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PALAZZIO RONCALI,
PRIMAVERA,
E
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l conductor, enguantado de cuero
negro, agitó los entumecidos dedos tras abandonar la comodidad del asfalto y
enfilar el morro en el camino de tierra que en poco más de cuatro KM
desembocaba en su destino, las duras rodadas labradas durante siglos lo
mantenían alerta, bajo el auto, los juveniles brotes, empinándose sobre las
ajadas raíces que habían sobrevivido al frio invierno, relucían osados con un
verde fresco que olía a sol nuevo, el piloto ya saboreaba el placer de un
pitillo y poder estirar el resto de músculos.
Cuando el
imponente Audi A8 azul marino de cristales tintados y matrícula diplomática
dobló un recodo de noventa grados, apareció la silueta achaparrada del Palazzio
Roncali, construido tres siglos atrás como un centinela en lo alto de una
pequeña loma, el tiempo no había mermado el tiránico influjo que ejercía en sus
dominios, un desigual valle de más de doscientas hectáreas de viñedos y pastos,
en pocas semanas el sol extendería por la hondonada una capa de verde haciendo
que la mansión apareciese como una isla ocre surcando un mar esmeralda, el
potente motor ni se inmutó ascendiendo a unos prudentes treinta Km la hora,
confortablemente sentado en la parte trasera el solitario pasajero respiró
hondo y se sintió renacer, aun acostumbrado a la esplendidez desde la cuna, no
le preocupó lo más mínimo el traqueteo bacheado que el lujoso automóvil no
lograba disimular, cada socavón despertaba un recuerdo, no en vano regresaba a
la casa que lo vio nacer, si el interior de la vivienda había sido dotado de
todas las comodidades actuales que el dinero puede comprar, la fachada
principal, orientada al este como la catedral que pretendía imitar conservaba
su formato original, tal y como las concibió el primer duque, al igual que las
erosionadas caras sur y oeste, en cambio la pared norte no había corrido el
mismo destino, las simétricas costuras databan la reconstrucción, esta llegó tras
una década de abandono, el por entonces joven amo, recién tomados los hábitos, empleó
parte de su herencia para tapiar las huellas del desafortunado e irresoluto
incendio que a punto estuvo de exiliar de la región a su entroncada estirpe, un
oscuro episodio familiar que en su tiempo dio pie a innumerables leyendas que
con facilidad alimentaron las afiladas lenguas de la comarca, para unos la
causante fue su madre, la testaruda duquesa, despechada cuando el inexorable
calendario había borrado de su cuerpo todo signo de voluptuosidad, una noche,
un poco mas ebria y triste que de costumbre, pagó las infidelidades de su
marido con unas latas de gasolina, en cambio otros afirmaban que fue un
sirviente, envidioso de la suerte de su amo, enamorado, al sentirse utilizado y
luego rechazado por la hija del duque, mostró su disconformidad con la fortuna
que pone a cada cual en cunas distintas prendiendo fuego a la posesión más
querida de la familia, en ella se dejó consumir junto a las dos mujeres, de no
haber estado interno en un seminario las sospechas hubieran recaído en el único
heredero que quedaba con vida, por aquel entonces una sotana resultaba
absolutoria para casi todo, pocos meses después el padre pereció al caer por la
borda de un yate, nunca se esclareció si fue el alcohol quien lo empujó o la
pena y la vergüenza quien lo hicieron saltar, a pesar de ello Vitorio Roncali
solo guardaba buenos recuerdos de aquella casa, como dando a entender que las
desgracias forman parte del plan divino de su amado Dios al que juró servir.
Bordeado
por dos filas de palmeras, el automóvil aminoró la marcha faltando veinte
metros para terminar el camino ascendente, este moría formando una rotonda
asfaltada en cuyo centro aterrazado se adivinaba una glorieta circular de
maderas nobles y tejas rojizas que a duras penas se asomaban entre las trenzas
de lagrimas verdes de tres mimados y longevos sauces, Vitorio inspeccionó
curioso una porción de terreno despejado de setos utilizado como parking por
las visitas, hasta cinco coches contó, todos cortados por el mismo patrón que
el suyo, esbozó una tímida sonrisa de satisfacción a la que aderezó con un
inquieto suspiro, no lo quería reconocer pero estaba nervioso, el chofer
apreció por el retrovisor como su jefe le hacia un ademan con la mano para que
continuara avanzando, con un nuevo suspiro pasaron de largo la entrada donde
las buganvillas florecidas ponían una nota de color sobre el gastado marrón de las
centenarias piedras y bordeando la cara norte entraron en una nave abierta en
la esquina de la reconstruida pared.
Si
la metálica puerta automática parecía un añadido era porque el interior te
transportaba al pasado, para Vitorio, aquella parte de la casa, más que ninguna
otra, evocaba su feliz niñez, aquella nave olía a inocencia y fiestas de
vendimias, canciones y risas compartidas con las chispeantes miradas de
humildes pero nobles corazones que derramaban el sudor y la sabia de sus vidas
para que la familia Roncali continuara amansando riquezas, allí había
descubierto que escondían los fascinantes escotes de las campesinas o lo que
pueden soltar las lenguas, más sencillas que ignorantes, pero felices de los
labriegos tras la ingesta del vino familiar.
