El elegido, un milagro prefabricado

http://mcoboslechon.blogspot.com.es/

domingo, 27 de abril de 2014


                        Cuatro Pontífices y un pobre

Hoy han sido elevado a los altares dos nuevos santos, las calles de Roma han sufrido el desembarco de al menos un millón de peregrinos, alegres y orgullosos, agradecidos a la providencia que les ha permitido acudir al epicentro de la fe católica y sentir de primera línea un sentimiento de alegría idéntico al de otros muchos millones que han dejado en sus lugares de origen, y todo eso está muy bien, hay que creer en algo y al mismo tiempo sentirse orgulloso por ello, en eso precisamente consiste la libertad, no seré yo quien les censure.

Los homenajes a las buenas personas siempre me parecen bien, un reconocimiento en vida es siempre bienvenido, póstumamente resulta alentador, cuando se hacen buscando réditos no tanto, elevar a los altares a los tuyos es como mínimo indicio de prevaricación, cuando esto se produce en pleno siglo XXI, decepcionante, y si encima hipnotizamos la buena fe de millones de fieles con el boato y la supuesta transcendencia histórica del momento, es utilizar el poder para subyugar a las masas, cuatro Papas, ciento cincuenta cardenales, mas de mil obispos, siete millones de euros de gasto, dos mil millones de telespectadores y luego cuando un pobre padre de familia, muerto de vergüenza necesita mendigar un kilo de arroz, necesita diez instancias para acreditar que está en la más absoluta pobreza, ¿Y este Papa era un aire nuevo?, que tristeza, por cosas como estas estoy convencido de que Jesús prefiere mirar hacia otro lado, si decidiera abrir sus oídos a los verdaderos lamentos del mundo regresaría con los ojos encendidos de rabia, entraría en el Vaticano y como en el pasaje de Sn. Jn. II 13-22 les azotaría y perseguiría hasta verlos abandonar Italia remando.
Y luego algunos sacerdotes pretenden que me retracte por haber escrito EL ELEGIDO, Un milagro prefabricado, ¡ay Dios mío!, con todo lo que confío en el ser humano y que difícil me lo estás poniendo.

M Cobos Lechón 27 abr. 14




               A     JAVIER  RUIZ TABOADA

Con cien ironías por folio

No rompe las ondas, las llena, 
tergiversando el sentido de la prosa, 
que fluye, que acaricia, que versa.

Como un vil encantador de serpientes o doblador de cucharas de aire decimonónico, pretende regalar una sonrisa y poner seriedad, o un punto de inflexión, o sin otra razón, que su propia reflexión, lo que sin razón o porque le llama la atención, algo de este mundo repleto de ufanos, igual ensalza a menganos que se ríe de veganos, sabedor de que la mejor cura a las desdichas de los mundanos es una sonrisa perversa, con esta intención escribe y recita su reverso al que si no pone moraleja la audiencia no aleja.
Un reverso maleable que torna permeable las desgracias, una ductilidad perversa de maestro que engrandece la palabra, de un artista sin espejo, que si es necesaria la rima pone conejo donde debería decir pendejo, porque ofender no entra en sus dichos, aunque esté hablando de los bichos que pululan por España, sinvergüenzas de toda calaña, a los que pocas veces hace mención, para engañar a su corazón, “para eso ya están los demás”, yo trato de alegrar el alma, esa parece ser su campaña.
Y para ir terminando, no puedo hacerlo de otra manera, que alabando al personaje, aunque a Él, ni le guste, ni lo necesite, ni lo quiera, aunque es justo que reconozcamos que si bien todos somos humanos, La ironía de este sujeto, o el colmo o como queramos llamarlo, es cómo se gana el pan, intentando poner seriedad en una jaula de grillos de sabios del balón, algo osado sin duda, sobre todo por quien asegura, no conocer ni las medidas, ni la historia o sin saber lo que detrás de la pelotita cuesta correr, o de no haber probado las mieles del éxito de tan afamado deporte, recreándose en cuestiones más filosóficas, como el corte de mangas, los latiguillos o lo reproches,  al césped, al trencilla o a los postes, o poniendo una sonrisa entre los serios de la economía, o engañando al presente con aires de otro tiempo, más cercanas a canciones de piratas o rimas del gran sevillano, al que si ahora cogemos de la mano y con gran respeto parodiamos.

¿Qué es ironía?,
 ¿y tú me lo preguntas?,
 ironía eres. ………….. Taboada.


M Cobos Lechón.

sábado, 19 de abril de 2014

a Don Gabriél García Márquez





Gracias a Gabo, a Gabito y por supuesto a Don Gabriel, muchas gracias a los tres, allá en las alturas, donde no se habla pero aun se escucha le envió mi mensaje, le diría tantas cosas que ya habrá escuchado que siento que no merece la pena, le diré eso sí, que justo cuando su pluma terminó de `parir` Cien años de soledad mi madre me parió a mí, desde aquellos días en los que estaba permitido soñar y vivir rodeado de mundos mágicos sus líneas maestras han acompañado mis fantasías y encendido mis anhelos, Mi madre me pidió que le acompañara a vender la casa, había llegado a Barranquilla esa mañana desde el pueblo distante donde vivía la familia. Muchos años después frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.  Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados, el doctor Juvenal Urbino lo percibió desde que entró en la casa todavía en penumbras, adonde había acudido de urgencias a ocuparse de un caso que para él había dejado de ser urgente desde hacía muchos años.

 ¿ Y hasta cuándo cree usted que podemos seguir en este ir y venir del carajo?---Le preguntó,
Florentino Ariza tenía la respuesta preparada desde hacía cincuenta y tres años, siete meses y once días con sus noches,

----toda la vida—dijo.

Sin embargo antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) serían arrasados por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos y que todo lo escrito en ellos era irrepetible, desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

Me permití apenas el tiempo para pensarlo otra vez antes de echar la carta a las dos de la madrugada en el buzón del desolado aeropuerto de Montego Bay, ya era viernes. El jueves de la semana siguiente cuando entré en el hotel de Ginebra, al cabo de otra jornada inútil de desacuerdos internacionales, encontré la carta de respuesta.

Asi empiezan y terminan “Vivir para contarla”, “Cien años de soledad” y “El amor en los tiempos del cólera”, afortunadamente el maestro no era perfecto, era humano, nada sobre la tierra desaparece de manera permanente y ninguna estirpe de lectores estará condenada a cien años de ceguera, el futuro de sus líneas apenas comienza, mientras sobre la tierra aparezcan Buendías, Arizas, Garcías, Cobos y demás estirpes de soñadores, el presente y futuro de las letras estará asegurado, no se me ocurre mejor homenaje que leer e invitar a leer sus obras maestras.


Todos tenemos una segunda oportunidad, Gracias don Gabriel y perdone el sufijo "mente"

viernes, 18 de abril de 2014


(Extracto de las memorias de Santiago I)

Algunos creen en Dios por miedo, otros por darle sentido a la vida, o empíricamente lo convierten en el eslabón perdido de la ciencia, o simplemente lo utilizan de diana cuando las cosas van mal, los que no se atreven a ofenderle lanzan sus puyas a la rueda de la fortuna, personalmente creo en el hombre, su capacidad de adaptación, de superación, de compromiso, es un don divino, sin embargo la fe debe tener algo más, enriquece a sus poseedores, quienes la encuentran hacen de ella su oxigeno, es el agua para lavarse y para beber, la manta para el invierno, la energía para el movimiento, ver como una persona o un colectivo dedica su vida a Dios o a una causa justa resulta admirable solo si se conducen por la senda que tu consideras apropiada, de lo contrario los tachas de hipócritas, con o sin hipocresía los religiosos viven convencidos de que hacen lo correcto, amparándose en una o dos frases de la biblia que sostiene el mensaje que pretenden dar a conocer se crean sectas, el dichoso libro es el escudo ideal para encajar ideas comprometidas, otros se cierran en banda contra la Iglesia o contra un partido político o país por principios, es un monumental error, los prejuicios, en especial los ideológicos, no atienden a razones, con esta historia no pretendo atacar a la Iglesia de Roma, en todo caso atacaré el ilógico inmovilismo que practica en cuestiones de dogma, ya que no solo amenaza con su destrucción, si no con la desaparición de unas ideas lanzadas hace dos mil años y que sus garantes se han ocupado de oscurecer, es posible que mis ideas sean fácilmente rebatibles, solo me he dejado guiar por el sentido común, dejándome arrastrar por unos valores que inculcaron a un hijo imperfecto unos padres imperfectos, porque a mi modo de ver este mundo no sabe lo que es la perfección, ni la necesita, y si embargo si alguien me pregunta la razón por la que creo, en seguida te hablaré de estas últimas personas, pero en particular pensaré en mi padre.


