PRIMERAS PAGINAS SOMBRAS BAJO EL HIELO
Mas sombras, de Mentira
UNA
CALLE DE OTRO TIEMPO I
Alicia se detuvo al final de un estrecho callejón
adoquinado siglos atrás, la luz que anunciaba el mediodía, cegadora sobre la
plaza que acababa de atravesar, parecía esquiva a penetrar en aquella calleja,
como si el astro rey fuera cómplice de un secreto, el musgo crecía mimetizado
en los bajos empedrados que sostenían las fachadas, capas y capas de parásitos reptando
en la umbría que parecían vivir allí desde el comienzo de la eternidad, el
viento arrastraba el eco de un pesado silencio esparciéndolo entre las grietas
que miles de lluvias habían formado entre las piedras, Alicia avanzaba con
pasos lentos, temerosos, como si el suelo fuera de cristal o mejor dicho como anticipando
el ataque de un ser abominable que surgiera de las entrañas de la tierra, con
idéntico temor repasaba los números que a duras penas se sostenían sobre los
pórticos, la penúltima construcción de la banda izquierda parecía haber perdido
la batalla con sus vecinas en cuanto a la originalidad de sus labrados, una
fachada sencilla, especialmente vieja y austera, entre los desconchones provocados
por el paso de siglos apenas destacaba el número 32 que venía buscando, este
saltó a los ojos enmarcado en el abrazo de dos desgastados querubines, pegado a
la pared encima de un raido dintel arqueado, la maciza madera color tabaco de
la puerta, escoltada por un par de columnas, un sucedáneo de capitel dórico, presentaban
excesivas rugosidades y un sinfín de hoyuelos que carcomían los cilindros de
piedra, estos se asomaban a la calle mostrando escasamente la mitad de su
envergadura, como si la pared hubiera fagocitado la otra parte buscando la
perpendicularidad de la fachada, un añadido que había terminado restando
potencia al arco, que alicaído y lacerado ya no sujetaba la entrada, apenas se
sostenía a sí mismo, aquella fachada en su conjunto era una fiel radiografía
del alma de Alicia.
Llamó al mudo timbre, un pedazo de
plástico flotando como una isla entre el mar de piedras desiguales de la pared,
paladeando el saborcillo de la sorpresa entremezclado con el temor de la
desconfianza que se manifestaba con un cosquilleo en sus intestinos, fue entonces
cuando dejó de repiquetear en sus oídos el eco de la conversación mantenida con
su madre un rato antes, nada de anagramas ni anuncios indicaban la presencia de
un banco, ni siquiera algo similar al rústico letrero que un perenne sastre
tenía colgado de dos oxidadas cadenas en la pared de enfrente, donde se podía
imaginar que las ultimas telas que cruzaron aquella puerta llegaron de la
provincia española de Flandes, sesenta segundos de palpitante espera, cuando ya
estaba casi convencida de aceptar la propuesta interior de marcharse, la
vetusta puerta de madera emitió un clic eléctrico y una invisible mano acarició
la manilla desde el interior y tiró de la hoja despintada que Alicia tenía
enquistada en los ojos como un olor, la puerta se fue alejando despacio, como flotando,
cuanto terminó de abrirse apareció la sonriente mirada de un anciano, ralo de
pelo y tez blanquecina donde el sol
apenas si se habría posado en el último lustro, el cuello de la camisa relucía
con destellos almidonados sobresaliendo de un modesto traje gris, como aquellos
que utilizaban los sacerdotes en los primeros años de abandonar la sotana, la
sonrisa no obstante irradiaba una bondad natural que sin duda no provenía de
sus ropas.
-Buenos días, ¿en qué puedo servirle?,
-dijo el hombre acariciando las palabras.
Alicia, petrificada ante la figura que
dulcemente hablaba, solo acertó a mostrar la carta que llevaba en la mano desde
que entró en el callejón, acto que pareció activar la sangre helada de aquel
cuerpo hasta mostrar un leve tono rosáceo sobre las mejillas.