Sin esperar un
segundo, en cuanto el coche se detuvo abrió la puerta y salió a respirar a dos
carrillos el aire puro del corazón de la Umbría italiana, sobre la petroleada
escalinata de madera de cuatro peldaños encontró a dos de sus sirvientes,
enhiestos artificialmente parecían haber sido pillados en un renuncio, a
ninguno le había dado tiempo a abrir la puerta. Acto seguido el chofer aparcó
junto a un moderno tractor, sin bajarse pulsó un botón y el maletero se abrió
parsimoniosamente.
Roncali se estiró la chaqueta del recio traje
a medida y con cordialidad saludó a los dos criados que con los labios
preparados se acercaban buscando el brillante anillo de tonos rojos de la mano
derecha, no era preciso presentar sus respetos, aquel gesto tenía más que ver
con la estima personal que rendir pleitesías por el alto cargo que ocupaba, sin
detenerse a charlar, como le hubiera gustado, entró en la cocina, era media
tarde, no encontró a ninguna mujer trabajando, el sol de la recién estrenada
primavera se colaba con dulzura entre los visillos de las enrejadas ventanas
aterciopelando el aséptico blanco de las baldosas, mil aromas perdidos
inundaron sus recuerdos, estaba a punto de salir al pasillo que daba acceso a
una sala circular, denominada coloquialmente comedor de diario, utilizada por
la familia cuando no tenían invitados, cuando se topó con Francesco Tardelli,
su secretario personal venía a su encuentro, un sacerdote de anchos hombros y tupido
cabello rubicundo que paliaban las sombras de un circular rostro cercano a la
cuarta década, sobresaliendo en el centro, un par de penetrantes ojos verdes
que perdían parte de su natural perspicacia tras los impolutos cristales de una
dorada y fina montura, tras la formalidad del beso anular tomó entre ambas
manos la carpeta de piel negra que venía sujetando bajo la axila y retrocedió
un par de pasos dispuesto a enfrentarse al interrogatorio de su superior.
-¿Están
todos?- preguntó el cardenal.
-Si
eminencia-, respondió con una voz neutra, entre la ironía y el fastidio de
quien sabe lo que vendría a continuación.
-¿Hace
mucho que esperan?
-¿Quiere
ahora un informe?, ¿No prefiere antes incorporarse a la reunión?
-Ya
sabe usted el aprecio que siento por los detalles, pero tiene razón no conviene
hacerles esperar, confío en su capacidad de síntesis -, ordenó el cardenal
arreglándose el hirsuto cabello frente a un enorme y repujado espejo, el
reflejo no le gustó demasiado.
-Muy
bien en ese caso-, dijo abortando el intento de abrir la carpeta. -Los primeros
en llegar fueron el Nuncio de París y su inseparable colega Monseñor Moritz
Shuller, según he podido saber llevan juntos un par de días, en Maguncia, donde
se reunieron “para visitar” la archidiócesis de Friburgo-, dijo adornando el
entrecomillado con una enfatizante pausa, -han comentado que partieron a
primera hora de la mañana y apenas han hecho escalas, la cocina ha tenido que
improvisar un frugal almuerzo que no parece haberlos desagradado, una hora más
tarde llegó el cardenal Genovés, por extraño que le parezca se ha presentado
sin chofer, ha declarado haber pernoctado en un hotel cercano del que no parece
estar muy satisfecho.
-¿Ha
dicho cual?-, dijo obviando el comentario.
-No
lo recuerdo eminencia.
-Confío
en que haya elegido uno discreto.
El
sacerdote escenificó tragarse una coletilla, un paréntesis que bien sabía
Roncali acabaría por brotar tarde o temprano.
-A
los pocos minutos llegaron dos vehículos, sus cuatro ocupantes se saludaron con
efusión en el exterior, el cardenal Primado de Madrid y su colega de Zaragoza
parecían muy contentos de unirse al obispo de Nápoles, su amigo Theza llegó
junto al cardenal Conell, a quien luego he podido saber el primero recogió esta
misma mañana en la puerta de su residencia Romana.
En
esta ocasión Roncali enarcó las cejas visiblemente sorprendido, aquella alianza
se le escapaba, y aunque sabía que a su secretario le hubiera gustado escuchar
una sola palabra que diera pie a desatar la lengua, prefirió dejarlo estar,
bien conocía las pocas simpatías que el cardenal irlandés suscitaba en su
secretario.
-Hace
poco más de media hora llegó el último vehículo, el cardenal Socci, también sin
chofer.
-Muy bien,
será mejor que me una a ellos o acabarán por ponerse nerviosos.
-Con
todos mis respetos eminencia, no lo creo, si no se presenta pronto, con lo que
acabarán será con su reserva del 2000. Pierda cuidado, se comportan como un
grupo de seminaristas que no se han visto en años, llevan rato contándose
batallitas.