               Siendo niño, la región en la que vivíamos sufría una terrible y prolongada sequia, catalogada de pertinaz no podía achacarse ni a la perfidia masónica extranjera ni por supuesto al cielo protector del que los españoles éramos su avanzadilla, los famosos pantanos bostezaban aburridos sin agua que echarse a las acequias, a día de hoy sabemos que todo era producto de un ciclo climático que nada tiene que ver con Dios, pero para un niño el poder del creador está más cerca que las isobaras del parte meteorológico del Medina de turno, con la sequia el invierno aparece en el horizonte con las fauces del hambre, vivir en un pequeño pueblo agrícola, donde la rentabilidad la marca el color de las nubes, marca carácter, resulta fácil implorar al dueño del cielo, la fe de mi padre por su Dios todopoderoso estaba concentrada en una imagen del Cristo de la Victoria de su pueblo natal, a sesenta km de nuestra casa, en aquellos años esa distancia suponía casi dos horas cabalgando en un destartalado Citroën dos caballos, una talla de madera, de un sangrante Jesús coronado de espinas que sostiene su dolor abrazado a la cruz, era y es venerada en toda la comarca con mayor pasión que los colores de las banderas nacionales que han ondeado a su lado los últimos cinco siglos, la sagrada escultura sale a la calle cada cien años, el lamento de los sedientos campos empujo a fieles y agnósticos a rogar para que intercediera por ellos y acabara con la obstinada aridez, en el pueblo se formó una gran fiesta, hacia casi cincuenta años que la imagen no traspasaba el umbral del monasterio, bajo un abrasador sol de media tarde, independientemente del grado de creencia, miles de personas abarrotaron las estrechas calles por las que a hombros de lacrimógenos mocetones pasearían en andas al venerado Cristo, los afortunados que prestaron su hombro recordarían aquella fecha pasara lo que pasara, pocos viven dicho privilegio si sale una vez cada siglo, la multitud nos rodeaba de manera asfixiante y con mis pocos años quería guardar en mi retina todo lo desconocido e incomprensible que estaba sucediendo, las mujeres, cubiertas de velos y pasión rezaban a su paso clavándose el empedrado en las rodillas, los hombres lanzaban vítores y plegarias, estirándose las camisas con mayor convicción que ante un juez que decidiera su futuro, no así mi padre, un hombre tímido y serio, orgulloso de la hipoteca de añoranza que aquellas tierras le transmitían y la devoción por aquel Cristo que le forjaron el corazón, miraba henchido de orgullo, agarrando con una mano a cada uno de sus hijos como si fueran dos polos eléctricos que lo anclaban a la tierra para no levitar, estampa que mi recuerdo terminó pincelando con un campo magnético entre los pocos metros que separaban la visión de sus lagrimas y el halo celestial que la imagen desprendía, emocionado balbuceaba más que respiraba, con la voz entrecortada e hiposa nos pedía que la mirásemos, para transmitir y hacernos sentir toda la grandeza del privilegio que estábamos viviendo, era la segunda vez en mi vida que presenciaba las lagrimas de mi padre, las otras, un par de años antes, no me extrañaron, acababa de morir mi abuela, pero, ¿que podía motivar que un hombre hecho y derecho, que hubo de asomarse a la vida en los rescoldos de una guerra entre hermanos, curtido por tanto en los sinsabores de la pobreza, llorase al paso de un pedazo de madera? un triste pedazo de árbol, que por medio de unas herramientas en las manos de un artesano y unas capas de barniz se convierte en la figura central de la historia de un pueblo, ¿Qué tienen de especial unos palos ensamblados por los que un país es capaz de dar la vida?. No lo entendía.
               La imagen pasó de largo arrastrando el misticismo arremolinado en aquella calleja, mi hermano lloraba harto de pisotones, mi padre, al igual que otros, guardaba sus emociones en el bolsillo en forma de pañuelo mojado, yo en cambio escaneaba la espalda del Cristo intentando averiguar de dónde emanaba su poder, no acerté más que a fijarme en su desigual bamboleo producto del empedrado antes de desaparecer al doblar la esquina.



               Esa noche, en el silencioso viaje de regreso, mis ojos maldecían las brillantes estrellas donde la imaginación infantil busca sus sueños, un cielo especialmente luminoso parecía burlarse de mi tras del ajado cristal, pocas veces lo he visto tan despejado, ya en casa, a la hora de ir a la cama, el cielo comenzaba a vetearse de grises, acostado, repasando las sensaciones del día comencé a sentir el repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, no puedo asegurar si duró un minuto o una hora, pero aquel sonido me descubrió, que si hay algo en esta tierra, capaz de  convocar a miles de desconocidos y unirlos en una plegaria que llene el cielo de nubes o hacer llorar a un hombre al paso de una representación de madera, no cabe duda de que ha de existir algo, de lo contrario este mundo se sustenta en la mentira más grande jamás inventada.

jueves, 17 de abril de 2014


Partida de ajedrez en Ucrania

De guerra fría a tibia y ahora patata caliente, en horno ajeno
Cuando durante décadas nos hicieron creer que la bicha era el comunismo y no el secuestrado pueblo ruso, y ahora nos despertamos con una realidad que creíamos enterrada, no era ni es una guerra entre el capitalismo y libertad contra imperialismo nostálgico de haber quien la tiene más grande, tampoco se persigue la equidad, ¿Dónde está el liderazgo?, aquellos lideres de película, enérgicos, que imaginábamos hablaban por teléfono, (rojo), con una mano sujetando el aparato a pocos centímetros de la oreja y la otra suspendida sobre un botón con forma de seta, (roja), y hoy, donde las guerras frías son tele-transmitidas, las que creíamos congeladas, está claro transcurrían latentemente tibias, hoy borbotean en una olla a presión donde la mayoría de medios empuja para que salte la pesa, una olla colocada en un escenario nuevo por viejos protagonistas, rescatando una partida inconclusa, a un lado de la mesa un alumno de las temidas siglas que espiaban en nombre de la bicha, hace palidecer de rubor al mismísimo Napoleón con su estrategia de guerrillas, infiltradas, tal y como aprendió y como posiblemente vivió antes de abrazar una democracia en la que nunca ha creído, al otro lado, con las fichas negras que pretendían demostrar que este era por fin un escenario avanzado, un mundo civilizado y sin prejuicios, el otrora garante de la libertad, el despilfarrador de la ilusión, al que por estas latitudes se vendió como compañero planetario del otro adalid del buenismo , un  díscolo alumno del otro gran despilfarrador de ilusiones patrias, su predecesor en la rosa de la Moncloa, para que luego no digan que la historia es un bucle de despropósitos, juegan con el timorato y ventajista apoyo de unos aliados que miran hacia otro lado, más parece buscar el momento propicio para poner la zancadilla,  los de la gaviota, aquí y en la UE se excusan con que bastante tienen con lo suyo, que si abrimos la boca lo ahorrado se nos va en combustible y los desaforados recortes no habrán echo si no empezar, y ahora que hay que votar no podemos, es que no podemos oiga, personalmente me gustaría que personajes humanos y cercanos que irrumpieron con olores de cambio y esperanza actuasen de mediador, pero ya conocemos la relevancia del vaticano, nula.
Me temo que las blancas ganan.

sábado, 12 de abril de 2014



PRIMERAS PAGINAS SOMBRAS BAJO EL HIELO

 




Mas sombras, de Mentira














 