-Pase por favor, sea bienvenida, -dijo
con un ademan de la mano que simulaba una reverencia, -me llamo Ferrer,
Sebastián Ferrer.
Solo cruzar el umbral, Alicia
experimentó la sensación de abandonar el mundo conocido, como si penetrara en
otra dimensión, el suelo de enormes losas componiendo un damero blanco y gris, brillante
e inmaculado, parecía cloroformizar su mirada, de repente Sebastián había
crecido veinte centímetros, las paredes y los blancos techos resultaban
cegadoras bajo la mortecina luz que aun vivía en sus ojos, esta, que a duras
penas entraba de la calle parecía querer advertirla de que la dejaba a su
suerte, una hilera de amarillentas estatuas de piedra, representando guerreros
de la edad media, emergían de las paredes con aspecto amenazante, como si de un
momento a otro fueran a saltar para disputar una sangrienta partida de ajedrez,
Alicia no salía de un asombro para sobresaltarse con otro, buscando con los
ojos muy abiertos un poco de confianza, hasta ahora solo la encontraba
aferrándose con ambas manos a los tirantes del bolso de tela forrado de lana
que colgaba de su hombro derecho, el hombre cerró la puerta, la luz de la calle
se extinguió para hacer aparecer una impresionante araña de miles de cristales
brillantes, colgada del alto techo como un centinela, tan reluciente, que
resultaba intimidante, al fondo se adivinaba un largo y estrecho pasillo cuyo
final aparecía sumido en la penumbra donde no llegaban los destellos de la
lámpara, a la derecha el recibidor se abría para dar paso a otra sala, en ese
momento reparó en el desnivel de un escalón que había entre la calle y el suelo,
y que no recordaba haber traspasado, pero que en definitiva era el culpable del
sorprendente crecimiento del hombre que la había recibido.
-Por favor, acompáñeme si es tan
amable-, ofreció el aspirante a cura repitiendo el ademan con y una voz que
hacía que las palabras salieran mimando el aire entre sus finos labios.
Alicia se dejó conducir en silencio, percibiendo
un escalofrío entre medroso y divertido, exactamente como te sientes antes de
subir a una atracción de feria, la hizo pasar al otro cuarto, este tenía
aspecto de sala de espera o antecámara de consulta médica de alto stand, algo
en su conjunto fallaba, como si hubiera sido encajada a la fuerza en aquel
caserón de otro siglo, un sofá de cuero negro escoltado por dos sillones a
juego colocados en un rincón, a sus pies, presidiendo la sala, un enorme tapiz
con escenas bíblicas ocupando por completo la pared del fondo, eso y una
hermana pequeña de la lámpara de la entrada eran toda la decoración, a la
izquierda una mesa ovalada de enormes proporciones, cuya superficie brillaba
pulimentada con ceras nobles sobre una estructura de hierro, ocho sillas a juego esperaban aburridas con sus respaldos
rozando delicadamente la base, la parca decoración acentuaba el olor a pino
artificial que flotaba en el ambiente, aunque no lograba enmascarar por
completo el aire rancio que desprendían las paredes, tras la mesa otra puerta,
pequeña y acristalada. Aquello parecía cualquier cosa menos un banco, Alicia
tomó asiento en una esquina del sofá mientras Sebastián hacia lo propio sobre
el borde de uno de los sillones, con lentitud, estudiada y precisa, pretendía no ofender con ruidos equívocos el
roce del cuero sobre sus pantalones, una ligera melodía ambiental flotaba por
los rincones del alto y níveo techo aunque Alicia no logró ubicar los
altavoces.
-Dígame señorita, ¿a qué debemos el
honor de su visita?
-La verdad es que tengo la impresión de
estar en el sitio equivocado, buscaba un banco-, contestó paseando la mirada
por la habitación al tiempo que mostraba una picara sonrisa de disculpa.
-¿Por qué ha venido justamente aquí?
