mario
confundido dijo adiós y se marchó, ahora ya sabía que enfermedad tenía su
profesora de piano, mal de amores o de soledad, que eran las dos cosas más
graves que su abuela había dicho un día que hacían llorar a una mujer, pero a
él eso no le interesaba, le gustaba aquella casa, y ahora estaba fuera del
alcance de la señorita Mercedes y libre del férreo marcaje de la criada,
delante suyo se ofrecía un largo y tenebroso pasillo, una oscuridad que
estimulaba su imaginación llenándola de misterios escondidos, como una temible
vereda que viniera buscando en medio de la jungla, esta en particular era más
grande que el pasillo de la escuela e infinitamente más siniestro, las paredes
permanecían silenciosas, como si una fiera estuviera acechando, con esta
sensación avanzó, por su mente revoloteaban armarios llenos de tesoros, puertas
cerradas por el olvido que escondían fantasmas del pasado, aquel pasillo lo
atraía con la misma fuerza que el miedo atenazaba sus piernas, pero ¿a que
podía tener miedo?, Mario había visto la muerte de cerca y no da tanto miedo,
en cambio algo tan desconocido y por otro lado recurrente en su entorno, como
la presencia de fieras y de fantasmas merecían un respeto, si esta idea no
hubiera acudido a su mente seguro que se hubiera aventurado en la
investigación, pero el pánico a los espíritus, aunque atrayente, resultaba más
intimidante que la probable regañina de La Vicenta, a la que imaginaba
esperándolo junto a la escalera, no tenía miedo a morir por que el cura siempre
repetía que lo realmente bueno viene después, aun así mejor no precipitar lo
inevitable, lo que realmente temía era perder los bocadillos de membrillo, por
si acaso lo mejor era bajar y dejarlo para otro día, pero no por falta de
coraje, eso que quede muy claro, el miedo a la muerte no existía para él, ya lo
había visto, y no es tan grave, más miedo dan los puños de algunos niños
mayores, como los de Marcos, el hijo del herrero que es capaz de tumbar a tres
niños de un golpe, él ya no tenía miedo a la muerte, repetía ufano, la había
visto, y no era tan grave, cuando murió su abuelo entró en el cuarto donde
estaba el cadáver, tembloroso se aferraba a la mano de su madre, tenía solo
cinco años, pero recordaba hasta el aroma del cuarto, olor a muerto repetía su
padre aun meses después, al ver al anciano como dormido en su cama, el miedo
desapareció, su madre lo cogió en brazos y lo acercó para que le diera un beso,
sobre sus labios sintió el frío de la muerte que había borrado la sonrisa de la
cara del abuelo Nemesio, desde entonces cada vez que encuentra un pájaro caído
en el suelo lo besa antes de certificar su defunción, la muerte es dormir en
frío, pero no da nada de nada de miedo, le había dicho a su amigo Tomasín
cuando enfermó la abuela de este, se lo había dicho una tarde sentados en las
escaleras de la iglesia mientras esperaban a que la hermana del segundo terminará
la confesión.
Siempre tardaba mucho y eso que se
confesaba casi todos los días, algunas veces incluso iba a confesar a la casa
del cura, de noche y todo, era tan buena que pensaba que llegaría a monja e
incluso a santa si se lo proponía de lo guapa que era, no entendía por qué la
gente cuchicheaba a sus espaldas, no comprendía como un ángel como Marisa podía
cometer tantos pecados para confesarse a diario, a veces pensaba que lo único
que hacía era pedir perdón por la gente que hablaba mal de ella, era tan buena,
y tan guapa y olía tan bien.