                        UNA CALLE DE OTRO TIEMPO I



Alicia se detuvo al final de un estrecho callejón adoquinado siglos atrás, la luz que anunciaba el mediodía, cegadora sobre la plaza que acababa de atravesar, parecía esquiva a penetrar en aquella calleja, como si el astro rey fuera cómplice de un secreto, el musgo crecía mimetizado en los bajos empedrados que sostenían las fachadas, capas y capas de parásitos reptando en la umbría que parecían vivir allí desde el comienzo de la eternidad, el viento arrastraba el eco de un pesado silencio esparciéndolo entre las grietas que miles de lluvias habían formado entre las piedras, Alicia avanzaba con pasos lentos, temerosos, como si el suelo fuera de cristal o mejor dicho como anticipando el ataque de un ser abominable que surgiera de las entrañas de la tierra, con idéntico temor repasaba los números que a duras penas se sostenían sobre los pórticos, la penúltima construcción de la banda izquierda parecía haber perdido la batalla con sus vecinas en cuanto a la originalidad de sus labrados, una fachada sencilla, especialmente vieja y austera, entre los desconchones provocados por el paso de siglos apenas destacaba el número 32 que venía buscando, este saltó a los ojos enmarcado en el abrazo de dos desgastados querubines, pegado a la pared encima de un raido dintel arqueado, la maciza madera color tabaco de la puerta, escoltada por un par de columnas, un sucedáneo de capitel dórico, presentaban excesivas rugosidades y un sinfín de hoyuelos que carcomían los cilindros de piedra, estos se asomaban a la calle mostrando escasamente la mitad de su envergadura, como si la pared hubiera fagocitado la otra parte buscando la perpendicularidad de la fachada, un añadido que había terminado restando potencia al arco, que alicaído y lacerado ya no sujetaba la entrada, apenas se sostenía a sí mismo, aquella fachada en su conjunto era una fiel radiografía del alma de Alicia.
Llamó al mudo timbre, un pedazo de plástico flotando como una isla entre el mar de piedras desiguales de la pared, paladeando el saborcillo de la sorpresa entremezclado con el temor de la desconfianza que se manifestaba con un cosquilleo en sus intestinos, fue entonces cuando dejó de repiquetear en sus oídos el eco de la conversación mantenida con su madre un rato antes, nada de anagramas ni anuncios indicaban la presencia de un banco, ni siquiera algo similar al rústico letrero que un perenne sastre tenía colgado de dos oxidadas cadenas en la pared de enfrente, donde se podía imaginar que las ultimas telas que cruzaron aquella puerta llegaron de la provincia española de Flandes, sesenta segundos de palpitante espera, cuando ya estaba casi convencida de aceptar la propuesta interior de marcharse, la vetusta puerta de madera emitió un clic eléctrico y una invisible mano acarició la manilla desde el interior y tiró de la hoja despintada que Alicia tenía enquistada en los ojos como un olor, la puerta se fue alejando despacio, como flotando, cuanto terminó de abrirse apareció la sonriente mirada de un anciano, ralo de pelo y  tez blanquecina donde el sol apenas si se habría posado en el último lustro, el cuello de la camisa relucía con destellos almidonados sobresaliendo de un modesto traje gris, como aquellos que utilizaban los sacerdotes en los primeros años de abandonar la sotana, la sonrisa no obstante irradiaba una bondad natural que sin duda no provenía de sus ropas.
-Buenos días, ¿en qué puedo servirle?, -dijo el hombre acariciando las palabras.
Alicia, petrificada ante la figura que dulcemente hablaba, solo acertó a mostrar la carta que llevaba en la mano desde que entró en el callejón, acto que pareció activar la sangre helada de aquel cuerpo hasta mostrar un leve tono rosáceo sobre las mejillas.
-Pase por favor, sea bienvenida, -dijo con un ademan de la mano que simulaba una reverencia, -me llamo Ferrer, Sebastián Ferrer.
Solo cruzar el umbral, Alicia experimentó la sensación de abandonar el mundo conocido, como si penetrara en otra dimensión, el suelo de enormes losas componiendo un damero blanco y gris, brillante e inmaculado, parecía cloroformizar su mirada, de repente Sebastián había crecido veinte centímetros, las paredes y los blancos techos resultaban cegadoras bajo la mortecina luz que aun vivía en sus ojos, esta, que a duras penas entraba de la calle parecía querer advertirla de que la dejaba a su suerte, una hilera de amarillentas estatuas de piedra, representando guerreros de la edad media, emergían de las paredes con aspecto amenazante, como si de un momento a otro fueran a saltar para disputar una sangrienta partida de ajedrez, Alicia no salía de un asombro para sobresaltarse con otro, buscando con los ojos muy abiertos un poco de confianza, hasta ahora solo la encontraba aferrándose con ambas manos a los tirantes del bolso de tela forrado de lana que colgaba de su hombro derecho, el hombre cerró la puerta, la luz de la calle se extinguió para hacer aparecer una impresionante araña de miles de cristales brillantes, colgada del alto techo como un centinela, tan reluciente, que resultaba intimidante, al fondo se adivinaba un largo y estrecho pasillo cuyo final aparecía sumido en la penumbra donde no llegaban los destellos de la lámpara, a la derecha el recibidor se abría para dar paso a otra sala, en ese momento reparó en el desnivel de un escalón que había entre la calle y el suelo, y que no recordaba haber traspasado, pero que en definitiva era el culpable del sorprendente crecimiento del hombre que la había recibido.
-Por favor, acompáñeme si es tan amable-, ofreció el aspirante a cura repitiendo el ademan con y una voz que hacía que las palabras salieran mimando el aire entre sus finos labios.
Alicia se dejó conducir en silencio, percibiendo un escalofrío entre medroso y divertido, exactamente como te sientes antes de subir a una atracción de feria, la hizo pasar al otro cuarto, este tenía aspecto de sala de espera o antecámara de consulta médica de alto stand, algo en su conjunto fallaba, como si hubiera sido encajada a la fuerza en aquel caserón de otro siglo, un sofá de cuero negro escoltado por dos sillones a juego colocados en un rincón, a sus pies, presidiendo la sala, un enorme tapiz con escenas bíblicas ocupando por completo la pared del fondo, eso y una hermana pequeña de la lámpara de la entrada eran toda la decoración, a la izquierda una mesa ovalada de enormes proporciones, cuya superficie brillaba pulimentada con ceras nobles sobre una estructura de hierro, ocho sillas  a juego esperaban aburridas con sus respaldos rozando delicadamente la base, la parca decoración acentuaba el olor a pino artificial que flotaba en el ambiente, aunque no lograba enmascarar por completo el aire rancio que desprendían las paredes, tras la mesa otra puerta, pequeña y acristalada. Aquello parecía cualquier cosa menos un banco, Alicia tomó asiento en una esquina del sofá mientras Sebastián hacia lo propio sobre el borde de uno de los sillones, con lentitud, estudiada y precisa,  pretendía no ofender con ruidos equívocos el roce del cuero sobre sus pantalones, una ligera melodía ambiental flotaba por los rincones del alto y níveo techo aunque Alicia no logró ubicar los altavoces.
-Dígame señorita, ¿a qué debemos el honor de su visita?
-La verdad es que tengo la impresión de estar en el sitio equivocado, buscaba un banco-, contestó paseando la mirada por la habitación al tiempo que mostraba una picara sonrisa de disculpa.
-¿Por qué ha venido justamente aquí?
Alicia respondió entregando la carta
-He recibido esta extraña felicitación en la que dice que soy cliente de un banco que según parece está ubicado en esta dirección, si antes creía que era un error informático, ahora…. –, calló extendiendo los brazos y mostrando las palmas que sostenían el vacio a su alrededor. 
Sebastián, recogió el sobre con la mano izquierda al tiempo que introducía la otra en el interior de su chaqueta, sacó unas finas gafas que desplegó con un ágil movimiento de muñeca, tras unos segundos de tenso silencio, dobló el folio y lo devolvió con movimientos exquisitos, parecía reflexionar, como si buscara las palabras adecuadas, el tono dulce no varió ni un ápice.
-No, no se ha equivocado, si me lo permite, he de solicitarle algún documento acreditativo, es una mera formalidad-, dijo empleando un tono neutro de justificación y esbozando una alargada sonrisa que acentuaba las tiernas arrugas que surcaban los pálidos pómulos.
Alicia, un tanto confundida, rebuscó en el interior de su viejo bolso forrado, cuyos vivos colores en forma de arco iris desentonaban entre tanta blancura elegante.
-Muy bien-, dijo Sebastián devolviendo el DNI., -me alegra gratamente su visita, ¡por fin nos conocemos señorita Santander!, yo soy el responsable de esta carta, ahora si me disculpa un momento buscaré su expediente, ¿le apetece tomar alguna cosa, un café, un refresco quizás?-, dijo dirigiéndose a la puerta acristalada de detrás de la mesa sin terminar de ofrecer la espalda. La joven negó con la cabeza.
Alicia se quedó sola, dejándose aplastar por una incómoda sensación, preguntándose cómo demonios había llegado hasta allí.