Alicia respondió entregando la carta
-He recibido esta extraña felicitación
en la que dice que soy cliente de un banco que según parece está ubicado en
esta dirección, si antes creía que era un error informático, ahora…. –, calló extendiendo
los brazos y mostrando las palmas que sostenían el vacio a su alrededor.
Sebastián, recogió el sobre con la mano
izquierda al tiempo que introducía la otra en el interior de su chaqueta, sacó
unas finas gafas que desplegó con un ágil movimiento de muñeca, tras unos
segundos de tenso silencio, dobló el folio y lo devolvió con movimientos
exquisitos, parecía reflexionar, como si buscara las palabras adecuadas, el
tono dulce no varió ni un ápice.
-No, no se ha equivocado, si me lo
permite, he de solicitarle algún documento acreditativo, es una mera
formalidad-, dijo empleando un tono neutro de justificación y esbozando una
alargada sonrisa que acentuaba las tiernas arrugas que surcaban los pálidos
pómulos.
Alicia, un tanto confundida, rebuscó en
el interior de su viejo bolso forrado, cuyos vivos colores en forma de arco
iris desentonaban entre tanta blancura elegante.
-Muy bien-, dijo Sebastián devolviendo
el DNI., -me alegra gratamente su visita, ¡por fin nos conocemos señorita
Santander!, yo soy el responsable de esta carta, ahora si me disculpa un
momento buscaré su expediente, ¿le apetece tomar alguna cosa, un café, un
refresco quizás?-, dijo dirigiéndose a la puerta acristalada de detrás de la
mesa sin terminar de ofrecer la espalda. La joven negó con la cabeza.
Alicia se quedó sola, dejándose aplastar
por una incómoda sensación, preguntándose cómo demonios había llegado hasta
allí.
MADRID 16 AÑOS ATRÁS
Juan Luis llevaba dos meses lidiando para recuperar una
rutina de la que había intentado escapar durante gran parte de su vida, la
solución se le escurría entre los dedos, las miles de interrogantes que planeaban
a su alrededor habían arraigado en su espíritu como un nuevo apellido, en ese
corto espacio de tiempo tres veces fue abordado por los agentes del C. N. I.,
quienes seguían acechando su rutina sin la cobertura de las sombras,
esquivarlos en soledad no resultaba tan divertido como unos meses antes, si
antes lo pensaba, ahora lo temía, poseer un secreto anhelado ofrece ciertas
ventajas e infinidad de amenazas, justo por esa sospecha los espías necesitaban
plasmar en el papel las preguntas sin respuestas.
En la primera visita de los agentes sintió
sobre sus carnes la furibunda mirada del menudo inspector Padilla, lo abordó alzando
la voz desde el primer instante, despojada del astuto tono paternal del pasado,
en esta ocasión más bien sonaba como un carcelero engañado, sin preocuparse en
ocultar un patente desprecio, sobre el agotado rostro de Juan Luis se perfilaban
el recelo y la opresión que de nuevo imprimían sobre su alma el intimidante
espía, amplificada por la sensación de desamparo que exhalaban las laberínticas
dependencias de “la casa“, fue dejarse caer sobre la incómoda silla y soportar
aluviones de vergüenza almacenada, lanzadas a puñados entre explicitas
amenazas, los nudillos encima de la mesa, presumiendo de las posibilidades de
aquellas nudosas garras, el primer paso no era pues averiguar la verdad, si no
vengar las burlas de compañeros y las explicaciones a las que hubo de
enfrentarse tras el inesperado desenlace sobre la cima del pequeño monte Balear,
con cada palabra las arrugas estrelladas junto a los ojos se hinchaban hasta
acoplarse a su achaparrada estatura, exagerando el amenazador aspecto oriental
de aquel viejo soldado nacido en la costa gaditana, a pesar de que en su voz
las ansias de venganza resultaban palpables, en realidad estaba reconociendo un
fracaso, era como ver la cara oculta de la luna, pensó Juan Luis, un repentino
ataque de sinceridad, atributo que juraría no tenia permitida la entrada en la
sofisticada guarida cavernosa de los servicios secretos.
