El elegido, un milagro prefabricado

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viernes, 9 de mayo de 2014


capitulo tres SOMBRAS BAJO EL HIELO, 

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               Reunión del consejo 10.962 A.C.

Al igual que cada ciclo, el consejo de sabios estaba a punto de reunirse, los ciudadanos más ociosos de la comunidad se agolpaban desde primeras horas de la tarde sobre las bancadas de piedra gris esculpida en el interior de la enorme cueva abovedada que servía de sala de reuniones, los asientos se desparramaban en semicírculos intermitentes hasta completar los diferentes niveles que rodeaban la base aplanada presidida por la media luna de trece sillones de poderoso granito, labrados con mimo con pasajes de su ancestral historia en la base y épicas escenas adornando los altos respaldos, solo tres de los prohombres que formaban el consejo aun no ocupaban sus asientos, los ciudadanos más pequeños, sin derecho a voto y con el pataleo como arma de protesta o algún que otro llanto con el que llamar la atención, aguardaban arrastrando sus traseros a los pies de la primera fila, jugando se retaban para adivinar el significado de los signos esculpidos sobre cada uno de los tronos, ajenos por completo a la transcendencia de la ocasión.

Goser y Menrac observaban distraídos desde la segunda fila, el tiempo había transcurrido por sus vidas escuchando aquellas historias que a través de adivinanzas entretenían a los niños, logrando fraguar una sincera amistad que los ojos ajenos traducían como algo más cercano al amor, dos seres a punto de cruzar el insalvable umbral de la juventud, predestinados a convertirse, si nada lo remediaba, a disfrutar de una vida planificada, destinaba por sus genes a formar parte del gobierno y por ende a decidir los designios de la sociedad.

La realidad de sus corazones viajaba por caminos paralelos, se profesaban un sincero afecto que intentaban no empañar con palabras de caramelo, ambos sabían que enmascarar sus sentimientos no duraría, por ello, mientras pudieran, preferían vivir esa forma de amor más puro, genuina e incondicional  que llamamos amistad, la seguridad que les otorgaba conocer lo que sentían sus corazones, les ayudaba a postergar ese paso que acabaría de un plumazo con una época, que dijese lo que dijese el futuro, añorarían.
Junto a las nacaradas mejillas de la bella Menrac estaba sentado el tercer miembro del grupo, la imaginativa mirada de Tarvis se perdía en sueños indescifrables y lejanos entre los recovecos del techo, el fornido mocetón, un par de años mayor que Goser y de quien no se separaba más de lo necesario, leal hasta la saciedad, a menudo, intentando aparentar independencia, se dejaba llevar por un carácter desmesuradamente impulsivo, y no siempre elegía el momento más afortunado, el ingenio de Goser había resultado en no pocas ocasiones el complemento perfecto para salir airoso de las trastadas que parte de la comunidad había soportado desde la niñez, el carácter de Tarvis apenas había evolucionado desde la niñez, atolondrado durante las clases, ahora, su natural instinto lo había convertido en un enamoradizo incorregible, su corazón se prendaba de amor, o compasión, con la misma facilidad que el viento mece la llama de una vela, aparentemente inmune solo a la belleza de Menrac, orgulloso del fuerte lazo de hermandad que unía a los tres, jamás su corazón albergaría sentimientos en contra de aquella alianza, que resultaba más profunda que las creencias que mantenían unida a la comunidad desde tiempos inmemoriales.

 El credo de la comunidad alenita fomentaba dos ideas básicas, el respeto al prójimo y la esperanza, llevaban siglos venerando el regreso de sus rescatadores, estos profetizaron una promesa, que les devolverían a su lugar de origen, un paraíso  que ni siquiera podían describir con certeza, ni ubicar en un punto exacto del firmamento, solo imaginarlo, pero esa promesa establecía el pilar básico en el que se basaban sus creencias, los tres jóvenes, como insignificantes miembros de una extensa dinastía, podían esperar unos ciclos mas para dedicarse a perpetuar sus apellidos.

Liseng, el padre de Menrac, entró con pasos teatrales y lentos por un lateral de la cueva, apartando con su sola presencia el gentío que abarrotaba los pasillos de la sala de reuniones, sus largos y estudiados movimientos hacían ondular la túnica que arrastraba por el pulido suelo que terminaba de pisar, la estirada y severa figura del presidente del consejo acalló el nervioso murmullo que flotaba en el ambiente para tornarlo de expectante a irreverente, mientras se giraba para ocupar su lugar en el centro de los tronos, un anciano regordete de ojos vivarachos aceleró sus cortas piernas arrastrando el cuerpo con sorprendente destreza hasta ocupar una de las esquinas de la hilera de tronos, sonriendo con picardía, como si lo hubieran pillado en un renuncio, sus allegados, sentados en la primera fila, comentaban divertidos la simpática estampa que al menos momentáneamente restó cierta solemnidad al acto.

El presidente alargó la mirada, midiendo la expectación de las abarrotadas gradas, un simple gesto que terminó extendiendo el silencio, hasta las paredes de piedra escavada parecían observar, sus penetrantes ojos verdes y su afilado mentón anaranjado formaban una perfecta sincronía para mostrar severidad y sabiduría a partes iguales, un poder innato que no provenía ni de la túnica, ni del importante cargo que desempeñaba, un ministerio que todos acataban a pesar de la merecida fama de heterodoxia exacerbada, en todo lo relacionado con el cumplimiento de la ley y que en ocasiones podríamos catalogar como intransigencia, por otro lado todos lo consideraban justo y honesto, cuando había de mediar en su calidad de juez, lograba mostrarse paciente y conciliador, eso sí, no toleraba los ataques contra sus creencias, sentir y enseñar que provenían de una raza superior, que un día regresaría, era para él algo más importante que su propia vida.