MADRID 16 AÑOS ATRÁS



Juan Luis llevaba dos meses lidiando para recuperar una rutina de la que había intentado escapar durante gran parte de su vida, la solución se le escurría entre los dedos, las miles de interrogantes que planeaban a su alrededor habían arraigado en su espíritu como un nuevo apellido, en ese corto espacio de tiempo tres veces fue abordado por los agentes del C. N. I., quienes seguían acechando su rutina sin la cobertura de las sombras, esquivarlos en soledad no resultaba tan divertido como unos meses antes, si antes lo pensaba, ahora lo temía, poseer un secreto anhelado ofrece ciertas ventajas e infinidad de amenazas, justo por esa sospecha los espías necesitaban plasmar en el papel las preguntas sin respuestas.               
En la primera visita de los agentes sintió sobre sus carnes la furibunda mirada del menudo inspector Padilla, lo abordó alzando la voz desde el primer instante, despojada del astuto tono paternal del pasado, en esta ocasión más bien sonaba como un carcelero engañado, sin preocuparse en ocultar un patente desprecio, sobre el agotado rostro de Juan Luis se perfilaban el recelo y la opresión que de nuevo imprimían sobre su alma el intimidante espía, amplificada por la sensación de desamparo que exhalaban las laberínticas dependencias de “la casa“, fue dejarse caer sobre la incómoda silla y soportar aluviones de vergüenza almacenada, lanzadas a puñados entre explicitas amenazas, los nudillos encima de la mesa, presumiendo de las posibilidades de aquellas nudosas garras, el primer paso no era pues averiguar la verdad, si no vengar las burlas de compañeros y las explicaciones a las que hubo de enfrentarse tras el inesperado desenlace sobre la cima del pequeño monte Balear, con cada palabra las arrugas estrelladas junto a los ojos se hinchaban hasta acoplarse a su achaparrada estatura, exagerando el amenazador aspecto oriental de aquel viejo soldado nacido en la costa gaditana, a pesar de que en su voz las ansias de venganza resultaban palpables, en realidad estaba reconociendo un fracaso, era como ver la cara oculta de la luna, pensó Juan Luis, un repentino ataque de sinceridad, atributo que juraría no tenia permitida la entrada en la sofisticada guarida cavernosa de los servicios secretos.
El periodista era sin duda un molesto borrón en su impoluto expediente, Juan Luis, agazapado tras la coraza del silencio, sintió como una tormenta se abatía sobre él, recibiendo oleadas de desprecio y bravuconadas adornadas de improperios que mostraban añoranzas de otro régimen, aguantó con estoicismo aquellos rayos que salían por la boca del inspector y que como una gruta misteriosa no presagiaban un plácido final, contestando con silencios sospechosos o simples balbuceos monosilábicos, temiendo en todo momento que los puños fueran el plan B que derogara  la cacareada quinta enmienda, afortunadamente todo quedó en suspenso, al salir de las dependencias de la calle Huidobro, respirar el gélido aire invernal le supo a libertad, atrás quedaban las dos horas más largas de su vida, con gran esfuerzo ahogó un vomito nervioso, su orgullo se restableció con los primeros pasos en busca de un taxi, al subir se permitió sentir una ligera sensación de triunfo, nadie había mencionado su encuentro en medio del mar con Francisco.
               La segunda vez que los agentes lo “invitaron” a reunirse, lo abordaron en plena calle,  fueron a parar al fondo de un concurrido restaurante madrileño, en esta ocasión las intimidantes miradas no calaron en su espíritu con tanta fuerza, ese día las preguntas demostraron que Adela también había sido interrogada, el recuerdo, ahora aciago y doloroso de las voluptuosas líneas de la abogada, actuaron como un escudo plantado en su mente, logrando, sin proponérselo, desviar a un segundo plano los intereses de los esbirros de Padilla, preguntas a las que por otro lado no tenía intención contestar, Adela, siempre Adela, la amargura se apoderó nuevamente de Juan Luis, tal y como venía sucediendo en los solitarios amaneceres y tristes ocasos, como la repetición de una ópera bufa, las dudas sobre la ruptura, tan inesperada como inexplicable, martilleaban su corazón con sentimientos encontrados.
En pocos días llegarían las navidades como una engorrosa visita, semanas atrás, con la sangre aún caliente, había telefoneado con insistencia a Adela, no logró más que huidizas respuestas y escusas que las cercanas festividades les concedían para posponer el deseado reencuentro, de nada sirvió la elocuencia de la razón, ambos sabían que continuaban enamorados, pero el terror al compromiso o a sabe Dios qué, los había separado, ¿Quién demonios entiende a las mujeres?, con aquella coletilla se dormía cada noche, la distancia cimentó el orgullo suficiente para que ninguno de los dos bajara la barrera que aparentemente les estaba separando, al final Juan Luis dejó la ciudad y pasó las fiestas en compañía de su hija a la que por primera vez en su vida se dedicó en exclusividad, como si pagara una deuda contraída con el destino, lógico tras una experiencia tan cercana a la muerte como la vivida en la diminuta montaña mallorquina, una promesa de ajusticiado que la providencia le había permitido cumplir y que él no osaba desafiar, con la llegada del nuevo año, resignado, decidió dejar que el tiempo cicatrizara las heridas.
               La primavera comenzaba a dibujarse con alegres trinos sobre los tejados cuando llegó la tercera reunión, esta vez de nuevo en el interior de las dependencias del servicio secreto, concertada por iniciativa propia, Juan Luis se presentó resuelto a estampar el sello de cerrado en su expediente y borrar esas alargadas sombras que coartaban su libertad, la audacia que ofrece el paso del tiempo lo envalentonó en exceso hasta bajar la guardia que otorga el miedo, presa de encerronas dialécticas, en un par de ocasiones hubo de frenar su desatada lengua, pero para los viejos lobos de mar como Padilla, acostumbrados a cambiar el rumbo dependiendo de donde venga la marea, algunos silencios resultan más cristalinos que las palabras atragantadas, todo se hubiera terminado en cinco minutos si Juan Luis hubiera confesado el fortuito encuentro con el científico a bordo del pequeño barco de pesca y la destrucción de las pruebas, la verdad casi siempre es más sencilla, aunque resulte menos verosímil, pero un fuerte sentimiento de lealtad lo obligaba a callar, o quizás una pequeña concesión a su vanidad, ya que aun estando decidido a mantener en secreto la identidad del inventor, y exponer que solo perseguía que lo dejaran en paz, a punto estuvo de escapársele que poseía el libro, el cual imaginaba encerraba valiosos secretos, imaginaba, puesto que aun no se había atrevido a leer, este desde las navidades permanecía a buen recaudo, conocer sus interioridades era una responsabilidad para la que a su juicio actualmente nadie estaba preparado, mucho menos él, cuyo único merito había sido presentar un programa de televisión, que le reportó una inmerecida fama y mucho dinero, por todo ello había pagado un elevadísimo precio, había perdido un amor al que gracias a todo lo anterior había recuperado, sentía un enorme cansancio, era el momento de pasar página y recuperar su vida, pero no lo consiguió. En una mente abierta a lo increíble, la sed de aventuras tiene fácil anidar y si además dispones de pistas que acortan los caminos, ¿Quién es el guapo que se está quieto?