El periodista era sin duda un molesto
borrón en su impoluto expediente, Juan Luis, agazapado tras la coraza del
silencio, sintió como una tormenta se abatía sobre él, recibiendo oleadas de
desprecio y bravuconadas adornadas de improperios que mostraban añoranzas de
otro régimen, aguantó con estoicismo aquellos rayos que salían por la boca del
inspector y que como una gruta misteriosa no presagiaban un plácido final,
contestando con silencios sospechosos o simples balbuceos monosilábicos,
temiendo en todo momento que los puños fueran el plan B que derogara la cacareada quinta enmienda, afortunadamente todo
quedó en suspenso, al salir de las dependencias de la calle Huidobro, respirar
el gélido aire invernal le supo a libertad, atrás quedaban las dos horas más
largas de su vida, con gran esfuerzo ahogó un vomito nervioso, su orgullo se
restableció con los primeros pasos en busca de un taxi, al subir se permitió
sentir una ligera sensación de triunfo, nadie había mencionado su encuentro en
medio del mar con Francisco.
La
segunda vez que los agentes lo “invitaron” a reunirse, lo abordaron en plena
calle, fueron a parar al fondo de un
concurrido restaurante madrileño, en esta ocasión las intimidantes miradas no
calaron en su espíritu con tanta fuerza, ese día las preguntas demostraron que
Adela también había sido interrogada, el recuerdo, ahora aciago y doloroso de
las voluptuosas líneas de la abogada, actuaron como un escudo plantado en su
mente, logrando, sin proponérselo, desviar a un segundo plano los intereses de
los esbirros de Padilla, preguntas a las que por otro lado no tenía intención
contestar, Adela, siempre Adela, la amargura se apoderó nuevamente de Juan
Luis, tal y como venía sucediendo en los solitarios amaneceres y tristes
ocasos, como la repetición de una ópera bufa, las dudas sobre la ruptura, tan
inesperada como inexplicable, martilleaban su corazón con sentimientos
encontrados.
En pocos días llegarían las navidades
como una engorrosa visita, semanas atrás, con la sangre aún caliente, había
telefoneado con insistencia a Adela, no logró más que huidizas respuestas y
escusas que las cercanas festividades les concedían para posponer el deseado
reencuentro, de nada sirvió la elocuencia de la razón, ambos sabían que continuaban
enamorados, pero el terror al compromiso o a sabe Dios qué, los había separado,
¿Quién demonios entiende a las mujeres?, con aquella coletilla se dormía cada
noche, la distancia cimentó el orgullo suficiente para que ninguno de los dos
bajara la barrera que aparentemente les estaba separando, al final Juan Luis
dejó la ciudad y pasó las fiestas en compañía de su hija a la que por primera
vez en su vida se dedicó en exclusividad, como si pagara una deuda contraída
con el destino, lógico tras una experiencia tan cercana a la muerte como la
vivida en la diminuta montaña mallorquina, una promesa de ajusticiado que la
providencia le había permitido cumplir y que él no osaba desafiar, con la
llegada del nuevo año, resignado, decidió dejar que el tiempo cicatrizara las
heridas.