Pero a Mario no pensaba mucho en
esas cosas, le gustaba aquella casa, siempre pensaba en explorarla, a sus doce
años, era para él una pirámide en medio del desierto, un castillo de los que
aparecían en las novelas atestados de vampiros y hombres lobo, los libros con
los que desde que podía recordar trataba de endulzar sus visitas el farmacéutico,
pocos meses después de enterrar al abuelo Mario cayó enfermo, el boticario era
ya mayor y su hijo hacia de practicante, durante doce largos meses tuvo que
venir una vez por semana a inyectarle la medicina con aquella aguja que tanto
le asustaba, para Él y su culo la enfermedad duró un siglo, sobre todo porque se
vio obligado a pasar más de un año encerrado en casa, mientras los demás niños
jugaban fuera a la pelota o a reventar nidos o cabezas a pedradas contra la
banda del Ramón, Mario reflexionaba sobre la maldita medicina, todo se curaba
por la parte de atrás, o inyecciones o supositorios, si le hubieran dejado
elegir habría utilizado ambos métodos como tortura contra la pandilla del barrio de arriba, la que vivía enfrentada a la
suya desde que el mundo es mundo, su jefe Perico, el hijo menor del herrero era
un monstruo que solo disfrutaba al ver correr la sangre, Mario opinaba que por
sus venas corrían ancestrales y diabólicas estirpes de vampiros, era muy astuto
y hábil, como una vil serpiente, no conocía la piedad ni el perdón, además
siempre iba acompañado de su hermano Marcos que de listo no tenía nada, pero
los músculos le bastaban para esconder la tara genética, y eso que Mario se
podría decir que era un privilegiado, hasta la fecha nunca lo habían pegado,
era intocable, diferente, Él era Mario el cojo, y tras una larga a la sombra merecía
lastima, hasta que un día, sentado junto al alfeizar de su cuarto, observando
el movimiento de unas sombras que se cernían alrededor de las paredes de su
calle, sentado con todo el aburrimiento del mundo, vio llegar a dos amigos de
su banda corriendo como si un demonio los persiguiera, era Marcos con su cara
bobalicona y la baba chorreando de placer, sin pensarlo dos veces agarró el
tirachinas que siempre llevaba escondido entre el calcetín y la bota, recogió
un royo del bolsillo trasero y apuntó, le acertó en medio de la espalda, el
ogro de Marcos se frenó en seco, durante unos segundos no acertó a comprender
desde donde había llegado el proyectil, cuando lo encontró sobre la ventana sus
escasas neuronas vivas ataron cabos, con insolencia mostró el puño cerrado
cargado de odio en señal de venganza, desde ese día supuso que la tregua por su
enfermedad había expirado, aquel puño en alto era una declaración de guerra en
toda regla, y eso en parte incluso le alegró, no obstante cada vez que salía de
casa caminaba deteniéndose en las esquinas, temiendo encontrarse la cara
redonda y sedienta de venganza de Ramón, de eso hacía un par de años pero el
escalofrío no había dejado de sentirlo sobre su nuca.
*******
SEGÚN
Esa tarde en la que todo comenzó
hacía frío, el aborregado gris del cielo amenazaba lluvia, Mario corría todo lo
deprisa que podía, mas temiendo la aparición de Marcos que las cortinas de agua
enfurecidas que se respiraban en las ráfagas racheadas del viento húmedo que
silbaba a sus espaldas, llegó a la entrada de la gran casa y entró sin llamar,
como era costumbre de cualquiera que llegaba a una casa con buenas intenciones,
nada más cruzar el umbral Mario lanzaba un grito a La Vicenta para que esta
supiera que ya había llegado, si no lo hacía o llegaba tarde la mujer se
preocupaba, Mario no sabía si la preocupación venia por cariño o lastima, o las
dos cosas y por eso le regalaba aquellos bocadillos tan buenos, daba igual, la buena
de Vicenta pasaba las tardes cosiendo en la cocina, escuchando los seriales
radiofónicos tan de moda por entonces, el único vinculo que unía a aquellas
gentes humildes con el resto del mundo, que por desconocido se antojaba mucho
más grande que el actual, casi infinito, la buena mujer mataba la vida sentada
junto al fuego del hogar donde calentaba las ollas para fregar la casa y cocinar
las míseras raciones que su viejo cuerpo y el triste estomago de la señorita Mercedes
necesitaban, cuando Mario se enfadaba con su madre imaginaba que era adoptado
por la buitre y que la Vicenta se convertía en su abuela, en las gélidas
jornadas de invierno, sentado bajo el tosco madero que hacía las veces de
repisa de la enorme chimenea y que algún que otro chichón le había obsequiado, era
donde más se disfrutaban los bocadillos de Membrillo, masticando a dos
carrillos mientras escuchaban las desventuras de enamoradas engañadas por
galanes que endulzaban sus mentiras con retóricos adjetivos que hoy las harían
vomitar pero que entonces derretían los suspirantes corazones de actrices y por
ende de chachas, jóvenes casaderas o desencantadas madres de todas las edades,
voces que sonaban idénticas durante los intermedios, al ritmo de cascabeles, bocinas
y panderetas cantaban pegadizas tonadillas rimadas que pregonaban las
maravillas de los patrocinadores, que por entonces se denominaban benefactores,
y que independientemente del producto anunciado sonaban a maravilla mágica o
técnica avanzadísima e importada, cosa que poco importaban a la cabeza y el pie
izquierdo de La Vicenta que no podía remediar seguir el compás, coplas que
después la anciana canturreaba a modo de popurrí mientras pasaba el polvo o la
escoba, dejando escapar por las ventanas engañosos ecos de alegría en aquella
casa cargada de pena.