 

                                             EN LA ACTUALIDAD



Alicia sentía un aire renacido esa mañana, un día más confiaba que la vida le regalase una jornada completa de satisfacción, una cuenta que consideraba pendiente de cobro, solo un mes antes había abandonado el desarraigado cobijo familiar, mas como una huida que como el lógico y necesario paso para ampliar sus estudios, lo que esperaba encontrar en la capital era otra cosa, aunque si la hubieran preguntado no sabría que responder, la realidad le dictaba que tan solo intentaba escapar de las garras de un pasado atormentado y difuso, interrogar a sus recuerdos era como revivir una pesadilla pintarrajeada de soledad, un profundo vacio salpicado de brillos intermitentes, enmarañado como el espacio estelar, bajo la batuta de una madre excesivamente reservada y un padrastro que no había ejercido de titular más que en contadas ocasiones, su presencia solo se hacía notar a la hora de los correctivos, una existencia que no había hecho sino comenzar y sin embargo tenía la sensación de que había galopado por el tiempo como un desierto que ganaba terreno a una juventud que se diluía sin poder disfrutar, sin vivir las experiencias que necesitaría añorar durante el resto de su vida, como último esfuerzo por evitar aquella desgarradora evidencia, hizo las maletas y se plantó en la universidad madrileña.
Al dejar caer las bolsas sobre el polvoriento suelo del piso heredado de su progenitor se topó de bruces con la realidad, la soledad, el mustio vacio que flotaba en el ambiente se apoderó de ella con más intensidad que la opresión respiratoria de la que venía escapando, su padre era para ella un legajo de recuerdos que languidecían enmarcados entre las páginas de un álbum, compuesto por recortes de prensa y un puñado de fotografías, solo en una de ellas aparecía una niña, a la que ya no reconocía ni frente al espejo ni al cerrar los ojos que abren la memoria.
 Un elevado porcentaje de textos y pies de foto se centraban en dos acontecimientos interconectados a la vida de su padre, como si un hombre no fuera más que sus actos, la espectacular participación en un singular e histórico programa de televisión y su trágica desaparición, un par de años más tarde, engullido por las profundidades del polo sur, había muerto al pie del cañón, cuando trabajaba al frente de una expedición catalogada en su obituario como misteriosa y que lo único que consiguió fue sumar incógnitas y sembrar multitud de reproches a un epitafio que a todas luces parecía merecedor del olvido.
               Sin embargo, el sueño inocente e idílico forjado a lo largo de los años que pasó sitiada entre las cuatro paredes de su cuarto, poetizó la estampa de un padre aventurero, imagen que la ayudaba a soportar los sinsabores de una vida exenta de sobresaltos, refugiarse en los sueños no es la solución más inteligente, pero merced a su sencillez al menos mitigaba la desesperación de las largas tardes sin amigos con los que flirtear, o rellenando la ausencia de posibles mejores amigas con las que poder cotillear durante toda una vida que se adivinaba triste en el horizonte, cuando bajaba a la altura de la realidad, se veía prisionera de un trabajo en el que las horas pasan despacio y los años vuelan, cargando de arrugas la piel y el corazón de una manta de sueños inconclusos, una niñez sin amigos no puede considerarse como tal, solo un vecino había obtenido ese título que otorga el roce diario, el calendario había transcurrido por sus vidas desde el parvulario hasta los cuchicheos de la adolescencia en el rellano de la escalera, cuando sin ser conscientes de ello, sus cuerpos habían cambiado a los ojos de los padres y la intimidad de la habitación suponía un potencial peligro, las herméticas rarezas de Alicia se aliaron con el sobrepeso y la ausencia de autoestima de Andrés, hasta que los estudios desviaron sus caminos, se despidieron con sinceras promesas de mantener el contacto, una llamada a la semana primero y una mensual después, hasta espaciarse en el tiempo y desembocar en huecas conversaciones de compromiso al inicio o despedida de las vacaciones, dos vidas, que como un triste rio, se bifurcaba por afluentes destinados a desembocar en océanos opuestos, actualmente compartían ciudad pero evitaban respirar el mismo aire, a pesar de esta y otras ausencias Alicia se levantaba optimista la mayoría de días y rezaba sin destinatario fijo para que nada enturbiase la noche que invariablemente recuperaba vacía, en las primeras semanas de universidad, rechazó tantas invitaciones, que estas desaparecieron tras el titulo de friki con la misma facilidad que se destierra a un leproso, una bella empollona que no compartía con el resto más que unas horas de apuntes, Alicia mataba la soledad de los pasillos escuchando de manera furtiva, atrincherada detrás de un libro descubría otras vidas tan poco interesantes como la suya.
               Esa tarde, el piso tampoco la recibió con un beso, decepcionada como el cielo gris que amenazaba empapar la noche, se dejó caer en el sofá, sobre la mesa, que solo utilizaba para descansar los pies y de este modo descargar parte de la rabia acumulada, saboreando así la libertad ganada con la ausencia del padrastro, permanecían a la espera las exiguas pruebas del amor de su madre, unos cuantos sobres sin abrir junto a una caja de dulces, aparcados allí desde la única y fugaz visita, con sabor a compromiso, que había recibido, Alicia posó la vista sobre las cartas con desgana, como demostrando igual interés por el mensaje que por el mensajero, la caja de mantecados presentaba huellas de otras tardes aburridas, las migajas se esparcían por la mesa y el suelo junto al polvo acumulado, un ligero repaso por los rincones constató que la desidia estaba empezando a superarla, las cartas no le merecían el menor atractivo, no esperaba poemas de amor y estaba cansada de recibir premios de empresas a las que no conocía y cuyos productos no necesitaba, invariablemente acababan en la basura sin abrir.
El recuerdo de su padre revoloteaba sobre las paredes una vez más, la macilenta fotografía que presidia el salón aguijoneaba recuerdos que no conocía, en cambio su alma sí necesitaba azúcar, mandando a freír espárragos la promesa de eliminar las lorzas de muñeca heredadas de la niñez, introdujo la mano en el interior de la caja, sus dedos hurgaron el fondo pero no hallaron más que pegajosos restos que se adherían a las yemas y diminutos granos de azúcar que se colaban entre las uñas, confirmar que los dulces se habían esfumado la irritó de tal manera, que no midió las fuerzas y terminó por tirar el plastificado envoltorio por los suelos, y como manda el amigo Murphy, cayó boca abajo desparramando las migajas y añadiendo basura, una abúlica mirada al suelo regresó con la certeza de que debía aprovechar la tarde para la limpieza, con pesadez se levantó para recoger el estropicio, de un enérgico manotazo, aliviando la frustración que suponía la falta del dulce néctar, limpió la superficie de la mesa y terminó por desparramar los sobres.
 Esparcidos por el suelo, una sucesión de anagramas y membretes parecían carcajearse de su torpeza, entre ellos reparó en el enigmático logo de un banco que persistía en aparecer por su vida dos o tres veces al año, un pequeño misterio que a falta de otras pruebas atribuía a un error informático, ¡al menos alguien no había olvidado su cumpleaños!, eso la recordó que unos días antes había alcanzado los veintiuno, razón por la que reaparecía el dichoso banco del Sagrado Cáliz de Cristo, quizás por eso no lanzó el sobre directamente a la basura, recuperó su asiento y lo abrió con la intención de regalarse una sonrisa.
Estimada señorita Santander, reciba nuestra más cordial felicitación en un día tan especial, esperando que la compañía y el cariño de sus seres queridos lo conviertan en una jornada repleta de felicidad.
Así mismo aprovechamos la ocasión para recordarle, que en aras de mejorar nuestros servicios, y como consecuencia de tan señalada fecha, resultaría de gran utilidad que se personase en nuestra sucursal de Toledo para actualizar datos y hacerle entrega de los documentos que como cliente nuestro necesitará para acceder a su cuenta.
Sin otro particular reciba un saludo.
 Sebastián Ferrer Ferrer
Director