La
primavera comenzaba a dibujarse con alegres trinos sobre los tejados cuando
llegó la tercera reunión, esta vez de nuevo en el interior de las dependencias
del servicio secreto, concertada por iniciativa propia, Juan Luis se presentó resuelto
a estampar el sello de cerrado en su expediente y borrar esas alargadas sombras
que coartaban su libertad, la audacia que ofrece el paso del tiempo lo
envalentonó en exceso hasta bajar la guardia que otorga el miedo, presa de
encerronas dialécticas, en un par de ocasiones hubo de frenar su desatada
lengua, pero para los viejos lobos de mar como Padilla, acostumbrados a cambiar
el rumbo dependiendo de donde venga la marea, algunos silencios resultan más
cristalinos que las palabras atragantadas, todo se hubiera terminado en cinco
minutos si Juan Luis hubiera confesado el fortuito encuentro con el científico
a bordo del pequeño barco de pesca y la destrucción de las pruebas, la verdad
casi siempre es más sencilla, aunque resulte menos verosímil, pero un fuerte sentimiento
de lealtad lo obligaba a callar, o quizás una pequeña concesión a su vanidad,
ya que aun estando decidido a mantener en secreto la identidad del inventor, y
exponer que solo perseguía que lo dejaran en paz, a punto estuvo de escapársele
que poseía el libro, el cual imaginaba encerraba valiosos secretos, imaginaba,
puesto que aun no se había atrevido a leer, este desde las navidades permanecía
a buen recaudo, conocer sus interioridades era una responsabilidad para la que
a su juicio actualmente nadie estaba preparado, mucho menos él, cuyo único
merito había sido presentar un programa de televisión, que le reportó una
inmerecida fama y mucho dinero, por todo ello había pagado un elevadísimo
precio, había perdido un amor al que gracias a todo lo anterior había
recuperado, sentía un enorme cansancio, era el momento de pasar página y
recuperar su vida, pero no lo consiguió. En una mente abierta a lo increíble,
la sed de aventuras tiene fácil anidar y si además dispones de pistas que
acortan los caminos, ¿Quién es el guapo que se está quieto?
EN LA ACTUALIDAD
Alicia sentía un aire renacido esa mañana, un día más
confiaba que la vida le regalase una jornada completa de satisfacción, una
cuenta que consideraba pendiente de cobro, solo un mes antes había abandonado
el desarraigado cobijo familiar, mas como una huida que como el lógico y necesario
paso para ampliar sus estudios, lo que esperaba encontrar en la capital era
otra cosa, aunque si la hubieran preguntado no sabría que responder, la
realidad le dictaba que tan solo intentaba escapar de las garras de un pasado
atormentado y difuso, interrogar a sus recuerdos era como revivir una pesadilla
pintarrajeada de soledad, un profundo vacio salpicado de brillos intermitentes,
enmarañado como el espacio estelar, bajo la batuta de una madre excesivamente
reservada y un padrastro que no había ejercido de titular más que en contadas
ocasiones, su presencia solo se hacía notar a la hora de los correctivos, una
existencia que no había hecho sino comenzar y sin embargo tenía la sensación de
que había galopado por el tiempo como un desierto que ganaba terreno a una
juventud que se diluía sin poder disfrutar, sin vivir las experiencias que
necesitaría añorar durante el resto de su vida, como último esfuerzo por evitar
aquella desgarradora evidencia, hizo las maletas y se plantó en la universidad
madrileña.
Al dejar caer las bolsas sobre el
polvoriento suelo del piso heredado de su progenitor se topó de bruces con la
realidad, la soledad, el mustio vacio que flotaba en el ambiente se apoderó de
ella con más intensidad que la opresión respiratoria de la que venía escapando,
su padre era para ella un legajo de recuerdos que languidecían enmarcados entre
las páginas de un álbum, compuesto por recortes de prensa y un puñado de
fotografías, solo en una de ellas aparecía una niña, a la que ya no reconocía
ni frente al espejo ni al cerrar los ojos que abren la memoria.
Un elevado porcentaje de textos y pies de foto
se centraban en dos acontecimientos interconectados a la vida de su padre, como
si un hombre no fuera más que sus actos, la espectacular participación en un
singular e histórico programa de televisión y su trágica desaparición, un par
de años más tarde, engullido por las profundidades del polo sur, había muerto
al pie del cañón, cuando trabajaba al frente de una expedición catalogada en su
obituario como misteriosa y que lo único que consiguió fue sumar incógnitas y
sembrar multitud de reproches a un epitafio que a todas luces parecía merecedor
del olvido.