Al llegar dejó fuera la tormenta y remedando
a su fiel Chispa se sacudió los restos de la anunciada lluvia con temblorosos
contoneos, sobre el acogedor hall percibió un ambiente distinto, mas frio y
pesado de lo habitual, los torpes ruidos del piano que engendraba los dedos de Victoria,
la repipi, no lo recibieron esa tarde, encontró el salón abierto y silencioso, durante
unos eternos segundos aguzó el oído, aquel eco mudo resultaba inquietante, incluso
el eco del repiqueteo nervioso de los zapatos de la señorita Mercedes
recorriendo las baldosas del salón había desaparecido, solo escuchaba la
tempestad que luchaba contra las paredes en el exterior, un tanto confundido se
dejó arrastrar por cortos y titubeantes pasos en dirección al pasillo, un mal
presentimiento inundaba sus pulmones, recuperando el aliento llegó hasta la
cocina, encontró a La Vicenta sentada frente a su señorita que aquella tarde
parecía más blanca de lo habitual, mas pálida que la imagen de la Virgen Dolorosa
de la iglesia, no obstante mucho más fea, al ver al niño las dos mujeres
guardaron silencio, acto seguido como si de migajas de pan se tratara fue descargando
de sus ropas una retahíla de disculpas que solo engañaron a las mujeres, La
Vicenta pidió a Mario que esperase en la entrada, cinco minutos de susurros
incomprensibles más tarde apareció la profesora, cabizbaja y encerrada en su
habitual mutismo, sin dedicarle ni una mirada cubrió sus hombros con un grueso
chal y salió afuera dejando entrar una ráfaga del huracán exterior, mientras
las ramas de las aureolas y las costillas de Adán que adornaban la entrada recuperaban
la verticalidad llegó la sirvienta con un trozo de pan y chocolate, le dijo que
se lo comiera y se marchara, esa tarde no había clase de piano, la señorita
Mercedes tenía asuntos que resolver, le espetó con un aire demasiado frio para
sonar sincero, a Mario no le importunó nada perder su clase, sentado sobre el
banco tipo iglesia intentaba desgranar que se estaba cociendo, conteniéndose
con el chocolate para no terminar comiendo pan solo masticaba con parsimonia
escuchando como la lluvia boxeaba con el empedrado de la calle.