Perpleja, con la mirada clavada en el membrete que parecía perforar sus sienes como una serpiente, repasó sus vivos colores, un brillante amarillo y azul turquesa bordeando la imitación de un escudo heráldico, encerrando en el centro el dichoso cáliz dorado con un sangrante corazón destellante suspendido sobre la boca de la copa, encerrado en una vitola de un fuerte verde, un lema en latín, (versus, fides, securitas) remataba el logo, sus confundidos ojos color miel intentaban traspasar el papel, sondear aquella incógnita, hasta ahora había ido recibiendo felicitaciones estándar que le recordaban las navidades o su cumpleaños, era la primera vez que la titulaban como cliente, se hacía necesario indagar mas exhaustivamente en la red, un vago recuerdo, como un deja-ve, regresó abriéndose paso, decidida se levantó, alegre y picara retó al suelo de manera soslayada, consciente de que de nuevo se aplazaba la limpieza, se limitó a recoger la caja vacía y arrastrar con el pie las migajas que quedaron depositadas bajo el sofá hasta mejor ocasión.
La página web del banco logró aclarar solo una duda, ya había estado allí, una foto del logo a pantalla completa servía de fondo a unos globos con sus servicios y las distintas direcciones, la aludida sede de Toledo ostentaba el pomposo honor de ser la más antigua  de las tres sucursales que la filial romana dispersaba por la península, otra en Zaragoza y la tercera en Lisboa, dedicado exclusivamente a las inversiones bursátiles y al recaudo de bienes materiales en sus “súper protegidas y discretas cajas de seguridad”, información que acabó confirmando que no podía ser otra cosa que un error, la web resultaba tan sobria, que ni siquiera disponía de enlaces para que sus clientes pudieran acceder al interior de sus cuentas, era pues publicidad pura y dura, sin fotos ni teléfonos de contactos, solo sus direcciones postales y los engominados apellidos de sus consejos directivos.
Al igual que otras tantas cosas en su vida, este pequeño misterio quedaría arrinconado hasta mejor ocasión, algo semejante a lo que hacía con las oportunidades que se le presentaban para entablar relación con futuribles mejores amigas o conocer a posibles ex maridos con los que cruzaba 

    OJO DE MADERA


               Marta salió de casa de la señora Miralles, cansada y furiosa, harta de las invisibles faltas con sabor a memez que la dueña encontraba en la cocina, le dolían las manos de fregar, la espalda de frotar con el estropajo y el alma de aguantar impertinencias, el vestido se le pegaba y notaba la barriga húmeda, hinchada de tanto tragar sapos, su pelo olía a comida rancia y aceite usado, pero a pesar del enfado se sentía satisfecha, más que por haber terminado con el castigo impuesto tras romper el retrovisor de la señora Miralles mientras jugaba a la pelota con su amigo Mario, el muy cobarde escapó dejándola sola ante el peligro, la satisfacción le venía por haber aguantado con estoicismo, cualquier cosa antes que tener que volver.
               Sobre la sombra de la tierra que dibuja la línea del cielo el sol se escondía entre nubes rojizas que presagiaban un nuevo día de fuerte calor, temiendo la llegada de la noche aceleró el paso, para llegar a casa con luz se veía obligada a cruzar el bosque de San Luis, un lugar que a ningún niño  gustaba, las copas de sus altos arboles se mezclaban unas con otras impidiendo la entrada de luz, lo que daba al bosque un aspecto lúgubre y siniestro, las leyqqndas infantiles lo habían convertido en un parque de fantasmas, ante el cruce del camino, enredando un ovillo interminable de un mechón con su índice dudó entre las dos opciones posibles, seguir el camino corto que partía en dos el bosque o continuar por el más largo que lo rodeaba, si elegía el primero, a sus diez años sería la primera vez en cruzarlo sin la compañía de un adulto, el cansancio y las ganas de desprenderse del hedor decidió por ella.
               Con el primer paso notó como un aire gélido acariciaba sus sucias mejillas, cualquier ruido la sobresaltaba, con la piel erizada avanzaba buscando valor en el origen imaginario de aquellos ruidos, un pájaro o conejo que juguetón o igual de asustado producía el ruido como defensa, el viento del inminente anochecer se colaba entre las ramas silbando lánguidamente , todo sonaba a tristes presagios, no había caminado ni quince minutos y pensó en volver sobre sus pasos, de todos modos ya resultaba imposible evitar el dejarse envolver por la noche, que aunque sonaba a miedo no podía ser peor que aquello, sería un miedo más conocido, de pronto se percató de donde tenía sus pies, sin poder decir cuando había abandonado la seguridad del camino, ahora caminaba sin rumbo fijo sobre una alfombra de hojas y ramas secas que se rompían con cada paso, como si el viento hubiera esparcido la hojarasca hasta comerse el camino, el sonido de sus pasos, amplificado por el temor al pesado vacio mudo que la rodeaba, restallaba en sus oídos como petardos, cada dos pasos miraba a su alrededor, mas temiendo una repentina aparición que intentando recuperar la seguridad del camino, la oscuridad parecía ganar terreno a cada metro, sentía sobre sus hombros el peso de mil ojos, su respiración agitada ralentizaba el avance, de repente sintió como si una mano helada la cogiera por el tobillo, sin darse cuenta cómo dio con sus huesos en el suelo, paralizada, con el corazón a punto de salir por la garganta, una garganta que no podía más que expulsar aire a borbotones, su mente quería gritar, pero no podía, sus ojos querían llorar, pero no se atrevían ni a pestañear, como si creyera que solo por intentar una de esas cosas acabaría asfixiada. Ya no era una sensación, era una certeza,  no estaba sola.
               Cuando logró reunir el suficiente valor para despegar la vista del suelo, giró la cabeza y alzando la barbilla busco auxilio entre la escasa luz del crepúsculo que se colaba a codazos por la parte alta de las ramas, unos árboles en los que apenas había reparado, sus troncos amenazantes avanzaban rodeándola, más que como si quisieran aplastarla con su peso notaba que se llevaban el aire, miró a la derecha, el movimiento de los nudosos troncos se detuvo, era pequeña pero no tonta, allí pasaba algo raro, giró la cabeza hacia la izquierda, ahogó un grito, como un resorte se levantó para de inmediato caer de culo, arrastrándose entre lagrimas mordidas, como un cangrejo asustado por un depredador, notando como las uñas arañaban la tierra fría y dura, apartó la cara de la visión, como si aquello borrara la realidad  que su mente no quería creer, muy a su pesar no funcionaba, sus ojos la veían, un pequeño tocón, más o menos con la mitad de su altura,  pero con aspecto de tener cien años, se acercaba mirándola fijamente, se sostenía sobre seis raíces a modo de piernas, el resto de su circunferencia, igualmente rodeado de raíces, como si fueran brazos y cabellos, se agitaban con avidez, no parecían nada amistosos, nada de abrazos cariñosos, podías esperar más bien todo lo contrario, en el centro mismo del tocón un enorme ojo parpadeaba amenazante, de haber tenido boca se la podía imaginar cargada de dientes afilados, en su único y enorme ojo parecía tener dibujado que marta se convertiría en su cena, el olor nauseabundo del pánico penetró por el imparable castañeteo de dientes hasta llegar a su cabeza como un liquido helado hasta hacerle perder la consciencia.
               Cuando despertó, la oscuridad, pesada y fría, envolvía hasta el entendimiento, a medida que los ojos se acostumbraban a la escasez de luz pudo comprobar cómo el espacio donde aparentemente había sufrido un desmayo con aparición fantasmal incluida parecía haberse ensanchado, la alfombra de hojas y ramas secas cubrían por completo sus finas piernas aún así no lograban protegerla del frio, con un desperezo pretendió sacudirse el miedo vivido, las pesadillas de los niños resultan tan reales que dejan posos de veracidad en el recuerdo, también en la piel, levantó el torso hasta quedar sentada, la pequeña porción de cielo que ofrecía el claro se descubrió lleno de estrellas, sus débiles centelleos lograron reconfortarla, no muy lejos un búho ululó a una luna que aquella noche no tenía intención de trabajar en aquel bosque, intentó levantarse, no podía, sus piernas no respondían, un escalofrío con sabor a sueño incompleto recorrió su cuerpo, ahora sentía como si sus zapatos fueran de plomo, pensó en sus padres, la llegada de la noche los tendría preocupados, seguro que ya la estarían buscando, pronto la encontrarían, solo tenía que esperar al ruido y las luces de un coche o las linternas moviéndose, porque el camino no podía estar muy lejos, de pronto recordó que este había desaparecido bajo sus pies y nuevo el miedo regresó con fuerza, esperar allí ya no parecía muy buena idea, ella sola se lo había buscado y ella sola saldría de aquella situación, una vez más sus pies continuaban sin atender a su llamada, apoyó las manos sobre un manto de hojas húmedas, notó como si una ráfaga de viento la hubiera empujado, un dolor frío y agudo nació en el centro de su espina dorsal, había costado un gran esfuerzo pero logró sentir que estaba de pie, asustada y mucho más confundida no acertaba a comprender como era posible que sus pies no le respondieran, una idea trágica cruzó su mente, con lentitud, como quien destapa un regalo que no desea, aferró dos manitas temblorosas a los pliegues de su falda y más despacio todavía de lo que su mente ordenaba comenzó a levantarla, horrorizada vio como sus pies habían desaparecido, los tobillos hundidos en la tierra eran uno solo, ni siquiera tenían ya el aspecto de tobillo, no eran más que una mole nudosa e irregular que crecía envolviendo sus piernas de palillo, unas pequeñas raíces nacían de sus piernas y se hundían en la tierra, gritaba de miedo, lloraba de pánico, pero solo se escuchaba en su mente, movía la cintura y los muslos para desenterrarse, las lagrimas, que sentía como si fueran de amarga miel, resbalaban por su cara pegándose, creciendo y endureciéndose hasta cubrir su piel, la voz se fue apagando a medida que era consciente de su fatal suerte, las raíces crecían, ya llegaban a sus rodillas, cesaron las lagrimas, un árbol no puede llorar.
La noche recuperó la calma, un viento suave y monótono volvía a soplar por medio del enmarañado bosque, un paraje deshabitado que a partir de esa noche tenía un nuevo miembro, un pequeño arbolito que en el otoño regaba su umbría de pequeñas hojas plateadas, como lagrimas de miel transparente, aun hoy día, algunos dicen, que si cruzas el bosque en las noches sin luna, escucharas el canto triste de una niña que intenta atraerte con su canción, otros en cambio opinan que su canción intenta alejarte del bosque, si te encuentras en la necesidad de cruzar un bosque, piénsalo antes, los atajos no son siempre los caminos más seguros, el  esfuerzo tiene sus recompensas.