Sin
embargo, el sueño inocente e idílico forjado a lo largo de los años que pasó sitiada
entre las cuatro paredes de su cuarto, poetizó la estampa de un padre
aventurero, imagen que la ayudaba a soportar los sinsabores de una vida exenta
de sobresaltos, refugiarse en los sueños no es la solución más inteligente,
pero merced a su sencillez al menos mitigaba la desesperación de las largas
tardes sin amigos con los que flirtear, o rellenando la ausencia de posibles
mejores amigas con las que poder cotillear durante toda una vida que se
adivinaba triste en el horizonte, cuando bajaba a la altura de la realidad, se
veía prisionera de un trabajo en el que las horas pasan despacio y los años
vuelan, cargando de arrugas la piel y el corazón de una manta de sueños
inconclusos, una niñez sin amigos no puede considerarse como tal, solo un
vecino había obtenido ese título que otorga el roce diario, el calendario había
transcurrido por sus vidas desde el parvulario hasta los cuchicheos de la
adolescencia en el rellano de la escalera, cuando sin ser conscientes de ello,
sus cuerpos habían cambiado a los ojos de los padres y la intimidad de la
habitación suponía un potencial peligro, las herméticas rarezas de Alicia se
aliaron con el sobrepeso y la ausencia de autoestima de Andrés, hasta que los
estudios desviaron sus caminos, se despidieron con sinceras promesas de
mantener el contacto, una llamada a la semana primero y una mensual después,
hasta espaciarse en el tiempo y desembocar en huecas conversaciones de
compromiso al inicio o despedida de las vacaciones, dos vidas, que como un triste
rio, se bifurcaba por afluentes destinados a desembocar en océanos opuestos,
actualmente compartían ciudad pero evitaban respirar el mismo aire, a pesar de
esta y otras ausencias Alicia se levantaba optimista la mayoría de días y
rezaba sin destinatario fijo para que nada enturbiase la noche que invariablemente
recuperaba vacía, en las primeras semanas de universidad, rechazó tantas
invitaciones, que estas desaparecieron tras el titulo de friki con la misma
facilidad que se destierra a un leproso, una bella empollona que no compartía
con el resto más que unas horas de apuntes, Alicia mataba la soledad de los
pasillos escuchando de manera furtiva, atrincherada detrás de un libro
descubría otras vidas tan poco interesantes como la suya.
Esa
tarde, el piso tampoco la recibió con un beso, decepcionada como el cielo gris
que amenazaba empapar la noche, se dejó caer en el sofá, sobre la mesa, que
solo utilizaba para descansar los pies y de este modo descargar parte de la
rabia acumulada, saboreando así la libertad ganada con la ausencia del
padrastro, permanecían a la espera las exiguas pruebas del amor de su madre,
unos cuantos sobres sin abrir junto a una caja de dulces, aparcados allí desde
la única y fugaz visita, con sabor a compromiso, que había recibido, Alicia
posó la vista sobre las cartas con desgana, como demostrando igual interés por
el mensaje que por el mensajero, la caja de mantecados presentaba huellas de
otras tardes aburridas, las migajas se esparcían por la mesa y el suelo junto
al polvo acumulado, un ligero repaso por los rincones constató que la desidia
estaba empezando a superarla, las cartas no le merecían el menor atractivo, no
esperaba poemas de amor y estaba cansada de recibir premios de empresas a las
que no conocía y cuyos productos no necesitaba, invariablemente acababan en la
basura sin abrir.
El recuerdo de su padre revoloteaba
sobre las paredes una vez más, la macilenta fotografía que presidia el salón
aguijoneaba recuerdos que no conocía, en cambio su alma sí necesitaba azúcar,
mandando a freír espárragos la promesa de eliminar las lorzas de muñeca
heredadas de la niñez, introdujo la mano en el interior de la caja, sus dedos
hurgaron el fondo pero no hallaron más que pegajosos restos que se adherían a
las yemas y diminutos granos de azúcar que se colaban entre las uñas, confirmar
que los dulces se habían esfumado la irritó de tal manera, que no midió las
fuerzas y terminó por tirar el plastificado envoltorio por los suelos, y como
manda el amigo Murphy, cayó boca abajo desparramando las migajas y añadiendo
basura, una abúlica mirada al suelo regresó con la certeza de que debía
aprovechar la tarde para la limpieza, con pesadez se levantó para recoger el
estropicio, de un enérgico manotazo, aliviando la frustración que suponía la
falta del dulce néctar, limpió la superficie de la mesa y terminó por desparramar
los sobres.