El eco de un virulento trueno llegó
de improviso anunciando el comienzo de la parte seria de la tempestad, menos
mal que seguía a cobijo, las penumbras llegaban a oleadas con tintes bíblicos,
de momento no quedaba otra que esperar, desde la cocina llegaban los acordes
entrecortados de la radio que intentaban abrirse paso en el cielo con la furia
de la tormenta, pensó en acompañar a la Vicenta, pero no tenía ganas, aquella
tarde las rimas entrecortadas no sonaban alegres y menos junto a la preocupada
cara de su abuela postiza, en cambio la sonrisa torcida de los ángeles que
custodiaban la escalera parecían estar invitándole a vivir una aventura en el
piso de arriba, procurando el mayor sigilo decidió atender aquella llamada, era
su oportunidad, desde el cuadro del perros de caza que tanto le gustaba le
pareció recibir el guiño alentador de uno de los cachorros, comenzó a subir
despacio, no por miedo, si no para no ser descubierto, ya arriba recordó el
cuarto de la señorita Mercedes, la puerta estaba abierta, el poco interés que le
suscito en su anterior visita lo decidió a dejarlo pasar, los rayos que
explotaban en el cielo iluminaban con intermitencias desafiantes las paredes
del enorme pasillo de oscuras y cerradas puertas, sobre la derecha tres, la
parte que daba a la calle, al otro costado cinco cuartos que mostraban sus
ventanas al patio, el largo pasillo acababa con un enorme ventanal por donde se
colaban los fogonazos y el ruido de la tempestad que hacia traquetear las
contraventanas como si encerrase un monstruo infernal, junto a este nacía otra escalera, mucho más modesta y
empinada por donde se accedía al desván, tragando bolas de saliva con sabor a
chocolate pegado a los dientes se guardó el miedo en los bolsillos, descubrir
el misterio que permanecía encerrado tras las lúgubres puertas llamándolo con
cantos de sirena pellizcaba su corazón hasta acelerarlo, aguantando la respiración
como quien coge impulso abrió el primer cuarto de su izquierda que suponía
pegado al dormitorio de la señorita Mercedes, estaba muy oscuro, aun así el
olor a polvo lamió su piel como un perfume añejo y místico, los muebles estaban
cubiertos por sabanas pero se adivinaban los contornos de una cama, una cómoda
con un gran espejo, un sillón y una mesa, aquel cuarto no le interesaba, el
crucifijo de madera colgado sobre la cama lo miraba amenazador, parecía decirle
que aquel no era su sitio.
El siguiente cuarto era un calco del
anterior, el mismo olor y los mismos muebles tapados de igual manera, el mismo aliciente,
ninguno, el tercero era un guardarropas, las estanterías estaban repletas de
sabanas y mantas, y algunas maletas que la última vez que viajaron seguramente
aun no existían ni los caminos, también se almacenaban las cortinas finas para
el verano, el olor viejo del alcanfor lo impregnaba todo, aquello carecía de
misterios para el espíritu inquieto de Mario, cruzó el pasillo con la duda de si
aventurarse o no hacia el desván, para ver trastos viejos y amontonados siempre
hay tiempo, espoleado por un nuevo rayo cruzó el pasillo con la intención de
desandar lo avanzado, casi por instinto abrió la puerta del que intuía era el
cuarto mas grande, allí no había camas ni tampoco sabanas que cubrieran los
muebles, aquel no era un dormitorio abandonado, la presencia de muebles
mostraba que allí había vida, dos sofás y un sillón junto al que reposaba una
mesita redonda con una lámpara cuyo cable trenzado se perdía entre los pliegues
de una pesada cortina a juego con el estampado de los muebles, avanzó ocho
pasos, que suponían cuatro para el resto, hasta alcanzar el centro de la
estancia, justo debajo de una lámpara de seis brazos unidos por un circulo que
imitaba un timón de barco, con una palmatoria en cada apéndice y una bombilla
atada por un colgante cable igual de trenzado, al bajar la vista en la pared de
su derecha encontró varias estanterías y armarios que cubrían toda la
superficie hasta formar una ele atestada de libros de todas formas y tamaños,
los más gruesos presentaban sobre el lomo letras doradas y relucientes, el abultado
tamaño informaba a Mario que entre sus páginas no se escondían aquellas novelas
de aventuras que tanto le gustaban.