-Amigo
mío, esa es una de las pocas ventajas que tenemos los mayores, disponemos de un
pasado con el que aparcar los sinsabores del presente-. Dijo Roncali
estirándose los puños bajo la chaqueta, en su fuero interno de nuevo sentía la
misma sensación que un acusado justo antes de presentarse frente al juez para
escuchar su sentencia, una recurrente pesadilla que desde hacía semanas
envenenaba sus sueños.
Roncali
afianzó el paso, paladeando la última confidencia con una tímida risita torcida
que momentáneamente había logrado rebajar la tensión de sus músculos. Al entrar
en la biblioteca, donde a pesar de la agradable temperatura primaveral ardía un
cálido fuego sobre la chimenea, dolorosamente pintó sobre su rostro el esbozo
de la más cordial de las sonrisas que sus atenazados nervios le permitieron.
No en vano sabía
que estaba a punto de escribir la primera línea de un documento que podía
cambiar de manera radical no solo el futuro de los congregados, si no, y ese
era el objetivo, el rumbo de la institución milenaria que representaban, esto
es lo que asustaba y empujaba a la vez, durante meses había tirado los dados en
forma de invitación, aquella tarde se lo jugaba todo, por fin pondría las
cartas sobre la mesa, los sueños se vuelven proyectos cuando les pones voz, y
aquellos hombres eran los primeros ladrillos de una fabrica que manufacturaría
un solo artículo, un cambio de pensamiento, dirigido en primera instancia a más
de mil millones de fieles, lo cierto es que era un plan tan ambicioso que
resultaba imposible no soñar, y a Vitorio Roncali le gustaba soñar, en que si
todo salía bien, mejor dicho, como él había imaginado, aquella reunión, de la
que nunca nadie sabría nada, sería el interruptor de un nuevo amanecer en la
historia de la humanidad.
Uno a uno
ofreció un sincero abrazo, en algunos casos dilatado intencionadamente,
necesitaba reordenar sus ideas, mientras, el padre Francesco se ocupó de cerrar
a cal y canto las dos entradas de la estancia, “quiero que no entre ni salga
una brizna de aire durante la reunión, y que nadie nos moleste si no es porque
Cristo resucitado en persona está llamando a la puerta”, habían sido las
instrucciones del cardenal.
Roncali se
sirvió una copa de vino que inmediatamente se llevó a los labios, sin apenas
mojárselos lo volvió a bajar y tras simular un brindis con el que distraer el
temblequeo, ahogó sus recelos apurando el rojo néctar, con la copa vacía entre
los dedos se mantuvo de pie, notando el afectuoso crepitar de la chimenea en la
nuca, durante un segundo buscó amparo en la pared del fondo, clavando los ojos
en una pieza del centro de la estantería donde exponía sus tesoros, una
colección de artículos de magia, de no haber recibido la llamada de Dios le
hubiera gustado dedicarse al espectáculo, engañosamente reconfortado comprendió
que resultaba imposible alargar el momento de enfrentarse a los escrutadores
ojos que lo observaban en silencio, repartidos entre dos sillones orejeros y dos
sofás de tres plazas a juego se concentraban ocho cardenales, una gigantesca
cantidad de poder superfluo para la humanidad y tal vez limitado para la
cuantía que necesitaba, pensó Roncali exhalando un suspiro.
-Amigos,
bienvenidos, celebro comprobar que gozáis de una envidiable salud, -se oyeron
algunos carraspeos que pretendían discrepar sin llegar a interrumpir-, soy
consciente de las dudas que mi invitación os habrán creado, “mea culpa”, no temáis, no estamos aquí
por un ejercicio de vanidad, no es mi nuevo nombramiento como camarlengo lo que
intento celebrar, tampoco pretendo ensuciar vuestros oídos con anticristos, ni
envenenar las almas de sus eminencias con apócrifas y maleables profecías,
vengo a alimentar el valiente gesto que en el pasado nos brindo el emérito
alemán, cansado de luchas intestinas recurrió a la renuncia para detener el
cisma que se avecinaba, por desgracia este continua acechando en cada sacristía,
la brecha entre el Vaticano y sus fieles se agranda, el divorcio parece
irremediable, por ello vengo a proponeros un cambio efectivo, radical si, pero no
un simple suicidio de supervivencia. Creedme, solo una idea empuja mis actos,
el mensaje de amor de Nuestro Señor Jesucristo, estaréis de acuerdo que en los
días que corren este sobrevive a duras penas, para nuestros enemigos boquea
sepultado entre escombros, cada día cuesta mayores esfuerzos y una mayor dosis
de fe continuar sujetando la vela, por favor y aun a riesgo de aburriros
permitidme que me explique.
Sin
duda había captado su atención.
-Buscando
erradicar las desigualdades sociales la humanidad ha librado numerosas
batallas, gracias al Cielo se lograron significativos avances, pero han costado
ingentes cantidades de inocente sangre derramada, alcanzada la paz se dio un
paso más-, Roncali comenzó a pasear adoptando un tono docto-, el hermanamiento
entre naciones, justo es reconocer que en mayor o menor medida la Iglesia de
Jesús ha estado presente, aun actuando en la sombra la humanidad conoce el
mensaje de bondad de la Iglesia, pero, y a mi juicio bien merecido lo tenemos,
nuestra carta de

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