Esparcidos por el suelo, una sucesión de
anagramas y membretes parecían carcajearse de su torpeza, entre ellos reparó en
el enigmático logo de un banco que persistía en aparecer por su vida dos o tres
veces al año, un pequeño misterio que a falta de otras pruebas atribuía a un
error informático, ¡al menos alguien no había olvidado su cumpleaños!, eso la
recordó que unos días antes había alcanzado los veintiuno, razón por la que
reaparecía el dichoso banco del Sagrado Cáliz de Cristo, quizás por eso no
lanzó el sobre directamente a la basura, recuperó su asiento y lo abrió con la
intención de regalarse una sonrisa.
Estimada señorita Santander, reciba nuestra más cordial
felicitación en un día tan especial, esperando que la compañía y el cariño de
sus seres queridos lo conviertan en una jornada repleta de felicidad.
Así mismo aprovechamos la ocasión para recordarle, que
en aras de mejorar nuestros servicios, y como consecuencia de tan señalada
fecha, resultaría de gran utilidad que se personase en nuestra sucursal de
Toledo para actualizar datos y hacerle entrega de los documentos que como
cliente nuestro necesitará para acceder a su cuenta.
Sin
otro particular reciba un saludo.
Sebastián Ferrer Ferrer
Director
Perpleja, con la mirada clavada en el
membrete que parecía perforar sus sienes como una serpiente, repasó sus vivos
colores, un brillante amarillo y azul turquesa bordeando la imitación de un
escudo heráldico, encerrando en el centro el dichoso cáliz dorado con un
sangrante corazón destellante suspendido sobre la boca de la copa, encerrado en
una vitola de un fuerte verde, un lema en latín, (versus, fides, securitas)
remataba el logo, sus confundidos ojos color miel intentaban traspasar el
papel, sondear aquella incógnita, hasta ahora había ido recibiendo
felicitaciones estándar que le recordaban las navidades o su cumpleaños, era la
primera vez que la titulaban como cliente, se hacía necesario indagar mas
exhaustivamente en la red, un vago recuerdo, como un deja-ve, regresó
abriéndose paso, decidida se levantó, alegre y picara retó al suelo de manera
soslayada, consciente de que de nuevo se aplazaba la limpieza, se limitó a
recoger la caja vacía y arrastrar con el pie las migajas que quedaron
depositadas bajo el sofá hasta mejor ocasión.
La página web del banco logró aclarar
solo una duda, ya había estado allí, una foto del logo a pantalla completa
servía de fondo a unos globos con sus servicios y las distintas direcciones, la
aludida sede de Toledo ostentaba el pomposo honor de ser la más antigua de las tres sucursales que la filial romana
dispersaba por la península, otra en Zaragoza y la tercera en Lisboa, dedicado
exclusivamente a las inversiones bursátiles y al recaudo de bienes materiales
en sus “súper protegidas y discretas cajas de seguridad”, información que acabó
confirmando que no podía ser otra cosa que un error, la web resultaba tan
sobria, que ni siquiera disponía de enlaces para que sus clientes pudieran
acceder al interior de sus cuentas, era pues publicidad pura y dura, sin fotos
ni teléfonos de contactos, solo sus direcciones postales y los engominados
apellidos de sus consejos directivos.
Al igual que otras tantas cosas en su vida, este
pequeño misterio quedaría arrinconado hasta mejor ocasión, algo semejante a lo que
hacía con las oportunidades que se le presentaban para entablar relación con
futuribles mejores amigas o conocer a posibles ex maridos con los que cruzaba