(Extracto de las memorias de Santiago
I)
Algunos creen en Dios por miedo, otros
por darle sentido a la vida, o empíricamente lo convierten en el eslabón
perdido de la ciencia, o simplemente lo utilizan de diana cuando las cosas van
mal, los que no se atreven a ofenderle lanzan sus puyas a la rueda de la
fortuna, personalmente creo en el hombre, su capacidad de adaptación, de
superación, de compromiso, es un don divino, sin embargo la fe debe tener algo
más, enriquece a sus poseedores, quienes la encuentran hacen de ella su
oxigeno, es el agua para lavarse y para beber, la manta para el invierno, la
energía para el movimiento, ver como una persona o un colectivo dedica su vida
a Dios o a una causa justa resulta admirable solo si se conducen por la senda
que tu consideras apropiada, de lo contrario los tachas de hipócritas, con o
sin hipocresía los religiosos viven convencidos de que hacen lo correcto, amparándose
en una o dos frases de la biblia que sostiene el mensaje que pretenden dar a
conocer se crean sectas, el dichoso libro es el escudo ideal para encajar ideas
comprometidas, otros se cierran en banda contra la Iglesia o contra un partido
político o país por principios, es un monumental error, los prejuicios, en
especial los ideológicos, no atienden a razones, con esta historia no pretendo
atacar a la Iglesia de Roma, en todo caso atacaré el ilógico inmovilismo que
practica en cuestiones de dogma, ya que no solo amenaza con su destrucción, si
no con la desaparición de unas ideas lanzadas hace dos mil años y que sus
garantes se han ocupado de oscurecer, es posible que mis ideas sean fácilmente
rebatibles, solo me he dejado guiar por el sentido común, dejándome arrastrar
por unos valores que inculcaron a un hijo imperfecto unos padres imperfectos,
porque a mi modo de ver este mundo no sabe lo que es la perfección, ni la
necesita, y si embargo si alguien me pregunta la razón por la que creo, en
seguida te hablaré de estas últimas personas, pero en particular pensaré en mi
padre.
Siendo niño,
la región en la que vivíamos sufría una terrible y prolongada sequia, catalogada
de pertinaz no podía achacarse ni a la perfidia masónica extranjera ni por
supuesto al cielo protector del que los españoles éramos su avanzadilla, los
famosos pantanos bostezaban aburridos sin agua que echarse a las acequias, a
día de hoy sabemos que todo era producto de un ciclo climático que nada tiene
que ver con Dios, pero para un niño el poder del creador está más cerca que las
isobaras del parte meteorológico del Medina de turno, con la sequia el invierno
aparece en el horizonte con las fauces del hambre, vivir en un pequeño pueblo
agrícola, donde la rentabilidad la marca el color de las nubes, marca carácter,
resulta fácil implorar al dueño del cielo, la fe de mi padre por su Dios
todopoderoso estaba concentrada en una imagen del Cristo de la Victoria de su
pueblo natal, a sesenta km de nuestra casa, en aquellos años esa distancia
suponía casi dos horas cabalgando en un destartalado Citroën dos caballos, una talla
de madera, de un sangrante Jesús coronado de espinas que sostiene su dolor abrazado
a la cruz, era y es venerada en toda la comarca con mayor pasión que los
colores de las banderas nacionales que han ondeado a su lado los últimos cinco
siglos, la sagrada escultura sale a la calle cada cien años, el lamento de
los sedientos campos empujo a fieles y agnósticos a rogar para que intercediera por
ellos y acabara con la obstinada aridez, en el pueblo se formó una gran fiesta,
hacia casi cincuenta años que la imagen no traspasaba el umbral del monasterio,
bajo un abrasador sol de media tarde, independientemente del grado de creencia,
miles de personas abarrotaron las estrechas calles por las que a hombros de
lacrimógenos mocetones pasearían en andas al venerado Cristo, los afortunados
que prestaron su hombro recordarían aquella fecha pasara lo que pasara, pocos
viven dicho privilegio si sale una vez cada siglo, la multitud nos rodeaba de
manera asfixiante y con mis pocos años quería guardar en mi retina todo lo
desconocido e incomprensible que estaba sucediendo, las mujeres, cubiertas de
velos y pasión rezaban a su paso clavándose el empedrado en las rodillas, los
hombres lanzaban vítores y plegarias, estirándose las camisas con mayor
convicción que ante un juez que decidiera su futuro, no así mi padre, un hombre
tímido y serio, orgulloso de la hipoteca de añoranza que aquellas tierras le
transmitían y la devoción por aquel Cristo que le forjaron el corazón, miraba henchido
de orgullo, agarrando con una mano a cada uno de sus hijos como si fueran dos
polos eléctricos que lo anclaban a la tierra para no levitar, estampa que mi
recuerdo terminó pincelando con un campo magnético entre los pocos metros que
separaban la visión de sus lagrimas y el halo celestial que la imagen
desprendía, emocionado balbuceaba más que respiraba, con la voz entrecortada e
hiposa nos pedía que la mirásemos, para transmitir y hacernos sentir toda la
grandeza del privilegio que estábamos viviendo, era la segunda vez en mi vida
que presenciaba las lagrimas de mi padre, las otras, un par de años antes, no me
extrañaron, acababa de morir mi abuela, pero, ¿que podía motivar que un hombre hecho
y derecho, que hubo de asomarse a la vida en los rescoldos de una guerra entre
hermanos, curtido por tanto en los sinsabores de la pobreza, llorase al paso de
un pedazo de madera? un triste pedazo de árbol, que por medio de unas
herramientas en las manos de un artesano y unas capas de barniz se convierte en
la figura central de la historia de un pueblo, ¿Qué tienen de especial unos
palos ensamblados por los que un país es capaz de dar la vida?. No lo entendía.
La imagen
pasó de largo arrastrando el misticismo arremolinado en aquella calleja, mi
hermano lloraba harto de pisotones, mi padre, al igual que otros, guardaba sus
emociones en el bolsillo en forma de pañuelo mojado, yo en cambio escaneaba la
espalda del Cristo intentando averiguar de dónde emanaba su poder, no acerté
más que a fijarme en su desigual bamboleo producto del empedrado antes de
desaparecer al doblar la esquina.
Esa noche,
en el silencioso viaje de regreso, mis ojos maldecían las brillantes estrellas
donde la imaginación infantil busca sus sueños, un cielo especialmente luminoso
parecía burlarse de mi tras del ajado cristal, pocas veces lo he visto tan
despejado, ya en casa, a la hora de ir a la cama, el cielo comenzaba a vetearse
de grises, acostado, repasando las sensaciones del día comencé a sentir el
repiqueteo de la lluvia sobre el tejado, no puedo asegurar si duró un minuto o
una hora, pero aquel sonido me descubrió, que si hay algo en esta tierra, capaz
de convocar a miles de desconocidos y
unirlos en una plegaria que llene el cielo de nubes o hacer llorar a un hombre
al paso de una representación de madera, no cabe duda de que ha de existir algo,
de lo contrario este mundo se sustenta en la mentira más grande jamás inventada.
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