                                       M Cobos lechón y otro al que le pusieron un ocho por esto 2011

jueves, 10 de abril de 2014

EL ELEGIDO! primeras paginas

PRIMERAS PAGINAS EL ELEGIDO
                                            1

PALAZZIO RONCALI, PRIMAVERA, 

 


E
l conductor, enguantado de cuero negro, agitó los entumecidos dedos tras abandonar la comodidad del asfalto y enfilar el morro en el camino de tierra que en poco más de cuatro KM desembocaba en su destino, las duras rodadas labradas durante siglos lo mantenían alerta, bajo el auto, los juveniles brotes, empinándose sobre las ajadas raíces que habían sobrevivido al frio invierno, relucían osados con un verde fresco que olía a sol nuevo, el piloto ya saboreaba el placer de un pitillo y poder estirar el resto de músculos.
Cuando el imponente Audi A8 azul marino de cristales tintados y matrícula diplomática dobló un recodo de noventa grados, apareció la silueta achaparrada del Palazzio Roncali, construido tres siglos atrás como un centinela en lo alto de una pequeña loma, el tiempo no había mermado el tiránico influjo que ejercía en sus dominios, un desigual valle de más de doscientas hectáreas de viñedos y pastos, en pocas semanas el sol extendería por la hondonada una capa de verde haciendo que la mansión apareciese como una isla ocre surcando un mar esmeralda, el potente motor ni se inmutó ascendiendo a unos prudentes treinta Km la hora, confortablemente sentado en la parte trasera el solitario pasajero respiró hondo y se sintió renacer, aun acostumbrado a la esplendidez desde la cuna, no le preocupó lo más mínimo el traqueteo bacheado que el lujoso automóvil no lograba disimular, cada socavón despertaba un recuerdo, no en vano regresaba a la casa que lo vio nacer, si el interior de la vivienda había sido dotado de todas las comodidades actuales que el dinero puede comprar, la fachada principal, orientada al este como la catedral que pretendía imitar conservaba su formato original, tal y como las concibió el primer duque, al igual que las erosionadas caras sur y oeste, en cambio la pared norte no había corrido el mismo destino, las simétricas costuras databan la reconstrucción, esta llegó tras una década de abandono, el por entonces joven amo, recién tomados los hábitos, empleó parte de su herencia para tapiar las huellas del desafortunado e irresoluto incendio que a punto estuvo de exiliar de la región a su entroncada estirpe, un oscuro episodio familiar que en su tiempo dio pie a innumerables leyendas que con facilidad alimentaron las afiladas lenguas de la comarca, para unos la causante fue su madre, la testaruda duquesa, despechada cuando el inexorable calendario había borrado de su cuerpo todo signo de voluptuosidad, una noche, un poco mas ebria y triste que de costumbre, pagó las infidelidades de su marido con unas latas de gasolina, en cambio otros afirmaban que fue un sirviente, envidioso de la suerte de su amo, enamorado, al sentirse utilizado y luego rechazado por la hija del duque, mostró su disconformidad con la fortuna que pone a cada cual en cunas distintas prendiendo fuego a la posesión más querida de la familia, en ella se dejó consumir junto a las dos mujeres, de no haber estado interno en un seminario las sospechas hubieran recaído en el único heredero que quedaba con vida, por aquel entonces una sotana resultaba absolutoria para casi todo, pocos meses después el padre pereció al caer por la borda de un yate, nunca se esclareció si fue el alcohol quien lo empujó o la pena y la vergüenza quien lo hicieron saltar, a pesar de ello Vitorio Roncali solo guardaba buenos recuerdos de aquella casa, como dando a entender que las desgracias forman parte del plan divino de su amado Dios al que juró servir.
               Bordeado por dos filas de palmeras, el automóvil aminoró la marcha faltando veinte metros para terminar el camino ascendente, este moría formando una rotonda asfaltada en cuyo centro aterrazado se adivinaba una glorieta circular de maderas nobles y tejas rojizas que a duras penas se asomaban entre las trenzas de lagrimas verdes de tres mimados y longevos sauces, Vitorio inspeccionó curioso una porción de terreno despejado de setos utilizado como parking por las visitas, hasta cinco coches contó, todos cortados por el mismo patrón que el suyo, esbozó una tímida sonrisa de satisfacción a la que aderezó con un inquieto suspiro, no lo quería reconocer pero estaba nervioso, el chofer apreció por el retrovisor como su jefe le hacia un ademan con la mano para que continuara avanzando, con un nuevo suspiro pasaron de largo la entrada donde las buganvillas florecidas ponían una nota de color sobre el gastado marrón de las centenarias piedras y bordeando la cara norte entraron en una nave abierta en la esquina de la reconstruida pared.
               Si la metálica puerta automática parecía un añadido era porque el interior te transportaba al pasado, para Vitorio, aquella parte de la casa, más que ninguna otra, evocaba su feliz niñez, aquella nave olía a inocencia y fiestas de vendimias, canciones y risas compartidas con las chispeantes miradas de humildes pero nobles corazones que derramaban el sudor y la sabia de sus vidas para que la familia Roncali continuara amansando riquezas, allí había descubierto que escondían los fascinantes escotes de las campesinas o lo que pueden soltar las lenguas, más sencillas que ignorantes, pero felices de los labriegos tras la ingesta del vino familiar.
Sin esperar un segundo, en cuanto el coche se detuvo abrió la puerta y salió a respirar a dos carrillos el aire puro del corazón de la Umbría italiana, sobre la petroleada escalinata de madera de cuatro peldaños encontró a dos de sus sirvientes, enhiestos artificialmente parecían haber sido pillados en un renuncio, a ninguno le había dado tiempo a abrir la puerta. Acto seguido el chofer aparcó junto a un moderno tractor, sin bajarse pulsó un botón y el maletero se abrió parsimoniosamente.
 Roncali se estiró la chaqueta del recio traje a medida y con cordialidad saludó a los dos criados que con los labios preparados se acercaban buscando el brillante anillo de tonos rojos de la mano derecha, no era preciso presentar sus respetos, aquel gesto tenía más que ver con la estima personal que rendir pleitesías por el alto cargo que ocupaba, sin detenerse a charlar, como le hubiera gustado, entró en la cocina, era media tarde, no encontró a ninguna mujer trabajando, el sol de la recién estrenada primavera se colaba con dulzura entre los visillos de las enrejadas ventanas aterciopelando el aséptico blanco de las baldosas, mil aromas perdidos inundaron sus recuerdos, estaba a punto de salir al pasillo que daba acceso a una sala circular, denominada coloquialmente comedor de diario, utilizada por la familia cuando no tenían invitados, cuando se topó con Francesco Tardelli, su secretario personal venía a su encuentro, un sacerdote de anchos hombros y tupido cabello rubicundo que paliaban las sombras de un circular rostro cercano a la cuarta década, sobresaliendo en el centro, un par de penetrantes ojos verdes que perdían parte de su natural perspicacia tras los impolutos cristales de una dorada y fina montura, tras la formalidad del beso anular tomó entre ambas manos la carpeta de piel negra que venía sujetando bajo la axila y retrocedió un par de pasos dispuesto a enfrentarse al interrogatorio de su superior.
               -¿Están todos?- preguntó el cardenal.
               -Si eminencia-, respondió con una voz neutra, entre la ironía y el fastidio de quien sabe lo que vendría a continuación.
               -¿Hace mucho que esperan?
               -¿Quiere ahora un informe?, ¿No prefiere antes incorporarse a la reunión?