Un potente y sorpresivo rayo iluminó
la estancia, proyectando sobre el suelo las sombras de los cuernos de un
aterrador ciervo que colgaba de la pared opuesta, no hacía nada de frío, pero a
Mario le castañeteaban los dientes, el trofeo de caza permanecía escoltado por
varios retratos con ropas y miradas antiguas, Mario, embutido en la piel de
detective, presumía para sus adentros que debían ser antepasados de la señorita
Mercedes, el cuadro mayor de todos llamó su atención, un distinguido varón erguido
junto a una señora no menos elegante sentada sobre un enorme sillón de mimbre,
ambos mostraban con énfasis la respetabilidad impuesta en sus rostros, la
imagen parecía captada junto a la chimenea del salón inferior donde recibía sus
clases, la mirada enigmática del caballero se abrió paso entre los destellos de
un nuevo rayo para mirar directamente a los ojos del niño, Mario reconoció el
boniato de nariz tan característico de la familia, el honorable antepasado mostraba
con orgullo una parte de su levita, una dorada cadena salía de su interior
hasta llegar a la mano que acariciaba, más que escondía, un objeto oculto a los
ojos del artista, al sacar pecho parecía estar destacando sobremanera un bordado
a la altura del corazón, como un escudo, un signo que a Mario le resultaba
vagamente familiar, Ж,
en principio pensaba que lo había visto en algún libro o misal de la iglesia,
el cadáver disecado del ciervo no le gustaba, parecía mostrar los dientes de
forma amenazante, como elevando su cornamenta presuntuoso por encima de la
tormenta que repiqueteaba con su furia sobre los cristales, para alejar su
miedo y dejarlo olvidado entre las sombras de los cuernos, se giró
interesándose por los libros, casi todos eran de leyes y el polvo acumulado
encima aseguraba que aburridos, en el centro de la estantería los libros
permanecían protegidos del tiempo tras un fino cristal que soportaban dos
puertas labradas con artísticos rosetones, a Mario le costaba un mundo leer los
títulos bajo una luz tan débil, esperaba el breve segundo en el que un rayo
iluminaba el cuarto para aprovechar los débiles resquicios del resplandor que como
aliados se ofrecían, uno se confabuló con su osadía y brilló con intensidad
sobre el lomo de los que ocupaban el estante inferior, solo fue un segundo pero
ante sus ojos aparecieron los destellos de tres signos parecidos al de la
levita del cuadro, intrigado rogó al cielo que enviara un nuevo relámpago, pero
el cielo estaba sordo, encender la luz estaba completamente descartado, menudo
explorador estaba hecho, no llevaba encima ni una linterna, ni tan siquiera una
mísera cerilla, -un momento-, pensó, cruzó todo el cuarto y regresó bajo los
cuernos del ciervo sin atreverse a desafiarlo con la mirada, sobre la repisa de
la chimenea había observado una palmatoria de cobre, era posible que cerca se
guardaran los fósforos, efectivamente allí estaba la cajita, con largos pasos
atravesó la estancia, encendió una y pudo observar los tres signos, el del
medio era idéntico al del cuadro, tenía que mirar aquel libro, era
imprescindible, una cuestión de vida o muerte, la cristalera estaba bajo llave,
fastidiado recibió un nuevo rayo y el eco lejano de su trueno que anunciaba la
marcha de la tormenta, tras el cristal el libro lanzaba sus destellos con tonos
de burla, desafiantes, aquel tomo se mofaba de él, por un momento pensó en
zanjar aquella cuestión rompiendo el cristal, no le pareció ético, aunque no
estaba seguro de saber que significaba, conocía la palabra de los seriales de
la radio, lo mejor sería marcharse como su aliada la tormenta y esperar otra
oportunidad, ya había tentado demasiado la suerte.
Bajó las escaleras rezando para no
encontrarse con la Vicenta, el transistor continuaba lanzando mensajes rimados
desde la cocina, afuera la lluvia descargaba con menos fuerza, de pie sobre el
último escalón pudo ver como la empapada señorita Mercedes regresaba, ella sí que
tenía aspecto de fantasma, interrogado por que permanecía allí como un
pasmarote, se encogió de hombros y la profesora apostilló a la lluvia como
escusa, acto seguido propuso dar clase y aunque no le apetecía nada no encontró
suficientes fuerzas en su interior para negarse.
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