-Estimados conciudadanos, muy a mi pesar he convocado al consejo de manera extraordinaria para tratar un delicado asunto, del que presumo ya todos estáis informados-, su grave voz retumbaba en los rincones del auditorio amplificándose, llegando nítida a la totalidad del recinto que ahora parecía un sepulcro, --uno de nosotros, a mi juicio, intenta minar nuestra unión, si bien aun no es culpable de quebrantar ley alguna, como poco pretende resquebrajar uno de nuestros pilares, la unión.
Todas las miradas se concentraron en el trono vacío situado dos puestos a la izquierda del presidente, quien enfáticamente lo señalaba de reojo, para Goser, aquel simple hueco aparecía inmenso, como un desierto alejado del resto.
-Nuestro admirado Cives, tiene una teoría que se me antoja necesario discutir, esperaba que él mismo estuviera aquí para defenderla, no me atrevo a aventurar el motivo de su ausencia-, se permitió una pausa para dejar que las últimas palabras penetraran con fuerza en el auditorio, manejando los tiempos a la perfección ahora adoptaba un tono menos directo, más paternal, -nuestro científico sostiene que en fechas no muy lejanas un cataclismo desconocido se abatirá sobre la región acabando con toda la vida tal y como la conocemos, si esta teoría fuera cierta, no dudéis de que sería el primero en pediros que dejaseis atrás todo lo que nos fue enseñado y abandonando nuestra fe nos alejáramos para salvar la vida, pero como en tantas otras ocasiones, los científicos se convierten en adivinadores y confunden sus teóricas previsiones con autenticidades, hemos discutido en numerosas ocasiones, y os aseguro que no he visto prueba alguna, solo posibilidades-, de nuevo hizo una pausa, repartiendo la mirada, autoritaria y a la vez serena, casi hipnótica.
De hecho, al igual que en aquellos instantes pensaban Goser y Menrac, nadie podía entender la ausencia de Cives, los jovenes o los que a lo largo de su vida no habían rozado los círculos de mando, podían pensar que aquella efervescente enemistad de los antes íntimos colaboradores, podría estar derivada por disputas relacionadas con el poder, pero quienes conocían de primera mano al científico, jamás se les pasaría por la cabeza, el erudito padre de Goser vivía dedicado en cuerpo y alma al estudio y la observación, anotaba meticulosamente todo aquello que consideraba interesante, ya se tratase del movimiento de las estrellas o de la cadencia de las olas que rodeaban la región, pasaba jornadas completas recluido en la soledad de su estudio, durante los largos y fríos ciclos del invierno, repasaba sus escritos para interpretar el más mínimo detalle de cambio que se produjera en la naturaleza que los rodeaba, Goser, en la intimidad, había escuchado en más de una ocasión como su padre opinaba que Liseng era el candidato perfecto para convertirse en el más eficiente de todos los presidentes de consejo de la historia, aquella admiración no resultaba extraña en su bondadoso corazón, Goser no podía imaginar que las mutuas adulaciones estuvieran encaminadas a perdonar una triste historia de juventud, su padre siempre acallaría cualquier sentimiento propio que enturbiara los que los hijos de ambos se profesaban.

Si el presidente era un ser ecuánime y recto, el alma del científico no le iba a la zaga, todos los actos de Cives estaban encaminados en una sola dirección, salvaguardar y proteger la comunidad que esperaba el regreso de sus ancestros, procurando abrir sus mentes pero sin dejar de impartir sus creencias a una desalentada y soñadora juventud, ávida por explorar un mundo que imaginaban fantástico detrás de la barrera natural que suponía el infranqueable muro de agua salada por un lado, y la incomprensión de sus progenitores por el otro, adolescentes, que recluidos durante el invierno, repasando una y otra vez las bondades prometidas que les esperaban en un paraíso sin ubicación conocida, y que a falta de otros retos palpables, se mostraba utópico e inalcanzable, más encaminado a frenar sus deseos de aventuras, lógicos en una edad inquieta e instruida, cansada de soñar con las gestas de los primeros visitantes, una vez alcanzaban la pubertad, cuando el cerebro comienza a cuestionarse las leyes físicas ocultas por la magia de la infancia, pocos eran los que no soñaban con cambiar el destino de sus vidas viajando por sus propios medios.

En el pecho de Goser la culpabilidad poco a poco ganaba terreno a la incertidumbre, como la llegada de una fecha que quieres saltar en el calendario, sintiéndose el causante de la actual situación que se cernía sobre su padre, las acaloradas discusiones de unos ciclos atrás, en las que razonaba su necesidad de respirar aires lejanos, pensaba que habían actuado como detonante para que Cives volcara todo su interés en desvelar, o como insinuaba Liseng, inventar, tragedias, con más empeño de lo que genéticamente su cuerpo podía soportar, inmerso en ese laberinto de interrogantes que lo acercaban a la locura, inquieto sobre el asiento no alcanzaba a comprender que motivaba aquel retraso, de lo que si estaba seguro era de que al igual que él comenzaba a dudar, lo mismo le ocurriría al resto, sobre sus hombros comenzaba a sentir el peso de las miradas que buscaban al científico.
Liseng, en cambio, interiormente paladeaba una incipiente sensación de triunfo, no podía dar crédito a las afirmaciones de Cives por el simple hecho de que ello constituía, en primer lugar aceptar que la promesa de redención era errónea, y en segundo lugar obligarlo a planificar un éxodo masivo de final inquietante, las consecuencias de este acto resultaban impensables, por su rango no solo era el encargado de velar por la seguridad de la comunidad, si no lo que consideraba su papel más importante, transmitir y observar las creencias heredadas, qué en definitiva, eran la piedra angular de su existencia, sin su fe no sabría ni como respirar.


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