               -Ya sabe usted el aprecio que siento por los detalles, pero tiene razón no conviene hacerles esperar, confío en su capacidad de síntesis -, ordenó el cardenal arreglándose el hirsuto cabello frente a un enorme y repujado espejo, el reflejo no le gustó demasiado.
               -Muy bien en ese caso-, dijo abortando el intento de abrir la carpeta. -Los primeros en llegar fueron el Nuncio de París y su inseparable colega Monseñor Moritz Shuller, según he podido saber llevan juntos un par de días, en Maguncia, donde se reunieron “para visitar” la archidiócesis de Friburgo-, dijo adornando el entrecomillado con una enfatizante pausa, -han comentado que partieron a primera hora de la mañana y apenas han hecho escalas, la cocina ha tenido que improvisar un frugal almuerzo que no parece haberlos desagradado, una hora más tarde llegó el cardenal Genovés, por extraño que le parezca se ha presentado sin chofer, ha declarado haber pernoctado en un hotel cercano del que no parece estar muy satisfecho.
               -¿Ha dicho cual?-, dijo obviando el comentario.
               -No lo recuerdo eminencia.
               -Confío en que haya elegido uno discreto.
               El sacerdote escenificó tragarse una coletilla, un paréntesis que bien sabía Roncali acabaría por brotar tarde o temprano.
               -A los pocos minutos llegaron dos vehículos, sus cuatro ocupantes se saludaron con efusión en el exterior, el cardenal Primado de Madrid y su colega de Zaragoza parecían muy contentos de unirse al obispo de Nápoles, su amigo Theza llegó junto al cardenal Conell, a quien luego he podido saber el primero recogió esta misma mañana en la puerta de su residencia Romana.
               En esta ocasión Roncali enarcó las cejas visiblemente sorprendido, aquella alianza se le escapaba, y aunque sabía que a su secretario le hubiera gustado escuchar una sola palabra que diera pie a desatar la lengua, prefirió dejarlo estar, bien conocía las pocas simpatías que el cardenal irlandés suscitaba en su secretario.
               -Hace poco más de media hora llegó el último vehículo, el cardenal Socci, también sin chofer.
-Muy bien, será mejor que me una a ellos o acabarán por ponerse nerviosos.
               -Con todos mis respetos eminencia, no lo creo, si no se presenta pronto, con lo que acabarán será con su reserva del 2000. Pierda cuidado, se comportan como un grupo de seminaristas que no se han visto en años, llevan rato contándose batallitas.
               -Amigo mío, esa es una de las pocas ventajas que tenemos los mayores, disponemos de un pasado con el que aparcar los sinsabores del presente-. Dijo Roncali estirándose los puños bajo la chaqueta, en su fuero interno de nuevo sentía la misma sensación que un acusado justo antes de presentarse frente al juez para escuchar su sentencia, una recurrente pesadilla que desde hacía semanas envenenaba sus sueños.
               Roncali afianzó el paso, paladeando la última confidencia con una tímida risita torcida que momentáneamente había logrado rebajar la tensión de sus músculos. Al entrar en la biblioteca, donde a pesar de la agradable temperatura primaveral ardía un cálido fuego sobre la chimenea, dolorosamente pintó sobre su rostro el esbozo de la más cordial de las sonrisas que sus atenazados nervios le permitieron.
No en vano sabía que estaba a punto de escribir la primera línea de un documento que podía cambiar de manera radical no solo el futuro de los congregados, si no, y ese era el objetivo, el rumbo de la institución milenaria que representaban, esto es lo que asustaba y empujaba a la vez, durante meses había tirado los dados en forma de invitación, aquella tarde se lo jugaba todo, por fin pondría las cartas sobre la mesa, los sueños se vuelven proyectos cuando les pones voz, y aquellos hombres eran los primeros ladrillos de una fabrica que manufacturaría un solo artículo, un cambio de pensamiento, dirigido en primera instancia a más de mil millones de fieles, lo cierto es que era un plan tan ambicioso que resultaba imposible no soñar, y a Vitorio Roncali le gustaba soñar, en que si todo salía bien, mejor dicho, como él había imaginado, aquella reunión, de la que nunca nadie sabría nada, sería el interruptor de un nuevo amanecer en la historia de la humanidad.
Uno a uno ofreció un sincero abrazo, en algunos casos dilatado intencionadamente, necesitaba reordenar sus ideas, mientras, el padre Francesco se ocupó de cerrar a cal y canto las dos entradas de la estancia, “quiero que no entre ni salga una brizna de aire durante la reunión, y que nadie nos moleste si no es porque Cristo resucitado en persona está llamando a la puerta”, habían sido las instrucciones del cardenal.
Roncali se sirvió una copa de vino que inmediatamente se llevó a los labios, sin apenas mojárselos lo volvió a bajar y tras simular un brindis con el que distraer el temblequeo, ahogó sus recelos apurando el rojo néctar, con la copa vacía entre los dedos se mantuvo de pie, notando el afectuoso crepitar de la chimenea en la nuca, durante un segundo buscó amparo en la pared del fondo, clavando los ojos en una pieza del centro de la estantería donde exponía sus tesoros, una colección de artículos de magia, de no haber recibido la llamada de Dios le hubiera gustado dedicarse al espectáculo, engañosamente reconfortado comprendió que resultaba imposible alargar el momento de enfrentarse a los escrutadores ojos que lo observaban en silencio, repartidos entre dos sillones orejeros y dos sofás de tres plazas a juego se concentraban ocho cardenales, una gigantesca cantidad de poder superfluo para la humanidad y tal vez limitado para la cuantía que necesitaba, pensó Roncali exhalando un suspiro.
               -Amigos, bienvenidos, celebro comprobar que gozáis de una envidiable salud, -se oyeron algunos carraspeos que pretendían discrepar sin llegar a interrumpir-, soy consciente de las dudas que mi invitación os habrán creado, “mea culpa”, no temáis, no estamos aquí por un ejercicio de vanidad, no es mi nuevo nombramiento como camarlengo lo que intento celebrar, tampoco pretendo ensuciar vuestros oídos con anticristos, ni envenenar las almas de sus eminencias con apócrifas y maleables profecías, vengo a alimentar el valiente gesto que en el pasado nos brindo el emérito alemán, cansado de luchas intestinas recurrió a la renuncia para detener el cisma que se avecinaba, por desgracia este continua acechando en cada sacristía, la brecha entre el Vaticano y sus fieles se agranda, el divorcio parece irremediable, por ello vengo a proponeros un cambio efectivo, radical si, pero no un simple suicidio de supervivencia. Creedme, solo una idea empuja mis actos, el mensaje de amor de Nuestro Señor Jesucristo, estaréis de acuerdo que en los días que corren este sobrevive a duras penas, para nuestros enemigos boquea sepultado entre escombros, cada día cuesta mayores esfuerzos y una mayor dosis de fe continuar sujetando la vela, por favor y aun a riesgo de aburriros permitidme que me explique.
               Sin duda había captado su atención.
               -Buscando erradicar las desigualdades sociales la humanidad ha librado numerosas batallas, gracias al Cielo se lograron significativos avances, pero han costado ingentes cantidades de inocente sangre derramada, alcanzada la paz se dio un paso más-, Roncali comenzó a pasear adoptando un tono docto-, el hermanamiento entre naciones, justo es reconocer que en mayor o menor medida la Iglesia de Jesús ha estado presente, aun actuando en la sombra la humanidad conoce el mensaje de bondad de la Iglesia, pero, y a mi juicio bien merecido lo tenemos, nuestra carta de